La primera jornada fue bien de Woodstock: piso húmedo, resbalones y rock del bueno. Brilló Café Tacvba, hubo una avanzada hip hop y los heavies disfrutaron en rancho aparte. Más de 20 mil personas.

Un chaparrón puede representar miles de dificultades al pie de la montaña. Pero si se desata en la apertura de un festival de rock, que se empeña en convertirse en el correlato criollo de Woodstock, se vuelve casi una bendición.

Quedó demostrado ayer en la jornada de apertura de Cosquín Rock, cuando en el tramo final del show de Todos Tus Muertos, alrededor de las cinco de la tarde y en el escenario principal, el aguacero empapó a un quórum aceptable y generó las condiciones para chapotear de felicidad.

Claro que el momento musical resultó de lo más oportuno: TTM tocando el oscuro Torquemada, luego de la siguiente alocución del guitarrista Horacio “Gammexane” Villafañe: “Para la Iglesia Católica, cómplice de Hitler, Pinochet, Massera y Videla”. Rebelión a pleno, charcos para pogo de patinadores y las cabezas que no nos pertenecen. ¿Acaso no es eso el rock? Eso y más, según el testamento de TTM, que en el tema Mate advierte: “Yo no soy oveja de ningún rebaño”. Una buena consigna en el marco de un evento que, en ocasiones, se tutea con el mero entretenimiento.

A todo esto, una corrida hacia el backstage permitió encontrar al organizador José Palazzo, que vestido como comandante previsor (botas de goma altísimas, impermeable con capucha color caqui) y sonriente dijo: “This is Woodstock Time”. El nivel del agua crecía, todo se volvía un incordio pero el tipo era feliz. Como si hubiera soñado con el chaparrón. Más tarde, los heavies demostraron sentir algo similar frente al escenario temático: al barro disponible, se lo pasaban por el cuerpo, como los turistas lo hacen en el Mar Muerto o Trent Reznor, de Nine Inch Nails, lo hizo en el Woodstock ’94.

Cambio climático. “Barro tal vez”, fantaseamos con titular la edición del viernes, dado el pronóstico extendido. Y fue barro nomás, pese a que a la altura de Los Cafres, el clima se puso tropical: caluroso y húmedo. Fue entonces que el festival entró a funcionar, pero a medias. Es que el anhelo de los tres escenarios en simultáneo tuvo que diferirse porque el “Nitro” sí sufrió desajustes por el agua acumulada, y parte de su grilla debió reprogramarse.

Por el principal ya había desfilado Carajo con una performance más pesada y volada que de costumbre, acaso alentada por el hecho de compartir tablas con los legendarios Suicidal Tendencies, cuyo show estaba previsto para las primeras horas de hoy. El trío de Marcelo Corvalán siguió con consignas tipo Woodstock: instó a “dejar de buscar enemigos en todos lados” y a “sacarse la mierda” en un set que contempló a temas como El error e Ironía. Los Cafres se congraciaron con el sol yendo a los bifes, tocando sus hits irresistibles (Pobre angelito, Aire, el nuevo Bastará) y una de sus piezas controversiales: Dejá de señalar, dedicada a quienes les exigen credibilidad y consistencia rastafari (¿Nonpalidece?).

Delicadeza. Café Tacvba fue la delicadeza de la diversa programación de la apertura. Al cuarteto mejicano le bastaba con tocar Ingrata y otras piezas de aire regional, pero fue más allá y entregó esa bella suite conocida como Volver a comenzar, de su reciente disco Sino. Hay que explayar una sinuosa y bella pieza pop en un tablado donde a menudo se apela a la acción–reacción. Otras “rolas” de los chilangos: la apertura con No controles y el cierre con Dejate caer, con coreografía del personal incluida. Lo dicho, una delicadeza.

Los Árbol retomaron la estrategia de vincular este evento con Cosquín Folklore. Salieron a escena emponchados a lo criollo y cobijados por su inductivo cambalache, que puede tener cumbia (Chica anoréxica), hardcore (Cosa acuosa) y sanatas infantiloides (Osvaldo, Vomitando flores). Eso sí, evitaron un cierre de cuarteto vocal al que ya nos habían acostumbrado. Recién a esta altura de los acontecimientos Cosquín Rock se aceitó del todo. Y encima cayó Catupecu Machu, con un Fernando Ruiz Díaz aplomado que gritó con fuerza el verbo “resetear” (en el tema Letras de batalla) y apeló junto a sus músicos a una rara intensidad (rock marcial con acústica) para conjurar el dolor de “Fico” (guitarrista de Massacre recientemente víctima de un accidente automovilístico) y el suyo propio. Luego dejó la siguiente certeza: “La música salva”, e invitó a Cristian Aldana (El Otro Yo) para el cierre Dale, en el que obligó a un pogo con el grito de “Hasta la montaña siempre”.

