
Atractivo packaging para el nuevo trabajo de Nikita Nipone, una de las bandas más prometedoras de la década.
“Gordo aceitoso”, “Granjero atómico”, “Choto dorado”, “Terremoto de mierda”, “Es muy bailable?”, “Rock duro”, “Niño forever”, “Suena tremendo”, “Disco de amor” y “Nikita Nipone”. Todas esas frases, y noventa más, se pueden formar con las dos rueditas que aparecen en la divertida tapa de “Una Oración“, el segundo disco de una de las bandas argentinas más prometedoras de la década. Con esa gráfica este quinteto de Beccar (Zona Norte del Conurbano) marca un hito en la historia del arte de tapa argentino aportándole una de sus portadas más amenas y originales (realizada por Germán Werner). El concepto lúdico se traslada al mundo de los sonidos y desemboca en la idea de tomarse la música como la posibilidad de hacer un chiste de buen gusto. Y allí está el sustento principal de “Una Oración“, placa destinada a dejar evidencias del grato momento de una banda en transición hacia su gran golpe que nos recuerda como es el rock cuando se ríe.
El disco abre con la canción que titula la obra. Estamos hablando de un reggae oscuro y denso, donde los guitarrazos distorsionados y procesados marcan con firmeza el pulso. A lo largo de tres minutos el cantante (Lucio de Caro) se dedica a hablar de sensaciones contrapuestas (“lindo/feo”, “sale el sol/muere el amor”) como si fueran “dos caras de un debate” entre las que hay que buscar posturas propias. La canción que sigue pone los teclados (Paz Villahoz) en primer plano; “Pirata” es una especie de monólogo ridículo que retrata el dilema existencial de un capitán que se quiere rajar de un barco pero teme ser recordado como un garca por no hundirse heroicamente junto con su nave. La música es bien marítima y da la sensación de recrear oleadas de diferentes intensidades a través de sus estructuras armónicas, y las vocalizaciones de De Caro tirando frases rápidas son una delicia muy original. En “Robot” se parapetan detrás de la guitarra acústica para recrear una preciosa melodía genéticamente beatle (vertiente lennoniana); la letra es la autodescripción de un robot que tiene “todo medido”, no es “tan espontáneo como vos” pero sin embargo da “error”. “Contame alguna mejor” parece una canción de calesita, en la que una persona habla de un alter ego idealizado que se aceita para brillar al sol. Es el mejor ejemplo de que Nikita quiere divertir mientras se ríe de sí mismo y hay un lindo trabajo en los coros del estribillo, que son bien operísticos. El ambiente se pone más detallista y rocker en “Es una pena”, tema que bien podría haber sido cantado por un Sandro freak en los `60 y habla de un hombre que lamenta “tener que ser insolente” para ser inteligente y que confiesa que ama lo feo. Allí el guitarrista Francisco Milne aporta unas melodías flamencas relevantes, aparecen unas trompetas mexicanas surrealistas (Juan Abeles) y la letra suelta una verdad dolorosa: “Y no es tu culpa haber nacido tan fulera/ pero tampoco es la mía”.
La velocidad del tema anterior contrasta en el siguiente track; en los tres minutos de “El santiagueño” aparece un personaje que la queda, que tarda y hace que hasta el tiempo se impaciente. La música conforma una especie de balada luminosa, tarareable y psicodélica que se diluye suavemente hasta alcanzar una distorsión ardiente. “No es otra cosa” es una cancioncita jazzeada y orquestada donde aparece un personaje que afirma que no le importaría quedar sordo o ciego, porque “cada defecto tiene su contra y también su pro”; culmina diciendo que sería genial quedarse sin amigos y pasar el rato “sólo por ahí”. “Down” es una ironía musical sobre la depresión y las sensaciones darkies; bien podría hacerle dar cuenta a un fanático del emo-core de lo aburrido y forzado que se vuelve transmitir sensaciones absolutas desde una estética sonora. “Me duele todo” remonta un poco el clima encarnando una canzonetta sobre los dolores y las resacas que alcanza un nivel de distorsión punzante. En el siguiente paso aparece “Distorsión”, un llamado bizarro a “escuchar los Ramones” y “ponerse violento” encarnado en un rock and roll furioso y barullero que “es un tortazo a la melancolía”.
