Hacia fin del año 1970, Almendra terminó como conjunto; allegados oficiosos a Manal aseguran que, tras haber cambiado de sello grabador, es probable que tampoco dure mucho tiempo unido. El gran movimiento en general parece haberse aplacado, de una temporada a la otra, con la misma fuerza con que tres años atrás se impuso rabiosa y desenfrenadamente. Como todas las manifestaciones artísticas, la música juvenil tampoco puede dejar de tener su propia crisis: nació, creció, sobrevive aún en un medio dominado por las modas de consumo, las técnicas promocionales, los intereses comerciales. Es ésta una época que se caracteriza por lo efímero de sus expresiones, donde lo artístico a menudo sólo sirve como especulación.

Un poema de Alejandro Vignati, de Los Juglares del Tiempo Nuevo, apuntaba que “la cuenta regresiva de la destrucción avanza en progresión geométrica”. Más concretamente, hacia fines de 1970 ya nadie duda que las acciones de la música joven han perdido considerable puntaje en la Argentina. La saturación del mercado con híbridos productos (fallados de fábrica y mal terminados), el abuso de temas perecederos y la mala inversión de los frutos recogidos son las hipótesis más barajadas. Hay también un par de motivos que se suelen omitir: el desligamiento real por parte de los músicos de cuanto ocurre a su alrededor, más allá de una melena, un encordado o una muchacha bien querida; el total desentendimiento frente a males que ellos contribuyen a fortalecer pese a que los perjudican directamente.

Según el grado de desprejuicio con que se enfoque la situación es y no es raro que esto ocurra: por un lado existe una saludable cuestión de juventud; por el otro, pesa una idiosincracia bastante poco valiente: la nuestra. Esa cualidad impide una entrega total, no condicionada a los juegos -las trampas- del negocio del espectáculo aún cuando se conozcan las consecuencias de conceder.

Vicios y virtudes son comunes a todos los conjuntos en mayor o menor grado. La escala -desde el más entregado hasta el más independiente- se completa sin dejar blancos. Hay uno para cada necesidad. Quizá por eso hoy causa tanta tristeza el hecho de que dos agrupaciones ubicadas en el cruce de calidad y difusión hablen de poner fin a sus actividades. De alguna manera, Almendra y Manal son irrepetibles. Los más exaltados tienen motivos para rasgarse las vestiduras. Los capaces de tomar distancia y entender -entender a la fuerza- con la misma apertura exigida a los músicos, advierten que no es para tanto: no se trata del fin o de la destrucción de dos grupos sino de un replanteo de la experiencia, etapa necesaria en todo proceso de crecimiento. Además, ninguno de sus integrantes -sigan juntos o bajo otras formaciones- ha renunciado a la música.

(Texto sin firma en el libro, posiblemente escrito por Juan Carlos Kreimer)

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