Con ocho discos en tres años, Ariel Minimal se presenta como el más prolífico de los músicos actuales. Ahora, con la creatividad y contundencia de Pez.

Pez - Los orfebresHacía cuatro años que Ariel Minimal había inclinado sus proyectos musicales hacia las armonías sosegadas y acústicas de los aires folkies. Esa orientación, gestada a partir del proyecto Flopa Manza Minimal, rindió sus buenos frutos y terminó siendo el puntapié inicial del género de cantautores acústicos, una de las tendencias musicales que marcaron la primer década del siglo XXI en el ámbito porteño.

Otro logro de suma importancia: a partir del florecimiento de las melodías dulces, los recitales de Pez lograron convocar más mujeres y se notaban menos caras de “vengo por mi chico, a él le gusta lo que hacen estos salvajes”. En ese sentido, se podría decir que con Los orfebres el período femenino se terminó y ahora todo volvió a ser fuego.

Con este disco Pez retoma su faceta más demoníaca y ratifica por qué es la banda argentina mejor dotada en técnica, buen gusto y caudal compositivo. La placa desarrolla en cincuenta minutos una vibrante obra maestra caótica, tanguera y cuestionadora. Y está bien que Divididos sea una aplanadora. Pero Pez es un volcán en erupción.

Sin dudas se trata del disco más eléctrico, salvaje y psicodélico de Ariel Minimal desde “Folklore” (2004). En el medio el músico grabó la fabulosa cifra de ocho discos (un en vivo y otro en estudio con Pez, dos con Litto Nebbia, uno con Calamaro, otro con Gabo y dos solistas), lo que lo posiciona como uno de los músicos más prolíficos del país. Con el agregado de que la calidad promedio se acerca a la excelencia.

“Los orfebres” es el track de apertura y solo alcanzan los primeros segundos para advertir que nos estamos adentrando en un universo donde habitan solos de guitarra súper creativos con mucho wah wah y procesadores, rulos de batería constantes, bajos todo terreno y el asalto permanente de un órgano asesino. La primer línea de voz (“se mentir cuando lo creo necesario”) nos llega cuando ya pasaron dos minutos y medio de introducción instrumental machacante y voluminosa donde se cuela un sonido con referencias a Deep Purple, el free jazz y ciertos escalonamientos progresivos actuales (Mars Volta). A medida que transcurre el tema el entramado armónico va ganando potencia y cuando culmina los parlantes piden por favor un vaso de agua; la frase más significativa de la canción tal vez sea la que exige ir “al amor, como si fueras al calvario”. En el segundo tema, “Spuistraat 249″ (la dirección de un Cofeeshop holandés), la banda propone un jazz rock heavy y alocado que remite al caos sónico que arman los Sur Oculto (trío córdobes también editado por Azzione Artegianale, el sello de Pez). La letra narra un paseo aturdido por Ámsterdam, donde unos “extranjeros en tierra de nadie” se sienten perdidos “esquivando bicicletas” ante la mirada risueña de los lugareños. Le sigue un momento de potencia rockera y riff escalonado bautizado “Último acto”, donde Ariel Minimal describe una huída en silencio a un lugar “donde nadie te conozca”. Después de eso, “Confuso como un héroe”, exquisito y elaborado instrumental bien setentoso donde la banda galopa a bordo de un unicornio volador.

El quinto tema se llama “Ni discos de Bob” y lo venían tocando en vivo desde principios de este año. Es una canción de trasfondo psicodélico y si no fuera porque la batería de Franco Salvador y el bajo de Fósforo parecen imitar un proceso celular nervioso, podría haber sido el momento más calmo de “Los orfebres”. La letra, de onda trascendencia poética, parecería ser un mensaje de redención absoluta ante los luminosos ojos de un/a hijo/a y cabe destacar que el tema incluye una parte zapada. Los explosivos ritmos entrecortados de “¡Salvajes!” hablan del poder destructor de las guerras religiosas mientras la música va recorriendo oscuros e intrincados recovecos que desembocan en melodías árabes, teclados apocalípticos y una entonación de voz que suena a lamento. Como una continuación sin pausa aparece un instrumental de dos minutos llamado “A Alejandro Jodorowsky” (multifacético y escandalizador artista chileno) cuya vertiginosa musicalidad da la sensación de estar recreando la caída de una bomba desde un avión y el impacto posterior a su detonación.

