
Cualquiera se anima a personificar una pose reventadita, aunque son pocos los que llegan a tener cierta consistencia en el discurso y evitar la "pomeleada". Declararse en estado de amor perpetuo e incondicional por el rock garagero de antaño puede ser una salida fácil, pero renovar el vestuario de las viejas estructuras con melodías pegadizas y sonido actual requiere cierto talento. Gritarle a los cuatro vientos que el entorno es reduccionista y que para ser feliz hay que caminar hacia el horizonte es una frase hecha, pero cantada en un convincente inglés suena distinto.
Astroboy nos recuerda que el buen rock puede surgir de cualquier lado, incluso de una ciudad con escena pequeña (aunque efervescente) y más predispuesta a los tambores que a la distorsión aplicada. Y si bien estos músicos van seguido al garage eso no quiere decir taller mecánico; en "Bug for the city" no hay manchas de grasa y aceite, sino más bien líquidos para resaltar los cromados del paragolpes y el negro de los neumáticos. Y en las paredes nada de minas en bolas: están cubiertas con afiches de los grandes héroes del glam de los ´70.
¿Qué necesidad habrá tenido el cantante de los Ratones para exponerse a presentar un disco solista? Más allá de cumplir el capricho de grabar un par de temas compuestos junto a su hijo Daland, en su segundo capítulo como solista Juanse despacha unos rockitos que no hubiesen desencajado en un disco apresurado de los Paranoicos. Y obvio que no le vamos a pedir un tratado sobre metafísica o la elaboración de canciones complicadas al Ratón mayor: la "Energía Divina" de la que nos habla este bossstero es el viento cálido del desierto, la luz de la luna llena y, claro, las chicas que van y vienen.
Más allá de que no haya nuevo bajo la luna, no se puede dejar de reconocer que ese rock de imágenes adolescentes y tóxicas le calza muy elegante a Gutiérrez. La foto de tapa (mitad Ku Klux Klan, mitad mutante y con tipografías árabes) confunde tanto como divierte. Pero lo que queda claro es que un pedo de Juanse tiene más groove que la mitad de los discos de esas bandas de rock and roll que se abrazan a la estética stone aunque nunca se tomaron la molestia de leer (¡herejía!!) una letra firmada por Jagger Richards.
La música de Ciudavitecos refleja un estado de lucha social permanente. En este conglomerado musical del conurbano bonaerense vemos la ebullición de frases incendiarias, ritmos dinámicos y un profundo trabajo de producción atravesando los barrios latinos de géneros como el reggae, el ska, el hip hop y un reggaetón argentino y conciente. En "La Inspiranza", la mano de Goy Ogalde (Karamelo Santo) en los controles de la consola aportó limpieza y profundidad para que el sonido urbano de los Ciudavitecos roce lo futurista. El humo dulce que sale de "Apaga la luz" y "Superpinito" es el mismo que el de "El mañanero" y con esos tres himnos ya justifican ser reporteados en la revista THC. Por si fuera poco en "Mercado Central" profetizaron el aumento del tomate (¿?) y la necesidad de hacer las compras en ese lugar sagrado para vegetarianos.
Es imposible determinar si todo es como dicen sus testimoniales canciones, pero si la mirada de Ciudavitecos está acertada usted y yo estamos viviendo en un país gobernado por ratas y nuestros vicios son poco más que una anestesia para soportar la falta de solidaridad de nuestros vecinos más cercanos.
Una placa muy sólida de sonido moderno y potente parida por una banda que posiblemente marque el rumbo de la música argentina en apenas un par de años (o discos). El impetuoso debut de este power trío nos permite ver a una propuesta atrevida, elegante y pulsional. Acá hay equilibrio, contundencia y cierta estética ultraurbana donde las voces son tan claras que se entiende la totalidad de las letras, creando un mensaje directo y sin posibilidad de ambivalencia.
Cuando se exprime el disco de Simón aparece una banda no muy adelantada, pero sin dudas futurista. Hay psicodelia, aunque no es desprolija y mucho menos irregular; es más, se puede decir que es una placa de vuelo veloz pero rasante, casi terrestre donde la pulcritud es la única constante. La propuesta de Simón nutre de buen gusto y una fuerza singular a la cartelera de propuestas porteñas. Estas canciones se permiten brillar desde una oscuridad aterciopelada capaz de hipnotizar.
