El Mató un Policía Motorizado se presentó en Tandil y 250 personas se incineraron con el fuego sagrado de los cuatro jinetes de un Apocalipsis encantador.

El Mató a un Policía Motorizado

El Mató a un Policía Motorizado

En medio de una bola de humo cuatro cuerpos se sacuden como si estuvieran sufriendo las consecuencias de un terremoto de mediana intensidad. El epicentro se registra en un espacio para recitales oscuro, de medianas dimensiones y que cada tanto se alquila para realizaciones puntuales, pero cuyas puertas permanecen cerradas la mayor parte del tiempo. La intermitencia de las luces rojas, el sonido atormentado de las guitarras, el estruendo recurrente de la batería y el abatido suspiro amplificado que anuncia el inminente fin del mundo ayudan a recrear una escena digna de una película de cine catástrofe.

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En realidad no se trata de un cataclismo, sino un muy disfrutable concierto. Los cuatro cuerpos son los de Santiago Barrionuevo (bajo y voz), Manuel, el Niño Elefante (guitarras) y la doctora Muerte (batería). Y el terremoto no es más un reflejo de las palpitaciones generadas por las melodías distorsionadas que inundan el ambiente.

El Mató a un Policía Motorizado

El Mató a un Policía Motorizado

En la noche del sábado pasado algo más de doscientas personas fueron testigos de la dramática interpretación que hizo El Mató un Policía Motorizado en Tandil. Y en su debut en la ciudad serrana la banda platense desarrolló una lista breve y contundente con doce hits de la era en que la música se escucha por los parlantes de una computadora.

Antes de su presentación habían pasado tres bandas locales que promediaron buenos momentos: el cuarteto clásico The Caporals abrió la noche con una atinadísima selección de covers de The Kinks, The Who y la Velvet Underground; Los Secuaces de Ramón Gorila, a esta altura unos veteranos de los escenarios tandilenses, ofrecieron algunas canciones simples y de vuelo rasante; y los cuatro integrantes de Toboganes a Marte hicieron una presentación impecable de las explosivas canciones sensibles de su elogiable disco debut. Y en medio de los conciertos hubo algunas proyecciones, artistas dibujando en vivo y una musicalización muy bien condimentada, elementos que colaboraron con la comodidad de los espectadores.

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El concierto de El Mató arrancó con el primer tema de la trilogía que le dibujó una sonrisa soslayada al rock under argentino de la primer década del 2000. El bajo hipnótico de la intro de “Navidad de los santos” atrajo al público como un cebo, para que luego las guitarras empezaran a electrocutar los oídos. La celebración apocalíptica continuó con “El héroe de la navidad”, un tema en el que la batería parece seguir el ritmo cardíaco de un corazón emocionado. El delicado arpegio de “Chica rutera” hizo que unos veinte entusiastas empiecen a bailar en un poguito cariñoso; pero durante la canción las guitarras lanzaron unos picos sónicos que parecieron dañar los cimientos y las columnas de la sala.

El Mató a un Policía Motorizado

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“Ahora vamos a tocar una canción de nuestro último disco” anunció Santiago Barrionuevo. Y le dio paso a “El día del huracán”, un momento de imborrable belleza para los oídos y que terminó siendo uno de los mejores segmentos de la noche. El siguiente tema fue el primer clásico de la banda, aquel adrenalítico “Sábado” en el que se describe la angustia de saber que “no” será la respuesta para cualquier invitación que se haga a nuestro objeto de deseo. La sensación de nostalgia adolescente se mantuvo con las tenues melodías de “Vienen bajando”, cuya letra nos retrotrae a la languidez posterior a los “festejos de primavera”.

Para cuando empezó la segunda mitad del concierto los músicos de El Mató hacía rato que mantenían una comunión perfecta con su público. Las composiciones elegidas para esa parte del recital sonaron una mejor que otra: la emoción frágil de “Amigo piedra” se engarzó con el clima temeroso de “El último sereno”; el amanecer esperanzador de “Rey del terror” incendió de romanticismo anárquico la sala, y el hitazo “Mi próximo movimiento” trasladó la acción al techo de su casa, donde el cantante espera los acontecimientos más terribles abrazado a un rifle, en una de imagen de contundencia cinematográfica.

Lamentablemente, luego de eso Barrionuevo adelantó que las próximas canciones serían las últimas de la noche. El comentario desconcertó un poco al público pero los aires épicos de “Guitarra comunista”, la canción de amor que el cantante le dedicó al instrumento de su novia (Mora, de los 107 Faunos) anegaron de gloria los corazones sensibles presentes. La canción que cerró el concierto, brillante e intenso por donde se lo mire, fue la que clausura su disco debut, “Prenderte fuego”. Con ese instante se terminó la combustión de un público perturbado y asombrado por las guitarras del Niño Elefante, que parecían retorcerse por el calor. Como los músicos de El Mató “no hacen bis ni caca”, cuando se bajaron del escenario se terminó el recital. Y punto final.

En su primera presentación en Tandil El Mató provocó una altísima satisfacción en su público. Y para los músicos debe haber sido muy grato constatar que a pesar de las variaciones geográficas sus canciones tienen la magia de poder trasladar a los oyentes a un mismo lugar. Un espacio donde las conmociones más profundas llegan desde un corazón simple, cándido y sincero. Un espacio que todavía parece puro e impoluto.

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