
Luego del éxito de su disco de covers, Fabiana Cantilo retoma la autoría de sus propias canciones. Algunas de ellas, grandiosas.
A esta altura de su trayectoria Fabiana Cantilo no tiene que demostrar nada. Llega a su noveno disco de estudio después de un período donde su creatividad no estuvo a la vista, ya que en los últimos años se dedicó a recorrer el país haciendo covers y viejos éxitos a caballito de “Inconsciente colectivo” (2005). “Hija del rigor” nos demuestra que en ese lapso la cantante no dejó de componer y hay claros indicios de una inspiración bien procesada. Pero lo primero que se rescata es que la continuidad de los músicos de su banda determinó la posibilidad de armar un disco de canciones aceitadas donde se llegan a correr algunos riesgos.
La placa empieza pidiéndonos superar las heridas del invierno desde una melodía acústica; “Una tregua” es una autodescripción dulce, vulnerable y algo bardera de Cantilo. El swing de la voz de la cantante es muy FM, pero no por eso deja de tener un gusto a cancioncita perfecta. “Hada naranja” tiene un trabajo compositivo y de arreglos más elaborado, pasa por momentos de calma a otros más potentes y la instrumentación de la batería casi militar genera un encanto particular; el punteo compartido por teclados y guitarra, más la letra surrealista suman puntos. En “Brujos” la banda recurre a la mezcla de estilos: acústica folk, bajo potente, acordeón cuasi folklórico y percusión latina. Increíblemente todo cuaja perfecto con la voz de Cantilo y en la segunda parte del tema se logra un instante de rítmica impetuosa. “Mago en prosa” es un momento cabizbajo, balada donde la batería suena con escobillas, hay interesantes arreglos de cuerdas orquestales, voz en primerísimo primer plano y una letra de sufrimiento quinceañero: “No hay más azul que el de tus ojos/ no hay más maldad que tu maldad/ y en este pobre laberinto nos volvemos a encerrar”.
El quinto tema inaugura otro bloque de canciones: empieza con la que titula el disco. Se trata de un autoretrato acústico un poco tóxico y que supone al amor como “el remedio que alivia mi herida”. Los alaridos del final de la canción invitan a pensar que al momento de grabarla Cantilo estaba elaborando una fuerte catarsis. La belleza de la “Zamba para Totó” es un hito en la carrera de la cantante. Es un conmovedor saludo para su abuela (Esther Pueyrredón de Luro), cantado con alegría y que termina muy arriba, nada de bajón. Para “Cookie trip” vuelven los acordeones, hay pandereta, cierta psicodelia y una sensación de partida inminente por una letra que afirma “no tiene casa el amor/ no puede permanecer encerrado”.
Las confusiones y la decepción regresan en los versos urgentes y escépticos de “Últimamente”, pero esta vez la letra angustiosa contrasta con la intensidad rockera de las instrumentaciones. Muy bien articulada con esa canción está la siguiente: “Nada malo”, donde por instantes Cantilo saca la lente de sí misma para hablar sobre cuestiones espirituales recreando cierta atmósfera suburbana. En eso estamos cuando llega “Maricel”, otra canción sobre una persona que no comparte el plano terrenal con la compositora. La voz de Cantilo suena allí más fuerte y clara que en el resto del disco, se hace evidente que está cantada desde la añoranza. Todo se achica en la pegajosa “My world (Púan)”: hay una guitarrita acústica, música folkie, acordeones, percusión y una letra sobre aprendizajes a base de cabezazos contra la pared. Tal vez haya en el estribillo una cuota empalagosa de optimismo, pero nunca está de más una cucharada grande de buena vibra.
“Tercas palanganas” llega cuando quedan tres temas para culminar la placa y conforma un pico tanto a nivel compositivo como de las ejecuciones instrumentales. Es la canción más jugada del disco con letra de un poema retocado de la madre de Cantilo, Silvina Luro. Neotango mixturado con cierto espíritu flamenco, donde hay elegantes cuerdas, una batería nerviosa, guitarra punzante y una voz fuerte a veces susurrante. Si Cantilo grabara un disco con las características de este tema lograría ser tapa de Inrockuptibles… pero no podría tocar para más de trescientos o cuatrocientos semi freaks que no le perdonarían el éxito; igualmente, su garganta está a la altura. Al siguiente tema el clima poético se va al carajo: otra vez Fabi se pone el vestidito bobo y rockea hablando de hacer “un quilombo en el Obelisco” para lograr recapturar la atención de un chico que ya no le atiende los llamados. Y la despedida, épica: “Vientos del Oeste” es un mid tempo con cuerdas, voz forzada y sentida cantando otro poema de la madre de Cantilo, bombo al frente, y cierto aire folk.
Los productores de la placa fueron los mismos músicos que los de Inconsciente colectivo: Marcelo Capasso (bajo) y Cay Guitierrez (acordeón y teclados). Seguramente la intención comercial del disco es capitalizar las excelentes ventas del disco de covers, pero la jugada no parece armada estrictamente para vender. Si bien acá hay muchas canciones FM, no hay cuerdas en los discos de música picada. Y acá sí, como también hay percusiones vivaces, arreglos compositivos bellos y cierta sensación de pena y lástima sobre sí misma. Y bueno, todos sabemos que la vulnerabilidad no vende tanto como la sonrisa perpetua.
Fabiana Cantilo sabe que es un ícono del rock argentino. Pasó por Los Redondos, Los Twists, Charly, Fito, Andrés… vivió el megaéxito popular y en algún momento rozó el olvido. El paso del tiempo ha hecho de ella una persona inmadura, desprolija y alocada. En “Hija del rigor” nos ofrece una parte íntima, con cierto dolor a la hora de cantar con alegría. Pese a la edad (48 años) su garganta todavía mantiene un juventud jugosa, siempre parece ser el tono de voz de todas las mujeres que tienen entre quince y veintidós años.
No le vamos a pedir a Cantilo que suene rara, indie o experimental. Tampoco vamos a exigirle poesía: Cantilo es una cantante de FM. Amplío: Cantilo es una excelente cantante de FM. Redondeo: Cantilo es una excelente cantante de FM cuyas canciones pueden ser grandiosas. En “Hija del rigor” la prolijidad de su banda (los productores más Marcelo Predacino y Oscar Miranda en guitarras) complejiza la simplicidad de los temas basándose en recurrentes arreglos detallistas. Resumiendo, se puede decir que estamos ante un disco equilibrado y con una elaboración interesante: bien tocado, bien cantado y bien escrito.
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