
Javi es un chico optimista con facilidad para despertar la sonrisa cómplice y empezó a tocar música en Ned Flander, una banda de noise irregular y fantasiosa que en la segunda mitad de los noventa alteró los ánimos de la escena musical de La Plata.
En algún momento el grupo se fue a la mierda por las peleas constantes entre Javier (que no era Punga todavía) y Diego (que sí era Billordo) y desde entonces este muchacho nacido en Pehuajó y con residencia fija en La Plata se dedicó a delinear una carrera solista. Desde su primer demo el ADN de sus melodías siempre pareció nutrido por una serie de recuerdos infantiles deformados por la toxicidad nocturna (o al revés: recuerdos nocturnos con toxicidad infantil) y tamizados con las consecuencias de exponerse a una discografía profusa orientada al indie rock americano.
Recientemente, luego de editar dos discos independientes con estas mismas canciones, llegó a su debut oficial a través del exquisito sello Estamos Felices. En este lanzamiento enmarcó con una producción amena (a cargo de Nacho Marciano, cantante del grupo de freak pop Ahora) y revitalizadora aquellas sensibles composiciones que ofrecían una divertida mirada de la esquina desde el balcón que está arriba de la alcantarilla.
El disco empieza con elegancia: arreglos de cuerdas, un hi-hat marcando el tempo, una guitarra acústica con mucho chorus y un bajo de simpleza punk en una canción acústica que habla de probar suerte, vencer la muerte y cuyo protagonista invita a “volar para llegar al sol“. El elemento que termina de darle un carácter monumental al track es el colosal sonido de un tambor que remarca el final de los versos. El siguiente personaje es “Multimillonario”, canción impetuosa que nos habla de un tipo con tanta onda que la gente le sonríe y lo saluda desde el tren, recreando una imagen de entusiasmo neo hippie. La vocalización tiene suficientes matices como para que el tema tenga sabor y pueda ser masticado cual chicle de fruta. “Arcoiris” es la canción más arreglada y categórica del disco; allí el cantante le dice a un persona que se ve muy bien con su pareja y le recomienda besar sus labios (actitud hippie, folkie y psicodélica). En la vocalización de “Amaramar” se hace visible la influencia de los discos indies del cantante, pero en el estribillo Javier se parece más bien a Pity cantándole al brillo contagioso del amor que recubre senderos, deseos y todo lo que toque.
“Chica cheta” es la caricatura breve de una mujercita a la que el cantante le presentó las drogas, y que después de tomar keta ya no se cree tan cheta (rima tan infantil como pavota). La canción está armada con una línea de guitarra eléctrica limpia, un bombo de batería, una pandereta efímera y la voz del estribillo está superpuesta con otra toma. La guitarra acústica de “MDMA” (componente químico del éxtasis) nos trae un aire beatle, y nos cuenta de “encomiendas que traen los misiles enlatados/ las frutas sonríen / escuchamos Los Mutantes“, recuerdos que mantienen viva una sensación onírica capaz de cambiar la ciudad (¿querían psicodelia?). En “Nena stone” la voz tiene una cámara que aleja un poco al cantante; ahora Javier nos cuenta de una historia con una piba que mezcla rohinoll con cerveza. Los acordes menores de la canción le agregan dramatismo a un momento bello, tal vez la canción más linda que le haya dedicado el rock argentino a la adolescente de flequillo y Topper blancas. Después Javier aprovecha el disco para declararle su amor freak a “Leticia Brédice”, de quién espera que sea “un gran festín“. La letra nos muestra al cantante besando el monitor para estar más cerca de la actriz y ¿cantante?, una autoparodia graciosa y efectiva donde se destaca el bajo avasallante. En “Algo” persiste la formación de banda de folk rock indie (esta vez con teclados), y el clima suena acelerado y un poco fuera de la línea en comparación con el resto de las canciones. La letra parece una confesión de un chico sensible y egoísta con miedo al abatimiento. El curioso cierre es “No hay final”, otro indie folk con guitarras acústicas y palmas sampleadas. El chiste está en la declaración reiterada que titula al tema: cuando termina la canción (de apenas noventa segundos) el track reproduce nuevamente los veinticinco minutos del disco desde el principio.
Estamos ante una placa que pone la voz en primer plano, y que tiene los condimentos necesarios como para que las canciones sean presentadas en sociedad de un modo inmejorable (lo más hightech de un ortodoxo del lowfi). Según la optimista óptica de Javier, el amor se filtra entre nosotros como algo capaz de hacer cambiar nuestra percepción del mundo. En estas canciones pungas, el compositor se pone en el lugar de alguien que nos quiere divertir y logra arrancarnos una sonrisa con cualquier pavada. Y no son sólo morisquetas: acá hay años de trabajo en pos de componer un personaje ameno, cordial y que se ríe (sin malicia) de los clichés juveniles alrededor del rock.
Es tan brillante el triunfo del buen humor que las letras de Punga logran hacernos repensar las variables de nuestro temperamento y los motivos por los que nos sentimos humillados. Estas canciones simples, sinceras y armoniosas enternecen y nos aportan la cuota diaria de buena onda recomendada por los médicos. Más allá de las melodías escuetas y el aire innovador que viste la atmósfera, acá se destacan las letras, muy gráficas y descriptivas, casi puestas al servicio de la narración de historietas (un género que Javier también maneja con maestría). Y definitivamente los detalles suman puntos clave: los arreglos de cuerdas hacen justicia aportando refinamiento estético y algunos sonidos sampleados logran cambiar los colores de los empapelados, dando características modernas al conjunto.
Si bien Javier es un cantante limitado en su técnica, el caudal afectivo de sus composiciones y los colores que allí vemos son profusos y sinceros. Su trova, actual y psicodélica, nos deja imaginarnos cómo se reiría Tanguito viendo a Pomelo por Youtube, o a Pity cantando bajo las escaleras de la Facultad de Periodismo de La Plata. Javier es la clase de músico que hay que invitar a una fiesta de cumpleaños en una terraza para garantizar que las sonrisas van a hacerse presentes. Y parece ser de esos músicos que no pueden caerle mal a nadie: su voz transmite confianza y cariño, como esos amigos con los que se comparten discos, libros y noches largas.
diossss
June 19th, 2008 el 12:57 am
comprate un talento loco