
Nito Mestre brindó un concierto pulcro y vistosos, aunque el tono luctuoso de muchas canciones generó un clima un poco denso. Se estrenaron dos canciones nuevas.
A lo largo de las dos horas que duró el recital que brindó Nito Mestre en el Teatro Español de Azul el fin de semana pasado, cerca de la mitad del público presente logró viajar en el tiempo y revisar las emociones percibidas en los primeros años de la década del ´70. Las canciones interpretadas por el ex cantante de Sui Generis mantienen todavía una fuerte esencia que las convierte en un soberbio dibujo de aquellos años. Y ese carácter imperecedero que conservan es lo que le dio un tono evocativo a su recital.
El concierto comenzó a las 21.30, frente a unos doscientas asistentes. El público se dividió entre una mitad de personas que fueron al teatro para recordar el pasado y otra mitad de jóvenes y chicos que aún no habían nacido cuando el dúo que catapultó a la fama a Mestre ya era un dulce recuerdo en la historia del rock argentino.
Nito Mestre, guitarra acústica en mano, se sentó en una banqueta ubicada en el centro del escenario. A la derecha estaba el tecladista Fernando Pugliese (que tocó casi la totalidad de su repertorio con el piano de cola del teatro) y a su izquierda, en otra banqueta, el guitarrista Ernesto Salgueiro. La puesta en escena incluyó un perchero con los abrigos de los músicos colgados, una mesa con tres sillas, y los estuches de los instrumentos desparramados en el suelo terminaban de darle un carácter efímero al concierto, tipo “Mestre-de-gira-llega-toca-y-se-va”.
El recital comenzó con “Para quién canto yo entonces” (último tema del último disco de Sui), y a partir de entonces se desató un momento de hipnosis para con la audiencia. Después llegaron “Aprendizaje”, la armoniosa “Distinto tiempo” y “El tuerto y los ciegos” (también de Sui). Tras ello Mestre pidió aplausos para el sonido y las luces (un muy buen trabajo de Prowatt), y tocó una canción de su último disco solista cuyo título es “Hay formas de llegar”. Allí realizó algunos juegos con su voz que hacen evidente que aún a los sesenta años tiene un buen manejo de su garganta, algo debilitada por una cuestión cronológica inevitable.
El primer momento de emoción absoluta llegó cuando Nito dejó la guitarra y empezó a cantar “Canción para mi muerte”, coreada por todo el público de la sala. El tono evocativo se prolongó con “Te recuerdo Amanda”, clásico del cantautor chileno Víctor Jara. Cuando terminó Mestre comentó que la siguiente canción la escribió “para levantarse a una chica” y que más adelante iba a tocar el tema de “cuando me dejó esa chica”. Así presentó “Algo me aleja, algo me acerca”, en un momento de remarcable belleza. Y después, otro clásico de Sui Generis: el artista explicó que “Vida” fue el primer tema que mostraban cuando salían con Charly García a tratar de convencer que distintos productores para que les editen un disco. El piano grave y la guitarra despojada ayudaron a generar un clima oscuro que explotó magníficamente el tono introspectivo de la canción.
Cuando ya estaba promediando el concierto Mestre presentó el primer estreno de la noche. Se trató de una tierna canción dedicada a su madre (falleció el año pasado) y fue la primera vez que se tocó en vivo. De hecho fue ensayada por primera vez en la prueba de sonido y los músicos la conocieron la semana pasada (Nito se las mandó por email). Es una canción delicada que evoca la niñez en Mar del Plata, con dibujos en la playa y también noches oscuras de incertidumbre (tal vez haciendo referencia a la viudez). Después Nito hizo “Hoy tiré viejas hojas”, “el tema de cuando la chica me dejó” según la presentó. Y en ella hizo un medley con “Los momentos”, clásico del chileno Eduardo Gatti, músico que ayudó a Mestre a hacer algunas giras por el país trasandino. Para cerrar ese momento Nito tomó la flauta traversa y tejió algunas melodías medievales.
Sobre el final del recital llegó un efectivo bloque de cuatro canciones de Sui Generis: “Confesiones de invierno” (tocada sólo con el piano), “Necesito alguien” (también con piano y palmas entusiastas del público), “Mariel y el capitán” y “Natalio Ruíz, el hombrecito de sombrero gris” (con guitarra, sin piano). Tras ello, el otro estreno de la noche: “My dear”, una canción de tono melancólico y melodía lennoniana dedicada a su actual esposa (no tan poderoso como el otro tema nuevo). Antes de seguir Nito confirmó ante el público que Sui Generis se va a volver a reunir y presentó una canción “con la que me pedí abrir los conciertos en el último regreso de Sui; es una canción que habla del miedo a la soledad de los artistas” dijo el músico y empezaron a sonar los acordes luctuosos de “Cuando ya me empiece a quedar solo”. A ella le siguieron otras dos canciones muy depresivas y el clima se levantó con el que era, supuestamente, el último tema: “El fantasma de Canterville”.
Tras ello Mestre se fue del escenario, y volvió inmediatamente para hacer tres bises: “Mister Jones”, “Lunes otra vez” y “Bienvenidos al tren”. Y, obviamente, faltaba la canción infaltable: “Rasguñas las piedras”, que inexplicablemente aún sigue emocionando al público, lo que encarnó un cierre magnífico en todo sentido.
Las canciones de Mestre sonaron como melodías de un fogón cuyas cenizas se apagaron la noche anterior. Fueron compuestas en un mundo en el que los factores sociales eran muy distintos a los actuales y están muy nutridas de las contingencias de la época. Incluso Mestre se permitió la ironía de decir “estas canciones son del siglo pasado”. Sin embargo, se trata de grandes composiciones, con un peso propio suficientemente fuerte como para arrastrar al oyente hacia aquellos tiempos seminales de la música rock argentina, cuando la creatividad, la poesía y la obligación de recurrir a la ironía y la metáfora forzaron la elevación del nivel discográfico promedio.
A pesar de ser una parte fundamental del rock de este país, Nito Mestre parece más un cantante de juglaría que un artista descontrolado y arruinado por los vicios (como Charly García). Igualmente no se puede negar que ha tenido grandes batallas y no siempre ha salido bien parado. El paso de los años sacó a Mestre del techo de popularidad que supo alcanzar, pero no ha arruinado su talento como cantante. Este recital lo mostró como un músico sincero profundamente identificado con su obra. Y si bien sus temas tienen un poco de aroma a naftalina, no presentan humedad ni los agujeros desgastados que hacen las polillas. En definitiva, lo más importante es que a pesar del tono lúgubre presente durante buena parte del recital las casi dos horas de concierto dibujaron una sonrisa en todos los que pagaron la entrada. Un poco denso, si, pero incuestionablemente efectivo.
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