Luego de remarla y remarla durante varios años, el hijo predilecto del under logró su cometido: copar el templo del rock & roll porteño. Massacre agotó Obras y ofreció una amplia variedad rockera cargada de emoción y agradecimientos.

Wallas. foto: Federico BalestreroUn canto de aves sumergido en una atmósfera natural entretuvo a Obras durante los preparativos de luces, sonido y la convincente escenografía. A las 21.25 hs. el grito de “¡es la octava maravilla!” marcaba el inicio vertiginoso de lo que Massacre había soñado durante veinte años: la consagración.

Con el correr de la primera canción el sonido se fue acomodando… de menos a más. Cuando el desarreglo quedó atrás, la banda que según la prensa norteamericana va a salvar la psiquis y el espíritu de la raza humana, comenzó a recorrer todos sus álbumes con base en su último disco “El Mamut”.

Los músicos dejaban atrás su timidez (a excepción del líder carismático que no conoce esa palabra) con “Invasoras amazonas”, “From your lips” y una base rítmica de bateria muy buena, un juego de luces espectacular en “Vienen zombies” y Walas reflexionaba previo a “Juicio a un bailarín”: “Massacre en Obras es inaudito por un lado y lógico por otro”. Le seguiría la sensata “Maggie May” de Rod Stewart y el primer punto fuerte de la noche: “La orquídea blanca”. Es un tema con estados de ánimo muy cambiantes en el que sobre el final Pablo Mondello en guitarra eroga un solo “como los de antes”, y ¡vaya! si valió de todos los aplausos…

{mosimage}La depresiva “Clavos y globos” abría la segunda parte del show, “perdón por este bajonazo” suplicaban al respecto. Le siguió “Sofìa, la supervedette” con Walas enredado en una bufanda de plumas, “Seguro es por mi culpa” con una parodia buenísima en el video: “Massacre debería ser prohibido” y “Massacre se vendió”, “abrázame así, abrázame fuerte” decía en “Mi mami no lo hará” y la melodía característica del hit: su majestad “La reina de Marte”.

Wallas. foto: Federico BalestreroEn general el sonido fue muy bueno… sin grandes fisuras, sólo algunos acoples mínimos. Punk, punk y más punk pedía el heterogéneo público, y desde el escenario la banda respondía con auténtico punk rock.

Y se acercaba el final… primero con “Some day never comes” de Creedence, hasta que el huracán Ruíz Díaz se adueñaba de “Plan B: anhelo de satisfacción”. La poderosísima garganta de Fernando y sus amenazantes saltos tomaban por asalto el espectáculo y daban cuenta del único momento no protagónico de Walas. Es que de manera genuina había sido amo y señor de absolutamente todo. Y a pesar de que la banda supo desenvolverse musicalmente con mucha naturalidad, la figura de su líder opaca y opacará todo lo que se le acerque.

La última canción fue un delirio: “You really got me” de The Kinks, pero lo que llamó la atención fue que entre medio del tema se programó un sonido con ecos para emular un espacio psicodélico en el que Walas pudiera agradecer a los muchos que hicieron posible la utopía… muy cómico ¡estuvo bien!

De esta manera, Massacre dio el paso más importante del Mamut Power tour y el de toda su carrera, y piso fuerte. Con seguridad, Walas encarna un papel totalmente diferente al que la media de cantantes argentinos nos tiene acostumbrado: extrovertido, cara dura, sin vergüenza, de look skater y palabras dulces pero rockero como pocos. Teniendo en cuenta lo prometedor de la devastadora promoción previa y la experiencia de estos muchachos, no esperábamos menos del show de Massacre: una buena performance de rock & roll ¡felicidades!

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