
Cuando faltaban tres minutos para la medianoche, Andrés Calamaro anunció que iba a meterse en “un terreno sagrado” y versionó La bestia pop de los Redonditos de Ricota. Se entusiasmó cantando el estribillo de leyenda -”A brillar mi amor, vamos a brillar mi amor…”- y nadie dudó de que lo hacía de puro calentón. Como lo sienten los verdaderos músicos de rock.
¿Acaso no es por lo mismo que siempre resulta creíble Bruce Springsteen, incluso cuando versiona olvidados temas de viejas bandas de su país? Es que el verdadero músico de rock hace lo que siente, no lo que debe. Anoche, en el comienzo de su ciclo de conciertos de fin de año en el Gran Rex, Andrés Calamaro demostró que es un músico de rock hecho y derecho, porque con la elegancia de un torero eximio, esquivó lo fácil, que habría sido la cita textual de sus muchos hits, y eligió hacer un concierto extenso e intenso, que fue una obra artística en sí misma, y que precisó de oídos atentos para ser disfrutado en toda su dimensión. Además, podría haberse emborrachado solo con los licores fuertes que son las notables canciones de su último disco, Honestidad brutal, cuya presentación es el motivo formal de este show. Pero, nada vanidoso -eso contra más de un pronóstico-, eligió homenajear no a su obra sino al rock todo, y salpicó el concierto con breves citas de temas históricos, de No woman no cry de Bob Marley a Not Fade Away de los Rolling Stones -sobre ese riff versionó Alta suciedad-, pasando por unas frases del clásico de la bossa nova A felicidade y por el coro final de Message In A Bottle de The Police, entre otros guiños. Y terminó de sorprender a toda la platea cuando arremetió con un clásico de los Redondos.
En rigor, el aviso de que el suyo sería un concierto, no una exhibición de grandes éxitos, lo dio Calamaro con el arranque, que hizo con dos temas de rock instrumentales, ásperos, de guitarras. Y, luego sí, recorrió, en un aparente random -solo aparente- algunos momentos del multifacético Honestidad brutal -el liviano Te quiero igual, el oscuro blues No va más, el sugerente Los aviones, el inesperado hit Paloma y el rutero Voy a dormir, entre varios más-, recuperó temas de Alta suciedad que se están añejando y cada vez toman mejor sabor, y fue un poco más lejos -pero no mucho- con algo de Los Rodríguez. Lo secundó su eficaz banda -Ciro Fogliatta en piano, órgano Hammond, voz y coros; Gringui Herrera en guitarras, steel guitar y coros; Candy Caramelo en bajo y coros; Guillermo Martín en guitarras, voz y coros; y José El Niño Bruno en batería-, que más que un conjunto de acompañamiento luce como una verdadera banda de rock, comprometida con la música y con el jefe, y el resto lo puso el público, numeroso, con carita de feliz cumpleaños, entusiasta y obediente. “Esto es un concierto de rock -dijo Calamaro a poco de comenzar-, por eso espero que no caigan en la frivolidad de aplaudir que me quito el saco”. El aviso sirvió de poco, en verdad, porque las chicas igual chillaron cuando quedó en mangas de camisa, pero alcanzó para advertir que el protagonista de la noche quería llevar al público a su terreno a toda costa. Al rock. Nada de “¡superéxitos de tu ranking amigo!”. Calamaro sabe que tal vez allí puede haber menos caldo de cultivo para la vanidad, pero que de esa forma lo suyo luce inmejorable.
Después del tema de los Redondos, Calamaro dijo que un grande se iba por una puerta y que otro grande entraba por la ventana, y cantó Maradona, tributo pura pasión. Eso es el rock en la Argentina, no hay mucho más para explicar.
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