“Al palo che, vamos…” fue el latiguillo inicial de Piti Fernández, frontman de Las Pastillas del Abuelo, en uno de los dos shows emotivos que brindaron el 12 y el 13 de junio en Rosario. El sábado, en realidad ya domingo 14, que en la jerga quinielera, es el borracho (más de uno aunaba esa condición en la noche de Willie Dixon, o Dixie, como sacudió Piti en un momento de efervescencia) cerraron con la segunda presentación.

Las Pastillas en vivo. foto de archivo

Las Pastillas en vivo. foto de archivo

En materia números, el vocalista de una de las bandas más creativas (a veces demasiado) contemporáneas, volvió a lucir, orgulloso, la remera con el 20 en la espalda. Una casaca, que tal vez, por escasez de vestuario, o por cábala, representa “la fiesta” en la numerología del escolazo, y también en lo que genera este grupo de actual crecimiento.

Las Pastillas representan eso. Mezclan letras introspectivas con filosofía no tan barata. Los pibes, en su mayoría adolescentes, tal vez lejos de Niezcthe o Prozac, se complementan en cada canción y forman un todo interesante y digno de apreciar. La voz de Piti, el sábado, un tanto desgastada pero irreprochable por el reci del día anterior, después del saludo inicial, comenzó a encaramarse detrás del saxo del Joel Barbeito en “Locura y realidad”. De aquel estupendo disco de nombre ídem a la banda, “Historias”, “Los oportunistas” y “Tantas escaleras” lo hicieron sonar casi íntegro. Además de un fragmento intrínseco de “La parabellum del buen psicópata” (de Los Redondos), que ya se hizo costumbre, y los acordes de harmónica del rosarino Pancho Chevez, arrimaron algunos temas del rebuscado “Crisis”. “Dónde esconder tantas manos”, “Me juego el corazón”, Qué es Dios” y “Qué carajo es el amor” fueron de las elegidas.

“Y si vos me preguntás hoy, qué carajo es el amor, yo te contesto, miralos a ellos dos” dijo Piti, esquivándole a la carraspera, señalando a las parejitas más lindas que no pudieron evitar sentirse identificadas y fundirse en un beso que empezó y nunca jamás quiere terminar. Algunos solos de Diego Bozzalla y Fer Vecchio, más los teclados de escuelita de Ale Mondelos, revisten una especie de clases de conservatorio, pese a que algunas pifias hicieron aún más íntima, la atmósfera que otorga el Dixon de Pichincha.

“Skalipso”, “La casada” y “Lo + fino” armaron una noche completa, que giró en torno a los dos primeros discos de la banda y algunas canciones de la prolífera producción acústica. Si bien “Crisis” parece vomitado desde una biblioteca de eruditos filosóficos, los pibes se aprenden verso a verso, la mezcolanza de conceptos que da el último de esta banda, presentado en Rosario por segunda y tercera vez consecutiva. Sabina, Los Redondos, yeites futboleros, lágrimas y mucha pasión y garra, describieron en el sábado el cierre de un doblete bastante interesante.

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