
En la Argentina (probablemente en todo el mundo), los intelectuales perdieron el tren. Todos quedan girando en larguísimas discusiones que desembocan en la frustración. El intelectual porteño es el animal más inútil del universo. Se muere en un café, resolviendo complicadas abstracciones, vestido de cadáver, mientras a su lado pasa la vida, en colores y cinemascope. Camarillas, elites, grupos que dicen “luchar por la cultura popular”. Mediocridad, estupidez, aburrimiento, sadismo imaginario, absoluta falta de creación. Desde el surrealismo, en el mundo no pasa nada capaz de conmover realmente a esos bichos anteojudos. Se embarcan en extrañas retóricas populacheras, se atan a esquemas, no exigen nada, no se les pide nada, no se les teme. Publicar un libro de poemitas sobre las madres proletarias, mil lectores, los mismos que compran las revistas literarias de moda. Y entonces reunirse, hablar de Sartre, una exposición de imitadores, marxismo de entrecasa, psicoanálisis para curarse del hastío.
Henry Miller dijo de los poetas: “Debe ser la suya una voz capaz de ahogar el trueno de una bomba”. Por supuesto, los poetitos de la calle Corrientes prefieren la cultura “valiente y popular” de sus mil lectores. Afuera de ese olor a podrido, Los Beatles tapan el rugido de la bomba con canciones furiosas y ropas de colores. Inauguran una juventud que se tira a dormir en la calle y hace el amor en las plazas. Hasta la Reina se queda en la horma. Bob Dylan levanta a toda una generación. Todo hierve. Hay mucho comercio detrás, está bien, lo sabemos, pero ¿y? El cambio se da, no importa el esquema teórico con que intentemos liquidarlo. Los Beatles critican la guerra de Vietnam, apoyan el laborismo, dicen que Jesús está pasado. Y su voz es inmensa, llega a todos los rincones, los murmullos de los literatos se sobaco no se oyen.
Hace falta el estruendo. Señores, no se mueran.
(Manifiesto escrito por Pipo Lernoud que su autor hizo circular por el Bar Moderno hacia 1966)
Deja un comentario.