Un gran teatro como el ND Ateneo quedó chico no solo en butacas sino para las emociones de un gran artista, que entiende y comprende lo que es estar en constante ascenso a partir de lo sano que es la acción del sentir y el experimentar. Cuando la piel de gallina ya no puede extenderse más, las lágrimas de los sensibles se unen con las de los más rudos y las palmas parecen mudas hay que levantarse sin opción y aplaudir de pie. Así, comenzando por el final, se despidió Lisandro Aristimuño de la primera de las cuatro funciones en el teatro de la calle Paraguay, a sala completa. Si las casi dos horas de show fue merecidamente aplaudido entre tema y tema y durante cada uno de los que conformaron la tan bien seleccionada lista de canciones, no había forma que en el Ateneo no se termine parado, aunque espiritualmente todos sabíamos que a esa altura el telón se bajaba para dejarnos ir levitando.

Lisandro Aristimuño. foto: Barb Pistoia

Lisandro Aristimuño. foto: Barb Pistoia

Todo lo que rodea a la producción del show venía rogando puntualidad, dado que posterior a Lisandro el Ateneo continuaba con su agenda. Al margen de este detalle que no es menor en cuestiones objetivas o subjetivas, se puede decir que hasta en eso la cita del viernes fue perfecta. A las 21:10 horas comenzó a sonar Es todo lo que tengo y todo lo que hay” y en ese juego de extremos que son los opuestos y a la vez el mismo punto de partida como “todo-nada, amor-odio, luz-oscuridad”, es tan inmenso lo que viene ofreciendo a lo largo de su trayectoria, mas aun en las puestas en vivo, que a segundos de abrir el fuego de la presentación oficial del tan buen disco doble “Las crónicas del viento“, uno espera lo mejor de él y hasta casi egoístamente lo mejor de uno mismo, porque así como su característica es tan pura en la búsqueda de causas y efectos autóctonos, primitivos pero universales del ser, el recibir su obra también genera ese viaje de desintoxicación propia, que no solo toman vida al cantar junto a él sus canciones, sino que despiertan una carrera de hacerse cargo de lo poco dormidos que a veces están los sentidos y de lo definitivamente lejos que los ponemos a disposición de la sabia naturaleza. Lisandro es tan Lisandro que lleva a uno a ser muy uno. Comenzar a oírlo es un viaje de ida, interminable, profundo, intenso, porque es de los pocos, poquísimos artistas que consiguen ser mucho más que aquello que los titula. Sus discos pueden ser cuadros, pinturas, hay una sensación inquieta e indescriptible que emerge de su acción y permite comulgar con lo que hace con total connotación profana más que divina, o un poco y un poco. También por supuesto, podrían ser libros de poesías o cuentos, historias que oxigenan cualquier conversación de café perdido en la esquina de alguna ciudad, pero no de una gran ciudad, sino de una de las más escondidas del mapa, y la grandeza se halla ahí: en las palabras, en la ubicación que les da, en sus oraciones.

Claro, en vivo todo esto cobra otra magnitud, que ni en la hora cincuenta del show lo terminan de saciar a uno porque hay manías humanas que no se domestican ni en la más liberadora expresión del arte. “Yo se bien donde voy cuando prendo mi luz” canta desde su “Desprender del sur”, que en el disco está grabada en compañía de Fito Páez, y claro que sabe, de tal modo, que sonríe sin desafinar y sin quedarse sin aire sostiene su sonrisa para culminar la estrofa que redobla la apuesta: Yo se bien donde vas cuando prendes tu luz”. Y Aristimuño sonríe, y todos en la sala sonríen, y todos vuelven a creer en esa convicción y sacrificio que a veces se convierte “el creer”, porque hay sonrisa para cantarle al amor y al desamor, no necesariamente o no solo a lo surgido desde el vínculo de relaciones humanas, sino a las vivencias cotidianas que nos pasean sin fin por ambas extremidades, pero ya lo dijimos, Aristimuño sonríe para el público de frente, de arriba y los costados, para su banda que también lo hace porque sabe que está a la altura de las circunstancias potenciando un potencial que ya desde el vamos es enorme y salvaje, y también lo hace para sí, entonces el cantante se devuelve un poco lo que da con su propia sonrisa y sigue sin que nadie se haga ”cargo de su luz” porque él en el escenario del Ateneo puede hacerse cargo de la propia y de la de todos, como un muy buen anfitrión de utopías y rodillas raspadas, que alcanza sus sonidos para levantar y seguir. ¡Y seguimos! Y se baila, hay chistes y aplausos por todos lados en cada ratito que él se queda en silencio.