Al filo de la medianoche, los uruguayos de La Vela Puerca ratificaron su arrastre con un show en el que, entre otros temas, tuvo a De atar, El señor, Por dentro, Mi semilla y El viejo.

Fiesta, baile y potencia
(Juliana Rodríguez)

En un día en general puntual, el único escenario que sufrió demoras fue el Nitro. La lluvia complicó las cosas y todo empezó recién a las 20.20, con Ozomatli. La banda de Los Ángeles tuvo fans propios bien adelante, y una buena cantidad de curiosos que se tomaron una hora para conocerlos. Con una buena delantera de vientos, toques de hip hop, ska, rock y, como dictan los genes latinos, todo bien mezclado, la banda le puso un toque distinto al sonido hasta entonces dominado por el heavy vecino. Inglés, español, todo se entiende si tiene onda, Ozomatli puso a arengar contra Bush a la gente, mientras la movía a puro pasito cumbiero.

Las demoras obligaron a que las bandas locales (París París, Hyperstatic y Locotes) se reprogramaran para después de las 23. Dante arrancó antes con un show plenamente hiphopero, con bailarinas–coreutas y todo. Empezó con La Guerra del Audio y siguieron los temas del disco nuevo, El Apagón. Rimas enérgicas, dignas de un militante del suburbio más hiphopero inauguraron el horario nocturno. Dante se creyó su personaje raper, por suerte, porque fue indispensable para que el show tuviera el picante necesario. Siguieron Ponémela en la cara mami y El Apagón, con sus coristas calavera. De yapa, un viaje en el tiempo al ’94 con Abarajame, de los Illya Kukiaky, que el público nostálgico agradeció. Para cerrrar, Kinky llegó con demoras por problemas técnicos. Pero confirmaron que el Nitro fue ayer el escenario más interesante.

Alta fidelidad
(Nicolás Marchetti)

A minutos de las 23, Horcas preparaba su set para luego dejarle su lugar a Ricardo Iorio y su Almafuerte, nave insignia del género que copó el escenario temático de la jornada de ayer. El tridente final empezó con el show de O´Connor, “la voz” del metal argento, que con su grupo dejó en claro que el heavy puede ser consistente, potente y agresivo (en el buen sentido del término) pero con la prolijidad de un artesano.

El heavy metal criollo demostró ayer que goza de buena salud en materia de convocatoria. Todo largó a las 17.30 con Japo, un grupo proveniente de Posadas (Misiones). Si bien el gran diluvio se había disipado, por entonces no se contaban más de cien personas en los alrededores.

Y, cuando el sol por fin volvió a brillar, todo se oscureció para que suene el trash de Mastifal, luego de que la producción se subiera al techo del escenario para sacar el agua acumulada durante el aguacero. Palos secadores, y a la bolsa. Lluvia artificial con sol. ¿Qué tal? Ya había mil melenas (de las largas) al viento y los cuernitos al aire por fin taparon los acordes de Los Cafres, que hacían lo suyo en el escenario principal. Acá todo era heavy pasado por barro, un sueño hecho realidad en la montaña de San Roque. Incluso, los que llegaban tarde no querían ser menos y se camuflaban con el barro acumulado en el suelo. No querían ser menos que los que, en una actitud heroica, toleraron el diluvio de la siesta.

Después llegó Roko, con un Marcelo Nievas (cantante) dispuesto a hacer valer su condición de ser “la voz de los sin voz”.

“Hola carajoooo” (tiró), y la tribu lo acompañó desde abajo. Con su actitud alternativa y su sonido hardcore sonaron un poco extraños en un escenario tan heavy, pero fueron una buena apuesta de la producción. Igualmente, se notó la ausencia de un segundo violero que matice y sume fuerza detrás de los contrapuntos vocales. Con Tren Loco volvió el clasicismo a escena: doble chancha, camperas de cuero, algunos mensajes peligrosos (“muerte a los conchetos y a la cumbia”) y climas oscuros, como en Endemoniado, donde subió Horacio Jiménez para sumarse en la voz.

Una bandera colgada de un árbol con la consigna “Almafuerte y Perón” dejaba en claro que la mayoría esperaba al cimarrón heavy. Después de la tormenta, se venía Almafuerte.

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