
El camino recto
de kilómetro en kilómetro
de año en año
viejos de frente estrecha
señalan a los niños el camino
con ademán de cemento armado
J. Prevert
Cuando por primera vez los jóvenes invaden las casas de ruido y música, ritmos nuevos flotan en el aire. Los padres miran preocupados: sus hijos salen a la calle con los discos bajo el brazo, cantan y corren, de la mano. Van vestidos así nomás: un par de blue jeans, un suéter colorinche, pelo largo, zapatillas o botas. No parece que pisaran las veredas; corren y bailan, son livianos.
En cuanto se juntan unos cuantos se meten en una casa, ponen un disco y bailan. Bailan como ellos quieren una música que ellos inventaron. Para los padres, ésas son “contorsiones histéricas”, el pelo largo es “signo de degradación sexual”. Para ellos, bailar es una de las pocas cosas que los dejan hacer a gusto; el pelo largo es la rebelión contra las reglas y las costumbres.
Pasa en todas partes. El diario dice que en Inglaterra invaden las playas con sus motos. En Estados Unidos paran un tren cargado de soldados para Vietnam. En Polonia, la India, Japón, pelos largos, pacifismo, discusiones sobre sexo, llamados a la rebelión. De un día para otro, los jóvenes se han vuelto los protagonistas de la crisis en el mundo.
Porque los mayores aceptan el mundo como se lo han dado, aceptan este mundo lleno de guerras absurdas, de hambre, de tristeza, de aburrimiento, los únicos que lo pueden cambiar son los jóvenes. Los mayores han perdido las esperanzas de vivir, trabajan y duermen solamente. Los jóvenes quieren recuperar la alegría, la sinceridad, el aire libre. Aunque tengan que pelear contra toda la maquinaria que los obliga a permanecer en silencio, quietos, solos, separados unos de otros. Porque también hay que recuperar el contacto de la piel, de los ojos, desde adentro de uno hacia el de al lado. Hay que traer el amor de vuelta.
En esa ciudad gris y triste, con gente que camina mirándose los zapatos, siempre dispuesta a quejarse, han desaparecido las sonrisas y los besos. Los jóvenes tienen que traerlos.
Pero todos estamos solos. Barreras de apellidos, de barrios, de formas de hablar nos separan. Barreras entre sexos porque para un hombre una mujer es un bicho raro que hay que tratar de deslumbrar. Y viceversa. Una mujer o un hombre no son seres humanos, son cosas que hay que conquistar para mostrar. Vivimos temiendo quedar mal.
Nadie dice: “Che, tengo miedo de esto” o “no entiendo aquellos”. Nos han metido en la cabeza que no hay que ser sincero, que hay que mentir, hacerse el Don Juan y estar en pose. No somos personas, somos un disfraz que nos ponemos para no pasar vergüenza.
Para los jóvenes que quieren tratarse unos a otros como seres humanos y no usarse como cosas, que quieren paz y no guerras salvajes e infinitas, que quieren alegría, sale esta revista.
Sacar la revista no es para nosotros una pesada obligación ni un lance comercial. Es una necesidad, un gusto que nos damos. Y ese gusto sería mayor si los lectores colaborasen. Llamamos a todos. Manden cartas, artículos, poesías, letras musicales, cualquier cosa.
Tenemos que unirnos y comunicarnos. Esta es la oportunidad, aquí estamos para eso.
A ver si nos ayudan, che.
(Editorial escrito en 1966 por Pipo Lernoud para el primer número de una revista que se llamaría La Mano, que pensaba editar junto a Moris y que nunca salió)
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