Lisandro Aristimuño. foto: Barb Pistoia

Lisandro Aristimuño. foto: Barb Pistoia

Es tan difícil describir lo que un momento puede significar, cuando no se está viviendo una noche más. No era el primer Ateneo de su vida, ni será el último, pero son esas noches de reencuentro en las que quedamos cara a cara con un aluvión buenos cambios, vientos de cambios. Para que se sientan parte de esta primera función podría pedirles que se imaginen dentro de un corazón, como órgano que es y con sus funciones vitales, algo que no puede parar de latir y bombea para un funcionamiento general, cada uno irá a su ritmo pero todos podemos contar su bombeo, entonces uno a uno van cayendo en ese latir y sin distinción de ningún tipo: Lisandro conmueve, erotiza, festeja, alegra, reflexiona, y un sin fin de “etc.” transmitiendo con su voz como si fuera la sangre en las venas. Un viejo graffiti reza que la mayor revolución es la de los abrazos. Seguramente faltaban los discos de nuestro artista patagónico para darle algún crédito antes de deslizar el aerosol, pero hay revancha y cuando toca el turno de repasar los discos anteriores, sale de su garganta “Cerrar los ojos” (incluido en “Ese asunto de la ventana) y en armonioso degradé va silenciando la banda, va bajando su voz y le regala a los presentes la posibilidad del grito sagrado: ¡qué viva la revolución!, y ya no hay dudas, por que si “cerrar los ojos es perder” es también dejar caer el agua salada que se acumula cobardemente en la pupila, y necesita ese apretón de párpados para salir a la luz. Entonces ese corazón también revoluciona y no hay sexualidad que se acobarde frente a ella, ni manuales de vocaciones que no permitan entregarse por completo a la causa.

[flash http://www.youtube.com/watch?v=-MEQUJ8GzVc]

La banda que lo acompaña entre sus viejos conocidos “Azules turquesas” más los músicos a los que se les da la bienvenida, despiertan aplausos y vibración por igual. Nos sabemos erroristas desde que somos paridos hasta el final de nuestras vidas y cuesta mucho entender lo feliz que debemos ser desde esa iniciativa, pero es una fortuna encontrar el camino y sin apoyarnos en muros poder ir y venir. Así entre los de siempre y los que se van sumando, todo es como en casa, alimentando el crecimiento del hogar pero respetando el sentido que los unió.

