Es el sexto disco de Guasones, que intenta consolidarse entre las bandas con vigencia del rock local.

Gestar algo con el Bolsa González manoseando las baterías y otras eminencias contemporáneas como Claudio Romandini y los padres de este rock de hiteras y estadios al mismo tiempo, Alfredo Toth y Pablo Guyot, no puede fallar. Por lo menos cuando se hacen la cosas acudiendo a fórmulas que ya han dado éxito, en un país en donde “éxito” es vender y convocar y no pretender productos cualitativos. “Esclavo” es el sexto disco de la banda platense Guasones, plasmado en un tono de sentido arrepentimiento de un pasado (presente) tóxico, apostando a guitarras sucias y a un par de versiones en pos de hit, descomprimiendo con baladas ese áspero sonido de violas propias del rock. Con mucho criterio en el manejo de las sensaciones, al escuchar canción por canción, presenta un arte sobrio que en el front conjuga los sentimientos (un corazón) y la disyuntiva de definirse entre el bien y el mal.

“Buenos días, buenos aires”. Con minúsculas. “De regreso. Como siempre. Con algo mejor”. Modestia aparte. “Una enfermedad del sur acaba de llegar para darte más”. América del Sur. La Plata. Encomillados persisten en el viento los versos de “Buenos aires” , el 01 en la nomeclatura del tracklist por orden de aparición. Todo un potente puntapié inicial en, tal vez, uno de los pocos fraseos de aliento. Cierta similitud con “Dame”, del consagratorio “Toro rojo”, lo ponen de arranque dando, de entrada, el matiz rocker directo que atraviesa gran parte de la producción. Sobre el final hay un solo de guitarra al estilo metal que deja a las cuerdas vibrando para la recepción de “Mierda”. Pronunciando con holgura la “r” y dando mayor prepotencia al término, se encamina más para el hard, con violas robustas y un poco de reverb en la voz, mientras el bajo (Esteban Monti) acolchona algunos riff oscuros y prepara otro solitario de Maxi Tym (Timczyszyn).

Y si están Alfredo Toth y Pablo Guyot (productores junto a Guasones) dando vueltas por la sala, no puede faltar el hit radial retocado por estos dos gurúes. En consecuencia, “Brillar” consiste en el primer simple con algunas guitarras evocando a The Cure y desandando un estribillo que se luce dentro de la fórmula sonora que rara vez fracasa de las mid tempo. Los coros también hacen su laburo a lo Beach Boys (¡la la la la, uhuhuhuhu!) y entre tanto condimento con destino de frecuencia modulada no hace falta darle letra (pero tampoco quitarle mérito) a la lírica del corte, que va camino al inconsciente colectivo junto a “Reyes de la noche” y “Down” sin nombrar que en algunos acordes (de i) se traslucen un par de notas de “Amigo” en la versión aggiornada de Attaque 77.

Intercalando tranquilidad baladística y unplugged con un rock más tradicional aparece “Como un lobo”. Una propuesta interesante y empecinada en los delirios de persecución, adentrándose en la indiscutible influencia de Los Rodriguez, que mantiene “Esclavo”. “El bosque (¿platense?) a oscuras, es una locura”, y el “terror” generan una atmósfera stone que va mechándose con el legado Rot-Calamaro. Ese “Ya vas a ver lo que se siente” no dice mucho en palabras pero, al oírlo, el parentesco con el grupo hispano-argento es irreprochable, porque todo la banda aporta su granito de arena en esos coros desenfrenados.

Otra bisagra es “Días”, una balada depre cimentada en guitarras acústicas que, tímidamente, espera en la gatera, perfilándose como el segundo single del disco; sobretodo por su estribillo que tiene ese aroma intencional que, en su cocción, va sonando imaginariamente en la radio. La viola desenchufada se queda para retomar un poco de rock attitude en la mid tempo “Pasan las horas” donde el bajo va ganándose un lugar importante cuando arriba al estribillo, expresado en un tono de intensa emotividad sonora, que el slide dulzón de Tym corona, para hacerlo más country, en “Tiempos de cambiar” donde Soto con voz nasal dilaniana canta (habla) un folk y comienza peligrosamente hacia un estilo calamariano inevitable.

Como el mantra machista “Girls, girls, girls” de Mötley Crue, Facu Soto vomita “Toda quieren rock”, quizás la más jugosa que se presta a la descripción. Desde “presidentas oligarcas” hasta Mirtha Legrand, sin puentear a las groupies, el cliché del rocker poligámico rodeado de golfas tiene su espacio con este guiño de cómo conseguir chicas con facilidad, una contrafigura de “Un poco de amor francés”, ya que más que rockear, para las señoritas, la intención es colgarse de la fama del rockstar. Pomelo (tu ídolo) se apodera del frontman en “Y a la mierda con tu rock nena, si con tu rock nenaaaa” (¡rocanrolnn!) y un nuevo parate llega con “Hay momentos”. Los violines jerarquizan el ambiente acústico y de bajón ansiolítico que genera esta balada honestidad brutal (el tema más corto del disco, 2:38), para devolverle actitud en el siguiente track.

Los teclados de Ciro Fogliatta (de Los Gatos y Andrelo, entre otros) y las cuerdas stone de Juanse (Ratones Paranoicos, solista en la actualidad) rememoran esa toxicidad rodriguense en casi un tributo vocal y musical a aquella banda de los noventa a través de una nota de piano que se repite una y otra vez, y va taladrando los cerebros, fomentando, con gracia y sapiencia, el descontrol y la autodestrucción. En “Esclavo” que da nombre al álbum, el bajo, en sintonía Agente 007, es el protagonista de una extraña y enfermiza historia de amor. Los acordes graves siembran el miedo que van despidiendo sin antes sonar el “Blues de la desolación”. Una suerte de bonus track perteneciente a la “Telecaster Blues Band” (banda que integraba el baterista Damián Celedón). “Muertos y olvidados por un viejo amor” y “Fue en abril” la proponen como la “Mil horas” de Guasones, tal vez en una triste referencia a la guerra de Malvinas. La palabra “desolación” y el teclado desintegrándose cierran el círculo melancólico y autocrítico de “Esclavo”. Una docena de canciones plagadas de influencia y contradicción emotiva (“Días que me siento bien. Días que me siento mal”, fragmento de “Días”) destacando la suciedad de la guitarra que no puede dejar de enfrascarlo en un auténtico disco de rock con dos o tres singles para pelear en dos frentes. La definición significativa de la palabra esclavo sirve para explicar la intención lírica nostálgica del material. Antes de escucharlo (al disco como objeto), tras extraerlo del círculo que lo contiene inmóvil en su caja, es inevitable leer: “Esclavo: Persona que carece de libertad por estar bajo el dominio de otra. Sometido rigurosa o fuertemente a un deber, pasión, afecto, vicio, etc.”.

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