
El viernes, el power trío Carajo, de Marcelo Corvalán, se presentó en una versión menos violenta y más “unplugged”. La crónica de Guillermo Boerr, para Clarín.
Cuando, a fines de abril, Andrés Vilanova, baterista de Carajo, se fracturó el hueso escafoide tras una caída de la bicicleta, los integrantes del grupo vieron tambalear sus planes. Con su muñeca izquierda enyesada que quedará en stand-by hasta setiembre, la gira latinoamericana y el primer Obras del trío fueron a parar al freezer. Pero Vilanova es un baterista nato, y ya no soportaba la inactividad. Como sus socios (el bajista y cantante Marcelo “Corvata” Corvalán y el gui tarrista Tery Langer) tampoco, los tres decidieron aprovechar las limitaciones impuestas por el médico de Vilanova y convertirlas en otra cosa. Esa fue la semilla de “Electrorroto acustizado 2.1″, un show definitivamente cool en el que el grupo bajó los decibeles y el tempo y se dedicó a explorar otras músicas. Lejos del hardcore (¡electricidad, volumen, velocidad!) y con una ayudita de sus amigos, el viernes dieron dos conciertos en el Ateneo en los que se reinventaron a sí mismos a través del reggae, la bossa nova, el folklore, la percusión bahiana y el rock and roll.
La marea de adolescentes que llenó el teatro siguió atentamente estos particulares shows, que comenzaron con Salvaje, uno de los caballitos de batalla del grupo, pero en formato acústico, con Vilanova usando sólo la mano derecha para sostener la escobilla. Luego se abrió el telón que estaba detrás de ellos, y el secreto quedó a la vista: además del trío, había otra batería, un set de percusión, otra guitarra, un teclado, una sección de vientos… es decir, que lo del cambio de formato venía bien en serio.
En estos shows no sólo hubo covers (Poison Heart, de los Ramones, y No tan distintos, de Sumo, además de partes de temas de Police, de los Cadillacs, de Marley y de Riff, entre otros, agregadas en medio de canciones propias) sino también una kilométrica lista de invitados entre los que estaba la percusionista Andrea Alvarez, los guitarristas Maikel (Kapanga) y Nicolás Bereciartúa (Viticus), los vientos de Rey Gurú y miembros de la “familia Carajo”: el tecladista Marcelo Telechea (virtual cuarto miembro del grupo), la baterista de Botafogo y Decenadores, Silvana Colagiovanni, el productor Ale Vázquez, el diseñador gráfico Chalón y la esposa de Corvata, Nancy, luciendo su séptimo mes de embarazo.
De frente al mar (dedicado por Corvata “a todos los niños que están por nacer”), la versión discotequera de Triste (con bola de espejos incluída) y el rock rutero en que se transformó Qué tienes para dar fueron los momentos más logrados del concierto. Evidentemente, los exhaustivos ensayos previos cumplieron con su cometido, y la docena de personas que promedió sobre el escenario a lo largo de la noche sonó más que ajustada. Sin dejar huecos, pero tampoco sobrando.
El viernes, Carajo volvió a demostrar que es capaz de seguir evolucionando, y no necesariamente en la dirección que cabría esperar. Y, en un panorama rockero en el cual la sorpresa no es justamente lo que sobra, este tipo de excentricidades no pueden sino ser bienvenidas.
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