Recordando un poco los días del lanzamiento de “Las Crónicas…” el autor contaba que era un disco para cantar las historias que acumuló desde su infancia en su Río Negro natal, al haber nacido y vivido en la Patagonia tuve la dicha que el viento me cuente muchas cosas” , y más allá de las diferencias conceptuales que hay entre los capítulos que conforman “Las Crónicas del viento” hay algo notorio y fiel a su evolución, que tiene íntima relación con esto que decíamos de la sensación de estar en casa, y cada uno imaginando un decorado con el vuelo que la música deja al libre albedrío: “a la hora de componer las canciones siempre estoy en mi hogar y todas las maquetas que hice en la pre-producción de mis discos tienen ese espíritu.” A ese ritual de composición y desarrollo se le suman otras dichas en este doble parir. Si bien cuenta con la mano del sello “Los Años Luz”, que más allá de gustos son un buen guiño de calidad a la hora de seleccionar artistas como se ve en su cartelera, Lisandro abre a partir de aquí un tercer capítulo con “Las Crónicas…” que no es tan palpable pero es de suma importancia tanto para él como para nacimientos ajenos, porque “Viento Azul Discos” es su sello, que se encargó no solo de editar, sino de distribuir sus producciones, y cae sobre su espalda el buen augurio de ser un generador independiente del buen arte, viendo concretarse así un proyecto que tenía desde mucho tiempo. Tomando sus palabras extendemos “la dicha” de su origen sureño, para dedicarle un subrayado especial entonces a la concreción que hubo en “dicho y hecho” del creer, crecer y crear su propia sello, mas el plus de encontrar gente en el camino que haga propio ese espíritu y que en cualquier escena de la vida sepan fusionar con alma y pasión, para que todo funcione con alas en los oídos y en un aire que traslada las notas musicales, estilos, actitudes y aptitudes realmente vitales y de gran categoría, como para sacar pecho, que conforman a esta banda que bien lo respalda, mas toda la gente que se debe poner a transpirar una camiseta para que los proyectos no quemen etapas, evolucionen e induzcan a otros a seguir por ese camino de la acción.

Hablamos de sonrisas y de lágrimas, de humores y amores, de colores y sabores. De fondo de pantalla viviente las visuales son tan genuinas y familiares que desde una mímica suman poesía sin restar conexión ni propia inspiración al feedback que Lisandro Aristimuño con o sin conciencia no detiene en ningún momento. La generosa lista de temas que dejó tan bien vestido al Viento para hablar acerca de sí, permitió disfrutar mucho de lo pasado (aunque es cierto, ”mucho” a veces no alcanza, y esto de crecer hacer que se deba elegir con lo que cuesta hacerlo y conformar a todos, pero en buena hora, ese pasado no pisado tuvo un último suspiro a pura disposición de su recorrido y justo para oírlo decir “Muchas gracias de corazón, fue muy lindo cantar para ustedes” arrancar con la bellísima e incansable de respirar “La última prosa”.

[flash http://www.youtube.com/watch?v=Gjlv2NwLHqk]

El deseo tan natural como esencial: que no haya una última prosa, que cada vez queden más temas afuera de las listas porque sería un paralelo a su crecer como artista y como ser en vital retroalimentación, y aunque nadie es imprescindible según nos instalan desde muy chiquitos, a esta cultura nuestra de cada día cuanto mal le haría prescindir del salvajismo puro y patagónico de Lisandro Aristimuño, que sabe ser romántico, seductor, protestante, utópico, orgulloso y vulnerable… que pasa impune y suavemente por el fetichismo erótico de pedir “besar tus pies en el sillón”, para luego no temer declarar “hoy no te vi, no tengo fe, hacer carne la paranoia desamorada del “te llamo sin parary todo entre diferentes modos de sonreír y pasos de baile leves que acentúan los sentidos que correspondan. Regala sus ánimos de todos estilos, sin importar modas ni modismos, los hace tan humanos y legítimos que se da el lujo de levantar a todos al rescate sensorial con la clase magistral al alma hay que darle de comer un poco de azúcar del estero, un poco de risa y caramelos”… Y así la lista se vuelve muy extensa de cita sobre cita, y las palabras se van trabando a medida que se escriben porque lo que él hace tan simple, a otros cuesta hacerlo creíble. Pero aun hay dos funciones más para verlo en el ND Ateneo que ésta primera noche lo despidió de pie. Y sin quitarle protagonismo al disco que se está presentando oficialmente por estos días, lo más válido de festejar va a ser darnos cuenta que no todo está perdido, que Lisandro viene ofreciendo mucho más que su corazón y que ahora nos suma sus crónicas para refrescarnos y dejarnos que “el viento nos haga volar”.

Notas relacionadas: