
Con un ansiado disco nuevo bajo el brazo (“Siberia Country Club”), Richard Coleman se presentó en Ultra Bar para dar rienda suelta a sus gustos personales en un show electro acústico enteramente de covers.
La noche empezó con “Satellite of love” de Lou Reed, despojada de los teclados de la versión original pero con la impronta Coleman. Posteriormente “A song for you”, autoría de Leonard Russel e inmortalizada por el genial Ray Charles, trajo un incremento de la intensidad en el ambiente. “Give my love to Rose” de Johnny Cash aportó una cuota de lamento y la búsqueda de redención. Al frontman de Los Siete Delfines se lo notó muy conectado con cada canción elegida, a través del relato de la historia de las mismas como el background de los artistas que las crearon.
Hubo un cambio de rumbo con “Midnight rider” (Allman Brothers) y la muy aplaudida “Psycho Killer” de los Talking Heads. Salto de década para volver a los 70’s con “Changes” de Black Sabbath y retroceder a los 50’s con la romántica “Love me tender” del rey Elvis Presley. Mutación de estilos con “Personal Jesus” de Depeche Mode en versión Johnny Cash electrificada y “Jeepster” de T-Rex.
En la misma esencia eléctrica sorprendió “To bring you my love” de P.J. Harvey captada en su totalidad por la voz y la Gibson de Coleman y en el mismo tono, una rareza de Brian Eno (“Spider an I”). Los 80’s cantaron presente con “Everybody wants to rule the world” de Tears for Fears. Homenajes varios, al crooner Nick Drake y esa hermosa canción que se titula “Pink Moon” y al gran Luis Alberto Spinetta (influencia reconocida por Coleman todavía sensibilizado por su reciente fallecimiento) con “Children of the bells”.
Los últimos de la lista fueron un doblete de David Bowie. Primero con la sexy“Wild is the wind”, perfecta para ser susurrada en el oído de aquella persona a quien se quiere seducir. Después con la versión alternativa de “Heroes”, tocada con una slide guitar. “No big deal” de los Love & Rockets, contemporáneos de su época de Fricción, fue el track que cerró una noche donde la historia del rock se resumió en dos decenas de canciones, fina y precisamente elegidas por uno de sus alumnos más prolíficos.
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