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Los Acetones

Germán el Alemán: guitarra eléctrica, guitarra acústica y órgano
Emanuel Sánchez: bajo
Emilio Paravisi: batería, percusión y banjo




La historia de la banda, según su propia info de prensa:

La acetona es un disolvente. No es una sustancia muy tóxica –al menos no para envenenarse–, pero aseguran que, si se bebe cierta cantidad, produce la pérdida del conocimiento. Algo similar, entre el vértigo repentino y la inconsciencia milagrosa, acontece cuando tres amigos se ponen a zapar. Y se dejan ir. Después, nada vuelve a ser lo mismo. Y sólo una cosa queda en claro: ahora son una banda. Así, como choque de planetas, surgieron Los Acetones, en 2010 y en Quilmes.

Tres instrumentos: guitarra, bajo y batería. Efervescentes, orgásmicos, acoplándose con magia y sincronía. Por algo son los ases del tono. Y por algo parecen venir de otra época. Pero su entusiasmo retro no retrocede porque sí: el trío hace foco en un pasado que sigue marcando al presente, un pasado que aviva antes que decaer. No sólo cruzan décadas, sino también géneros: del surf al rockabilly, de la psicodelia al soundtrack. Música que crea subculturas. Música que suena en las películas. Y películas que inspiran música. De eso se alimentan Los Acetones.

Su primer álbum, de título homónimo, no es más que el desenlace de un recorrido fértil y venturoso. De entrada, Los Acetones se fueron probando en distintos escenarios de la capital y del conurbano. Sacaron EPs que sirvieron para ir puliendo su propuesta sonora. Colaboraron con Sergio Pángaro (de un tributo a Johnny Cash a un show en La Trastienda). Y fueron atesorando postales inolvidables, como una presentación frente al mar (Festival Nueva Ola, Mar del Plata).

El disco de Los Acetones es un viaje que se proyecta en súper 8. Va de un lado al otro: del desierto al mar, del cementerio al autocine. Y reúne todo tipo de personajes: cowboys, indios, detectives, zombis. Así, impulsado por su frenesí instrumental, el trío se le anima a todo. Arrancan a los brincos, a puro bluegrass (“Al indio se le voló el penacho”). Y se despiden bien acaramelados, con una balada surf de fines de los 50 (“Sleep Walk”, de Santo y Johnny). En el medio, incluyen dos covers más: “Rebel Rouser” (clásico de Duane Eddy donde una guitarra twangy evoca “La marcha de los santos”) y “Night Train” (perla humeante del rhythm and blues firmada por Jimmy Forrest).

La aventura no tiene límites para Los Acetones. Irrumpen en cantinas, como si estuvieran en el Lejano Oeste (“Mosca de bar” y “El faisán”). Resucitan en una noche de terror y cine bizarro (“El regreso de los muertos vivos”). Se visten de blanco y negro para una persecución en clave rockabilly (“Dados mágicos”). Investigan casos de diamantes robados (“Espechiale de medianoche”, bajo el influjo de Henry Mancini). Y terminan colándose en celebraciones delirantes (“La fiesta inolvidable”, un claro homenaje al film de Blake Edwards).

Última actualización: junio 2015


Los Acetones


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