Después hay un track de separación llamado “Farfisa infernal” (con un mensaje oculto difícil de descrifrar) que oficia de apertura de “Paisaje”, rock histriónico y juguetón que remite al rock lisérgico de Frank Zappa en medio de deseos de pasear por el mar y que contiene un contiene un pequeño solo en el que se luce el bajista Pablo Valle. En “Water” aparece el momento más pop y noise de Una Oración; allí Lucio canta un delirio sobre la sed mitad en inglés chamuyado, mitad en español chamuyero. “Soy lo que buscás” es un bolero seductor y cargado de rudeza machista donde canta Milne (guitarrista); allí una persona locuaz se compara con Anté Garmaz y quiere venderse como algo muy mejorado con respecto a lo que es. Entre ruidos ambientes de fiesta aparecen las voces de los músicos charlando y llega “No hay nada igual”, cuatro minutitos épicos de festejos contrastantes con influencias de la música de cabaret y en los que los Nikita se despiden hasta una próxima vez prometiendo que van a cambiar.
Una oración muestra a Nikita Nipone en un momento sumamente creativo y donde las instrumentaciones generales se llevan las palmas. Toda la banda suena muy flexible, tenaz y precisa, pero el guitarrista Francisco Milne hace un trabajo sobresaliente (en sonido, técnica y creatividad) que lo podría postular como uno de los guitarristas más amplios y expresivos de su generación. Además, el baterista Nicolás Mirelman (quién firma como Phil Collins) aporta grandes dosis de imaginación y precisión, fundamentales para que la estructura de la banda suene tan convincente. Y lo de la tecladista es una paleta de colores heterogénea aplicada con mano maestra.
El disco fue grabado en un estudio propio y en El Pie, con producción de Nikita Nipone. El ingeniero de grabación fue Uriel Dorfman (Cerati), Patricio Claypole (Los Natas, Divididos) lo mezcló y Steven Weis (The Melvins, Sepultura, Mr. Bungle) concretó la masterización en Estados Unidos. Con respecto a su disco anterior, las voces quedaron más al frente y el pulcro trabajo de De Caro justificó la decisión de apostar fichas a la claridad del mensaje.
Las canciones que integran al disco venían siendo tocadas en vivo hace unos dos años y quizá por eso suenen tan bien asentadas y demarcadas. Por ese motivo se puede leer a la placa como una actualización a lo que presentan los músicos en escena. Se trata de quince temas que en general apenas superan los dos minutos, lo que los hace muy llevaderos y polifacéticos. Da la sensación de que los cuarenta minutos de duración total del disco son exactos y sumamente variados. Y analizar la obra pasando por alto que Nikita venía de hacer un disco brevísimo, de apenas ocho canciones, puede ser una omisión injusta.
A través de Una Oración Nikita, más que canciones, nos regala una exótica tropilla de personajes ocurrentes que cautivan desde su ridiculez. Para darles vida, los músicos se apoyaron en una creatividad tan irónica como lisérgica y, sobre todo, en instrumentaciones soberbias, minuciosas, recontrapulidas. En Argentina casi no hay bandas capaces de sonar tan desfachatadas y liberadas con respecto a lo que circula por las radios y los canales de música, y que a la vez respeten el formato canción y la claridad sonora.
Nikita Nipone se arrodilla ante la gorda italiana que les dicta lo que deben hacer y acatan todas sus mandatos. Y en Una Oración la sentencia fue: “hagan un disco que le abra la cabeza a los jóvenes argentinos; quiero que todos se den cuenta que la mayoría de las bandas instaladas en el mainstream tienen un licuado de pomelo en el cerebro y que las cenizas de la música es lo que se escucha por esas radios de pseudo rock nacional. La prioridad es sacudirle un roscazo en la jeta a los salames que creen que rock and roll es hacer lo más básico y estúpido que se les ocurra para cautivar a un público denigrado”. Los Nikitos obedecieron al pie de la letra.
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