Andrés Calamaro editó su nueva placa, “El cantante”, un recorrido por algunos clásicos latinoamericanos. El comentario de Diego Giordano, para El Cidadano de Rosario.

Andrés Calamaro. foto: www.calamaro.comMucho tiempo ha pasado desde que Andrés Calamaro editó El salmón (2000), disco quíntuple de suerte oscilante: mientras que en España –según le contó Ciro Fogliatta a El Ciudadano meses atrás– vendió 60 mil copias en la primera semana de su salida y por estos días se prepara una reedición, en nuestro país pasó sin pena ni gloria. La intención de El salmón, más allá de las juicios estéticos que se le puedan plantear, fue ofrecer un viaje sin escalas a la mente de su autor, casi el epílogo multiplicado y monstruoso de la Honestidad brutal (1999) previa.

Editar un disco de las características de El salmón requirió valentía porque lo que Calamaro quiso exponer, más que una obra artística, fue una imagen profunda y sin filtros de su catarsis creativa: lo bueno, lo malo y lo feo; no es casual que la tapa del disco haya sido la radiografía de un pescado. Pero también exigió otra cosa: para plantarse frente a los ejecutivos de las discográficas y obligarlos a editar un disco que en verdad eran cinco, y que fueron grabados en condiciones extremas de delirio y precariedad, se necesitaban convicciones fuertes.

Después, Calamaro desapareció del mapa y de los escenarios, y comenzaron a tejerse todo tipo de especulaciones: que estaba muerto, que estaba vivo, que estaba mal, que no estaba. Pero Calamaro estaba. Estaba en Madrid, componiendo sin parar y colgando, gratis, todas sus canciones nuevas en Internet. Lentamente, pero no en silencio, fue despojándose de todos los resabios que heredó de su condición de estrella de rock multiplano y se metió de lleno en el proyecto El cantante (2004), su nueva placa.

La versión 04 de Calamaro mira a cámara con sonrisa plácida, dejó los lentes oscuros y se viste con ropa “antiglamour”. De alguna manera, su trabajo en los últimos años pasó por limar bordes excesivos y esa es la música (y la imagen) que transmite El cantante.

El disco está planteado como un recorrido por algunas canciones clásicas del repertorio latinoamericano. Con un formato acústico de mínima (piano, guitarra, percusión y bajo, y también algunos invitados) y músicos de alto vuelo instrumental (en especial el extraordinario guitarrista Niño Josele, pero también Alain Pérez y el percusionista Piraña), Calamaro grabó un disco en el que sus gustos y su personalidad se reflejan, sobre todo, en la interpretación de melodías ajenas. Más claro: El cantante está atado al notable olfato interpretativo de Calamaro y es su personalidad musical la que da homogeneidad al disco, pero lo cierto es que no hay aquí desbordes ni derrames subjetivos, sino todo lo contrario: austeridad y sobriedad. Por eso, si El salmón fue un punto de llegada, El cantante lo es de partida.

Calamaro se rodeó de un grupo de músicos excelentes, sesionistas inspirados y atentos, para grabar un disco acústico en el que, como decía Litto Nebbia, “la operación es simple/ de suma y resta”. Matemáticos, Calamaro y Javier Limón, productor del disco, diseñaron cada arreglo y cada desarrollo con una precisión obsesiva.

Los grandes momentos de El cantante están en “El arriero” (Yupanqui), “Volver” (Gardel/Lepera), “La distancia” (Roberto Carlos/Erasmo Carlos), “El cantante” (Blades), y “Voy a perder la cabeza por tu amor” (Alejandro/Magdalena). La operación de Calamaro y sus músicos flamencos, más allá de la evaluación individual que cada canción merezca, no fue grabar un disco de covers, sino adaptar las canciones elegidas a un concepto musical determinado. Es decir, se respeta la esencia melódica de la canción pero al mismo tiempo se la integra a una idea mayor que brinda homogeneidad al conjunto.

Como si lo hasta aquí expuesto fuera poco, Calamaro grabó tres canciones propias que están, por lejos, entre lo mejor que haya hecho en años. Empezando por “Estadio Azteca”, compuesta a medias con su viejo amigo Marcelo Scornick. Los flechazos que generan la vista del estadio se vuelven mojones en la memoria autobiográfica, y el tema se resuelve a través de la ironía y la alusión a la cocaína.

Las pasiones de Calamaro siempre fueron el vicio, la música y el amor, pero de un tiempo a esta parte, la libertad se sumó a la lista: recuerden esa joya titulada “La verdadera Libertad”, escondida en el caos quíntuple de El salmón. Bueno, en El cantante hay otra libertad, esta vez a secas, ni verdadera ni falsa: “La libertad”, himno instantáneo de lenta emoción, capaz de tumbar paredes con los trazos de una poética virada hacia lo popular: “Será solamente una palabra, la hermana hermosa/ la libertad”.

La veloz y delicada “Las oportunidades” refleja no sólo el crecimiento del Calamaro instrumentista, sino que también confirma su madurez como letrista: “La culpa es un invento muy poco generoso/ y el tiempo, tremendo invento sabandija”. Madurez, entonces: lejos de las revistas y los escándalos, lejos de los snobs y vigilantes argentinos, Calamaro llevó adelante una fascinante mutación artística. Para él, y como dicen Los Redondos, el futuro ya llegó. Pero no es ningún palo.

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