Todas las notas sobre Moris

Lo mejor del 2011

Como todos los fines de año, presentamos nuestro balance: artistas, discos, canciones y hechos destacados del 2011, según la mirada de quienes hacemos Rock.com.ar. ¿No estás de acuerdo? Dejanos tu opinión!

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Birabent, padre e hijo

“Familia canción” se llama el disco conjunto que grabaron Mauricio y Antonio Birabent y que será presentado en Mar del Plata el 24 de julio.

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Las perlas

Litto Nebbia le rindió tributo a la década fundante del rock argentino y el resultado es impactante: 200 grandes temas de aquellos años, entre himnos y joyas desconocidas, con una convocatoria impresionante que va de los miembros de Los Gatos y Almendra a Fito Páez y Calamaro, pasando por grandes músicos independientes y de culto. Ahora, los 9 discos, el DVD y el cuaderno de grabaciones escrito por el mismo Nebbia llegan a las disquerías y kioscos.

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Reeditan discos de Soulé y Moris

Verdaderas perlas del rock nacional como los discos solistas de Ricardo Soulé “Vuelta a casa” (1976) y “Romances de Gesta” (1982) y “Fiebre de vivir” (1978) de Moris, fueron reeditados esta semana en formato de CD.

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“Todo tenía mucha polenta porque así vivíamos”

- ¿Desde cuándo existían Los Beatniks cuando hicieron el recital en el Altillo?

- Un año, más o menos.

- ¿Ese fue el primer recital formal?

- Creo que sí. Veníamos de tocar en Villa Gesell, donde yo tenía un boliche, una boite. En el 65 se llamaba Juan Sebastián Bar. Allí tocaba con Javier, habíamos hecho un dúo, se llamaba Javier y Moris, o Moris y Javier. Yo a él lo conocía de La Cueva, del invierno del 65. De aquí nos fuimos allá cuatro tipos a poner un boliche, y ahí hicimos en verdad el primer recital de todos, llamándonos ya Los Beatniks. Javier, yo, Rocky Rodríguez e Iván. Cantábamos algunas canciones de Los Beatles, algunas de los Rolling, y yo cantaba Rebelde, que después fue el simple de CBS, un par de canciones en castellano. Con Javier hacíamos dobletes, tripletes, nuestro conjunto no podía ser. Yo tenía una guitarra estereofónica que había inventado con dos amplificadores chiquitos, una pastilla para los agudos y otra para los graves. Hacía así los bajos y Javier tocaba la batería. Sí, hacíamos temas en castellano. Javier empezaba a hacer, cantar algunas cosas, coros.

- Desde el carnaval de 1965 en Rosario, ése había sido también el raye de Litto Nebbia y Los Gatos Salvajes.

- Claro. Y cuando terminó el verano, vino el desbande, llegamos acá, me encontré con Pajarito. Lo conocía de Palermo, hace 21 años que lo conozco. Nos juntamos y empezamos a componer. Fue se año que compuse El abuelito, así le dicen, es Escúchame entre el ruido. Ahí conocimos a dos tipos más, que eran músicos muy buenos: Alberto Fernández Martín, que tocaba batería, y que después se fue con The Sound & Company; y al bajista Pérez Estévez. También al organista Kerestezachi, a Jorge Navarro… En La Cueva tocaba Susana Juri, un personaje todo de negro, todas las noches fascinados por ella. Pero de a poco la gente de jazz se fue borrando de La Cueva, salvo el gordo Cáceres, que era muy cirquero, muy quilombero, y era amigo de Pérez Estévez. Alentaba, nos daba fuerza, el único tipo que hacía eso. Había cosas raras. Kerestezachi tocaba de modo impresionante. Había un alemancito que cantaba tangos, y Manzi tocaba el piano. Y después tocaban Las Sombras, que eran Ricardito Lew en guitarra, y Carlitos Carnaza, que después -el gordo- fue el bajista de Alma y Vida. A La Cueva venía Sandro. Algunas noches tocaban Litto Nebbia y Ciro Fogliatta, Moro y Kay… Alfredito todavía nos e había uhnido a ellos para formar Los Gatos. Ahí se formaron muchas cosas. Tanguito venía todas las noches…

-Lo que a mí me impresionó mucho en el Altillo fue la entrega de Los Beatniks, se desafinaba, había barandas terribles, pero dejaban la vida en cada cosa, en toda la música. Un tipo de experiencia que yo no conocía, muchos menos en los músicos profesionales.

-Lo que pasa es que nosotros vivíamos en una pensión a unas diez cuadras de allí. ¿Viste que hacíamos un sketch al principio? Vivíamos juntos con el Gordo Martínez, Pajarito, el bajista… y un poco era nuestra vida, juntar un poco de guita, pichulear, moverse… Pienso que todo tenía mucha polenta porque así vivíamos, creyendo en todo eso, en las canciones contra la represión, la agresión, la bomba atómica. Fijate que los dos músicos que habían entrado, que eran profesionales, al mes ya no querían ser más profesionales, ya no se querían sacar la ropa negra que usábamos… Me acuerdo que Gustavo Kerestezachi estaba completamente deprimido, triste, porque no queríamos que el grupo tuviese más de cuatro, los que usaban la ropa, y él quería ser parte de eso, le gustaba el asunto, la historia de andar en la aventura. Así que los tipos estaban entusiasmados con ese nuevo sistema de delirio, decir cosas, no sé. Teníamos una canción que hablaba de Gardel, era un rock pero como canción melódica, la letra la había hecho Pipo Lernoud: hablaba de la ciudad, que estaba solitario y que se yo, y yo había preparado un sketch que decía el baterista, todo muy armadito, nada improvisado. No me acuerdo qué decía, pero en un momento decía: “y no nos olvidemos que la sonrisa que nos hizo famosos en el mundo entero, la sonrisa de Gardel…”, y que se yo… “Argentina”. No me acuerdo cómo reaccionaba el público, serían 25 tipos, 30. Era raro, después de diez años uno se da cuenta de qué era. Terminábamos, el Gordo hacía la repartija de la plata.

