
Pericos, Kapanga, La Mancha de Rolando y Pier animaron el festival en el estadio cubierto de Ferro, ante poca gente.
Un espacio que reabre sus puertas para la realización de eventos musicales es un motivo para festejar, y nada mejor que convocar a cuatro importantes bandas de rock nacional para hacerlo. Así fue que Pericos y Kapanga se hicieron cargo de la primera noche, el viernes, y La Mancha de Rolando junto a Pier en la segunda de las jornadas.
El frío nocturno quizás haya conspirado para la asistencia de público pero sin lugar a dudas el principal impedimento para que los shows recibieran la cantidad de gente a la que nos tienen acostumbrados estas bandas fue el exorbitante precio de las entradas: ¡38 pesos por día!, que hoy no son moneda corriente en los bolsillos jóvenes argentinos.
Por este motivo, lamentablemente, la primera de las noches se contó un una reducida presencia de no más de 350 personas que realmente hicieron el aguante a las bandas. Y si de ellas hablamos, debemos decir que en ningún momento hubo algún amago de ir a menos por parte de las mismas. Tanto Pericos como Kapanga dieron todo arriba del escenario.
Cerca de las 22 horas Juanchi Baleiron, Gastón Moreira y compañía se pusieron el equipo al hombro y después de casi hora y media de show dieron la hurras en conjunto con los seguidores de siempre. Para destacar que no faltaron canciones dentro del repertorio. Hubo nuevas, clásicos y hasta algunas que se sacaron a relucir después de mucho tiempo. El cierre lo marcó un poderoso cover de “Mejor no hablar de ciertas cosas” de Sumo junto con “Casi nunca lo ves” y “No me pares”, de su autoría, y pase a los de Quilmes que pedían pista.
Posterior a un cambio de instrumentos demasiado extenso, se hizo presente sobre el escenario El Mono y sus secuaces para alegrar un poco más a la monada que feliz saltaba de un lugar a otro aprovechando el espacio disponible. Al igual que el grupo anterior recorrieron una extensa lista de temas y el cantante se dio el tiempo suficiente para criticar sin pelos en la lengua a la gente del Gobierno de la Ciudad, presentes en el recinto, por ciertos requisitos pedidos que hicieron peligrar la continuación del festival. Un sonido demasiado alto deslució la actuación de la banda que le puso calor y mucho aguante a una noche que la necesitaba en demasía.
Por la revancha, el sábado fuimos por más. A la vista se notaba que la convocatoria había sido más abultada y la cifra se acercaba al millar, superando ampliamente la noche anterior. A poco de esperar La Mancha de Rolando se hizo del tablado y empezó a mostrar su flamante trabajo. Muy contentos de volver a tocar en Capital y de reencontrarse con su público, desplegaron un enérgico espectáculo de más de una hora y media que sirvió para ver el buen sonido y repertorio elegido por los liderados por Manuel Quieto. Entre tanta canción nueva no faltaron “Adonde vamos”, “Mi semilla” y “Calavera”, que sumados a la actitud de la banda redondearon una más que interesante actuación.
Con algún intercambio de cánticos, no violentos, entre los seguidores de La Mancha y los de Pier, estos últimos se hicieron presentes en la noche reafirmando la comunión con su público que llevo banderas y remeras por doquier para festejar y “aguantar” a la banda. El sonido cambió, se alzó en volumen y distorsión y en algunos pasajes se ensució pero no enturbió en nada el espectáculo. Este es un grupo que posee un curioso magnetismo con sus seguidores y eso se transmite en forma reciproca, retroalimentando el poder de la banda y las gargantas de los de abajo que compiten seriamente con la voz amplificada del cantante.
Mucho se dijo de Pier con respecto a su semejanza con los Redonditos de Ricota y en esta ocasión resaltó una perlita más que sugestiva. Al ver subir a Ramiro Cerezo, líder y voz del grupo, se lo divisó calzado en unas flamantes Nike 90 y enseguida nos vino a la mente el primer track que abre el disco solista del Indio Solari, “Nike es la cultura”, y una sonrisa socarrona invadió a los que lo notaron. ¿Casualidad o causalidad?
De esa manera terminó un nuevo festival y se festejó la reapertura de un lugar para tocar. Queda en el tintero poner fichas para que este evento se vuelva a repetir adecuando los precios al flaco bolsillo argento y cuidando la selección del personal de seguridad, ya que el maltrato verbal y la prepotencia de los patovicas resultaron absurdos ante el ánimo festivo de los espectadores.
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