Cuando había pasado media hora después de la medianoche del sábado, es decir cuando ya era domingo, Fito Páez concluía un magnífico show, recorriendo un repertorio muy bien elegido, en el que los temas de su nuevo disco Abre se habían integrado naturalmente a los clásicos suyos, que ya son parte de la memoria y el corazón de su público.

Luego de El amor después del amor en versión remozada, de Brillante sobre el mic, y de Ahí voy, arremetía solo con el piano con la interesante La despedida, y todo parecía estar hecho. Si el concierto terminaba ahí, ya se podía decir que había sido muy bueno. Pero hubo más, y cuánto: subió Gustavo Cerati, y juntos, Páez y Cerati versionaron Puente, uno de los buenos temas de Bocanada, el disco solista del ex conductor de Soda Stereo. Ver a esos dos grandes artistas sumando voces en una buena canción, parecía un anticipado regalo de Navidad. Y eso, que ya era excepcional, no fue todo, porque después la banda arremetió con Cerca de la revolución, mientras se sumaba Charly García. Obviamente, en ese instante estalló una ovación, y con el público de pie, Páez, García y Cerati dieron cuenta de ese formidable tema de Piano Bar, y luego, de Ciudad de pobres corazones. ¿Ese no fue, acaso, uno de los más grandes momentos de la historia del rock argentino? Tal vez sí. Así terminó el show del sábado de Fito Páez. Fue inolvidable. Tanto que el resto, que como ya se dijo, fue notable, queda reducido casi al tamaño de una anécdota.

El retorno de Páez a la escena, luego de tres años sin pisar un escenario porteño, ha sido realmente soberbio. Con la excusa de la presentación de un disco como Abre, que es Páez de cabo a rabo, en lo bueno y en lo no bueno, el rosarino parece haber tirado sobre la carne a la parrilla. Y puso lo mejor, lo más tiernito, lo más sabroso. Como ya es habitual en él, armó una banda compacta y disciplinada en el escenario, diseñó una puesta elegante e impactante a la vez, y un show de luces prolijísimo y con buen gusto, y se tomó el recaudo de que todo sonara de maravillas. El contenido que eligió fue un puñado de sus mejores temas, algunos muy lejanos y otros relativamente recientes -fue significativo que no escogiera ninguno del frustrado encuentro Sabina-Páez-, junto a las de Abre. Con esos ingredientes era poco menos que imposible que no saliese un show excelente.

Hubo momentos sin brillo, como la versión de Pétalo de sal que hizo Anita … con casi ninguna expresividad, o frases de Páez que, afiebradas de vanidad, merecerían ser editadas del corte final, como cuando habló de Aguas de mar, el tema que escribió pensando en Elvis Costello, y que, según dijo, no llegó a alcanzarle al mismísimo Costello para que le pusiera una letra “por esa cuestión de que los artistas nos cruzamos en los aviones y los aeropuertos…”

Pero el resto, que es casi todo, fue una maravilla: Al lado del camino y la eterna Yo vengo a ofrecer mi corazón, el extenso reggae La casa desaparecida que tiene destino de crónica de fin de siglo, y el medley de mitad del concierto, con Tus regalos deberían de llegar, Dale alegría a mi corazón, Cable a tierra y Tema de Piluso, la nueva versión de Un vestido y un amor hecha sobre Strawberry Fields Forever de Los Beatles, y el sprint final, que recordó el cierre de los memorables conciertos de El amor después del amor, cuando el rosarino era el más exitoso del momento y tocaba el cielo con las manos.

Quizá en el show de Páez todo esté demasiado programado. Todo luce en su lugar, como si hasta los desbordes estuvieran calculados. Eso es claramente bueno, por un lado, pero nada bueno por el otro, porque desde siempre los buenos conciertos de rock han tenido una dosis de riesgo para el artista y para el público, y aquí nada de eso parece haber. Pero cómo no poner en la primera línea que el espectáculo es notable. El resto es, en todo caso, un pequeño cúmulo de detalles.

Páez parece dispuesto a recuperar el puesto de figura central del rock local que llegó a tener en el comienzo de la década que ahora termina. Con discos como Abre y con shows como éste, quizá pueda conseguirlo. Y que lo del trío con García y Cerati, que armó el sábado, quede afuera de todo, solo apuntado en los libros de la buena memoria. Ese es el mejor lugar.

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