- ¿A Pipo Lernoud de dónde lo conocías?

- No me acuerdo. Creo que lo conocí en La Cueva. El escribía, estaba copado con Bob Dylan, con las letras, con Kerouac, con todo, Allen Grinsberg. Escribía todo el día.

(…)

- Cuando salió el simple de Los Beatniks en CBS, ya no funcionaba como conjunto.

- Cuando salió, ya estábamos a punto de separarnos, yo no quería seguir. Era un problema, en un conjunto había que consultarlo todo. Las letras, la forma de vestirse, las actitudes que se tomaban. Y aparte había un problema con Pajarito, yo lo defendía, los otros dos querían echarlo porque no tocaba bien la guitarra, tocaba medio mal. Yo decía que el Pájaro tocaba mal pero tenía mucho carisma sobre el escenario, mucho ángel, blablabla… Había siempre quilombos. Y al final dije: “Yo me voy a tocar solo”. Así un día decidimos separanos. Arranqué solo.

(Conversación entre Miguel Grinberg y Moris, publicada 1977 en el libro Cómo vino la mano escrito por el primero)

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Moris x Moris

“Te engañaron, ya lo sabés, y si no lo sabés también”.

Moris en Agarrate!!!

Moris en Agarrate!!!

Durante dos o tres años no hice más que escuchar música e ir con mucho desagrado a un industrial. Mi futuro era ser un gran técnico para contribuir al progreso. Por suerte falté tanto que me echaron. Me sentí libre para vivir y vagar. Tendría 17 ó 18 años: estaba en la aventura, en el peligro, la gente “rara”, los bares del centro, las madrugadas, la “maffia”, la vida bohemia. A veces, a las perdidas, me detenía a escuchar a algún viejo pianista o saxofonista de los piringundines de 25 de Mayo mientras les sacaba cigarrillos importados a los maringotes. Eran músicos gastados, melancólicamente sonrientes, que tocaban como quien resopla cuando hace calor.

Ese verano salimos con Javier para Villa Gesell. El llevaba una batería con dos bombos, yo una guitarra estereofónica y hacíamos un dúo extraordinario. Tocábamos jazz, blues, bossa, temas de los Rollings, de los Beatles y 4 ó 5 canciones que ya había compuesto para esa época. Y después de What I’d say? de Ray Charles o de La sombra de tu sonrisa de Astrud Gilberto, yo cantaba El soldado: “Será la última guerra / vendrá la paz / es un engaño absurdo / para matar / soldado ya regresa / ven y no luches más / no ves que en dos mil años / no ha habido paz”. Entretanto, los parroquianos de la boite, quemaditos y sofisticados, jugaban al sexo o al aburrimiento compartido. Pero igual: nosotros hacíamos lo que queríamos y después nos íbamos al mar a pensar en las absurdas contradicciones de la vida. Sería como 1965.

En La Cueva, lugar reventado y divino, sótano donde naufragában anónimos integrantes de la insatisfacción y la búsqueda de nuevas cosas, a veces excitaciones, pasé otros 2 ó 3 años. En mi libreta anotaba: “Niego a todos los maestros del mundo. Un gato está más cerca de la realidad que el Himno Nacional. Ford no puede fabricar una mandarina. Proartel habla de Dios y lo deja al final para darle un toque bueno a su negocio. Soy un Dios con una venda en los ojos”. Mezclado con esta vida estaba el rock, las noches, las amigas que prestaban 100 pesos, la policía despreciativa, la luna, las guitarras españolas en la vereda, la cocacola con hielo, los amigos, el pasto húmedo de las plazas. El aburrimiento y la alegría.

Una gran aventura, larga, profunda, total.

Policía, camiones (en esa época los que tenían el pelo largo no eran “hippies” ni “muchachos locos” sino “putos”), divagaciones por las calles, cantar. Un día fuimos unos cuantos a la 43 a buscar a Javier, Actemín, Litto y otros. Entramos con Tango, etc. y cantamos a pedido del oficial. Fue extraordinario cantar un tema de los Beatles y uno mío y que los presos lo escucharan, como nos dijeron después.

Mis últimas canciones hablan de sueños infernales que tuve y donde vi la destrucción del mundo. Hablan de la libertad, de los hippies, del mundo y de las madrugadas. No sé bien para dónde voy, ni siquiera sé qué voy a sentir mañana. Creo que será lo que siento siempre, pero también algo diferente, una emoción diferente. A lo mejor escriba un libro con todo lo que viví durante estos últimos diez años. A lo mejor sigo trepando escenarios con mi guitarra eléctrica y haciendo todo lo que quiero: que es estar enamorado de mis canciones y transmitir un pedazo de mí. El resto -la música y las letras- no se puede escribir aquí. Hay que escucharlo en carne propia. Bueno, chau. (Moris)

(NOTA: Proartel era la empresa productora de contenidos televisivos que conducía Canal 13 a fines de los años 60; en ese tiempo, todas las noches, antes de cerrar su transmisión, el canal ponía en su pantalla a un cura daba un mensaje religioso)

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