“Hay lo que hay” era hasta ahora una composición inédita compuesta hace una década pero publicada en la página web de la banda. Su letra, entonada con enfado tanguero, rechaza violentamente las fábulas religiosas impuestas desde la niñez y sobre todo la idea de un probable más allá after vida (“Yo le cuento mis miserias y él me ofrece eternidad”). La construcción musical del tema está cargada de una poderosa intensidad levitante y culmina abruptamente después de un ascenso exhalante de tensión. En los siete minutos de “Rey, verdugo y esclavo” Minimal monologa acerca de la trascendencia vital y los misterios de la vida sobre bases melódicas que pasan de cierta calma al electroshock. Durante los tres últimos minutos de la obra se produce un cuelgue entre noise y místico elaborado con acoples y un delay que parece emitir ondas espirituales. Posteriormente llegan unos irónicos teclados orientales que se pierden en los tres minutos de locura paranoica y adrenalítica de una canción que bien podría ser la banda de sonido de un video sangriento tomado en el encierro de San Fermín; es el típico tema de título largo que aparece en cada disco de Pez: “Acelera sus latidos corriendo a ningún lado como un toro asustado”. El anteúltimo track es “Cuando más grita menos es escuchado”, soberbia densidad oscura y desesperante que cuenta la historia de un “hombre marcado” (¿hombre bomba?) que despierta confundido somatizando sus sueños y que “quema sus cosas, después quiere reconstruir su pasado”. En su cripticismo poético la letra ofrece múltiples lecturas posibles y puede interpretarse como una mirada crítica sobre la distancia entre los destinos pactados y la voluntad propia, haciendo un llamado vivo a la superación del hombre a través del cambio. El punto final lo pone “Exitencialismo”, donde el bajo distorsionado aporta una gravedad luctuosa y la banda recurre a una zapada a modo de intro. Por el parecido estructural y sonoro con la apertura daría la sensación de que se trata de una manera circular de cerrar la placa. En la letra Ariel vuelve a pensar en la trascendencia espiritual y sus últimas palabras son “Y si encuentro un espejo donde estén mis ojos/ sólo tendré una pregunta por hacer/ ¿Quién soy?”.

Estamos ante un disco de musicalidad urgente y frondosa creatividad, cargado con poesías breves y precisas que se revuelven sobre viajes instrumentales despampanantes. Fue grabado en dos jornadas del último agosto y no sorprende el dato de que semejantes arquitecturas melódicas hayan sido tomadas en vivo en estudio (ION). La precisión y abundancia de arreglos y yeites indican que se trata de obras hiper ensayadas, pero a la vez los numerosos solos y zapadas de cada instrumento parecen dejar una cuota librada a la improvisación.

De más está decir que la banda suena terriblemente ajustada, dando la sensación de que el cuarteto es la formación más contundente de todas las que vivió el conjunto (Pez nació como trío y llegó a ser quinteto). El piano eléctrico de Pepo Limeres se cuela en todos los rincones, y entre la batería (Franco Salvador) y el bajo (Fósforo) más que un muro de sonido construyen la fábrica de hacer ladrillos. Y si bien todos los temas los firma íntegramente Minimal, cada uno de ellos aportó en la composición musical de una canción (en realidad el baterista firma dos tracks).

En “Los orfebres” Pez parece haber dejado abierto el grifo de la música fuerte y el sonido se expandió como un gas pesado y combustible por toda la sala de ensayo hasta cubrir el último recoveco del parlante más viejo. No es casualidad que en su décimo disco de estudio el logotipo de la banda se haya vuelto inflamable y que el título del disco nos hable de esos artesanos de las piedras preciosas y el metal candente. Paralelamente la madera le dio paso a la electricidad, el estado de ánimo se volvió más irascible y el Zeppelin tomó vuelo. Ariel Minimal aprovechó el fogón neo hippie para quemar la guitarra acústica y la boca del Pez volvió a escupir rocas ardientes, humo y lava incandescente engendrando un disco digno del año en que Huracán volvió a jugar en Primera División.

Nota de la Redacción: imaginar la cara del Chipi Barijho escuchando el disco es perjudicial para la salud.

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