20 de junio. Fecha patria, Rosario, Cuna de la bandera, 23:43, y el cartel del sold out, flameando en la fresca noche del Templo Sudamericano del Rock, cito en Suipacha y Güemes. Para esa hora Willie Dixon albergaba al (no tan selecto ya) grupo de seguidores del artista de culto Eduardo Skay Beilinson.

Un puñado de gente despuntaba la forma de entrar al boliche de Pichincha, pero todo daba la pauta de que había que escucharlo desde afuera. “Me re colgué, me gasté la guita en una bolsa y no compré la anticipada” comentó un desangelado, que pensaba que no iba a poder deleitarse con los acordes oscuros del Flaco y sus Seguidores de la Diosa Kali.

Entre la humedad y un cielo encapotado, se presentó la efigie del Indio Blanco (mecenas del Dixon), presagio de buenas noticias: una importante tanda de tickets más a la venta… y la puerta principal se abarrotó. Así fue siempre la historia redonda. Lugares colmados que siempre quedaron chicos, pero una vez dentro del Templo, la fiesta estaba a punto de desatarse. Globos, mucha ricota, no cabía un alfiler.

Y con su parcimonia característica e impronta de rocker de los ’70, apareció con perfil bajo “el que tiene los ojos color del cielo”, aunque con gafas y su pañuelo marca registrada. El Flaco se prendió de su compañera (Nº 2 en la lista, Nº 1 Carmen Poli Castro) para encender el fuego sagrado del rock and roll del país. Como Diego con la pelota, Dolina con el mic, o Sábato con la pluma, Beilinson coteja a esa antiquísima Fender, que acariciada por el, desanda el camino de la magnificencia en los acordes de algo tan hermoso como la música.

Un set de tres temas fue necesario para soltar el tímido “Buenas noches Rosario”. Perpetuando algunos movimientos extraídos de un cómic de Marvel, se fue dando un show concreto y prolijísimo. De Los Redondos sonaron “Rock para los dientes”, “Ji ji ji”, y “El pibe de los astilleros”. El resto del concierto fue puro y exclusivo de Skay, un artista serio y con nombre propio que no tiene nada que envidiarle a su pasado inexpugnable. Salvo un acto fallido en “Oda a la sin nombre”, que pareció adrede, en la intro, el reloj de los Seguidores de la Diosa Kali, funcionó a la perfección en sus engranajes. La slide de Oscar Reyna, los solos penetrantes del Flaco y los samplers de Lecumberry se destacaron en el set list de esta impecable formación.

Despidiendo “La marca de Cain”, surgió el “ritual chamánico” de “Hippie ha ho”, una de las nuevas. Pero no pudieron faltar “El golem de Paternal”, “Arcano XIV” y una versión más dark de “Bye Bye”. Cuando el fervor del público se elevó a los cánticos “Solo les pido que se vuelvan a juntar”, o “Soy redondo hasta que me muera”, Skay, agradecido y emocionado (pese a que pareciera que a estos tipos “nada los conmueve, ni los tiroteos”), solicitó un fuerte aplauso (merecido) para los Seguidores de la Diosa Kali, y el show continuó con las creaciones de este proyecto muy sólido del ex Redonditos. “Paria”, “Meroe y los sortilegios”, “Dónde estás” y “Ángeles caídos” fueron acomodándose mientras “la ceniza no caía desde su cigarro y estaba en sus ojos desarmándote”.

Por momentos la atmósfera dark se instaló en Willie Dixon. Beilinson es un creador sublime y un músico infernal. “De acá no te vas más” manifestó un grito sacado de un chabón con la casaca de la banda del Flaco. La opinión pública fue generalizada y obvia. “Cómo toca la guitarra este ñato”. “Qué show que se mandó”. La crítica no pudo ser objetiva. Con Skay en vigencia da gusto darse una vuelta por sus conciertos. “Gracias, muchas gracias” dijo el frontman de Los Seguidores… y uno le contestó desde abajo, “No… gracias a vos…”

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