El décimo disco de Attaque 77 corrobora que la experiencia de estos cuarentones garantiza la firmeza sonora sin que ello implique la aparición de óxido. La producción quedó en manos de Mariano Martinez y es evidente un decisivo cuidado para las guitarras, que cuentan con una buena cantidad de destacables solos. Las letras hablan de sentimientos y enfado, pero no exponen complejidades argumentativas ni rumbo poético que supere el léxico promedio de los chicos del secundario. Lo mejor del álbum parecerían ser los arreglos y la voluntad desprejuiciada de unos músicos que no se atan a nada y no se guardan mucho. Y, como en la mayoría de los trabajos de la segunda mitad de su carrera, incluyeron más de quince temas.
"Karmagedon" parece ser el grito de protesta de una clase media que no tiene tantos motivos para quejarse. A los miembros más duros de su público les va a parecer un disco de transición, sin tanta presencia quilombera. A las fans difícilmente las defraude. Los que conocen el grupo por los temas de la radio tienen un par de hits seguros. Y los que sólo quieren escuchar música en la compu se pueden hacer un compilado de cinco o siete grandes canciones.
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35 "Electroplano" Jaime Torres
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Las ansías de libertad de un artista con una trayectoria apabullante estremece a los escuchas desde una placa donde se anima a impulsar el vuelo de su charango sobre paisajes electrónicos y teclados sampleados. En un género donde la innovación se condena con penas que van de dos a tres años de ostracismo festivalero, quién ya había colaborado con Divididos y Bersuit le da la mano a un sonido que hasta para los rockeros es digno de la desconfianza artística.
Alejandro Seoane tuvo el honor de agregarle cadencia electrónica a unas melodías tradicionales y otras compuestas por el mismo Torres. Y en el reproductor dialogan dos identidades. Durante una noche de verano se miran a los ojos, comparten un vino espumante y se cuentan historias y anécdotas personales que hasta el momento no conocían. Un pequeño disco para dos hombres, un gran parto para un género inédito. Ah... Jaime tiene apenas setenta años.
Hay que tener coraje para aportar de un tirón ciento treinta minutos nuevos a la discografía propia, pero Los Cafres tienen una base tan sólida que pueden hacerlo sin semejar mucho esfuerzo. Con este disco doble remontaron un vacío de tres años sin composiciones nuevas y comprueban que no les quedó grande la intención de incursionar en un disco doble.
Se trata de su sexto disco en estudio a lo largo de dos décadas de carrera y en él percibimos refrescantes odas al amor, algunos reflejos musicales ante las injusticias sociales, una sonoridad equilibrada y un compás adictivo. Son músicos que le han entregado su vida a la música y la recompensa por tanta persistencia está en ese reconocimiento público que los ubica como la banda de reggae número uno de Argentina. Oír este disco con los ojos cerrados es como despertarse en la playa, ver el sol radiante, escuchar a nuestros amigos divirtiéndose en el mar y recibir las miradas más simpáticas de las chicas en bikini.
El eterno niño prodigio expone su capacidad de escribir canciones sumamente elegantes y para nada estructuradas. Pocos hombres serían capaces de hacer bailar a las chicas con algo tan simpático y refinado, pero Emmanuel es uno de esos artistas que le podría vender un auto usado a cualquier mujer. Las influencias del exitoso Mika pueden parecer sospechosas, pero ¿acaso Emmanuel alguna vez dejó de ser un hombrecito provocativo, algo salvaje y en sumisión religiosa hacia el pop?
En el año que todos querían que se junten los Kuriakis, Horvilleur da un paso adelante en su carrera y justifica la persistencia del camino solista. Cuando él entra en la disco se prenden las luces robóticas, la máquina de humo regala una nube que nos pone algo locos y la bola de espejos nos anuncia que las chicas más lindas se ponen el perfume que más nos gusta: Funk + soul + disco / pop romántico autobiográfico = "Mordisco".
Este adelanto del primer trabajo que ofrece el artista en cuatro años es una producción muy digna del señor Say No More. Con respecto a esa mezcla de capas de sonidos que definió los trabajos del músico en la segunda mitad de la década pasada, acá se usó un tamiz con filtros más pequeños como para no dejar pasar elementos innecesarios. De hecho todo "Kill Gil" suena bastante limpio en comparación con su pasado reciente. Y si hay muchas canciones raras que no acatan formalismos, parecería ser ésta la única manera de fluir que tienen las melodías inventadas por el músico.
"Kill Gil" es la entrada a un universo muy propio donde las condiciones las da un músico que suena joven y capaz de investigar en sus profundidades a los cincuenta y seis años. Incluso parecería mucho más experimental que gran parte de las nuevas generaciones. Con sólo una cucharada de talento diluida en tantas canciones es capaz de marcar una distancia considerable a otros artistas y es innegable que suena más avanzado y preocupado por la melodía que en aquel caótico disco publicado hace diez años titulado "Say no More". El concepto constante nos ofrece un plato complicado donde está presente el toque maestro, pero no estamos hablando de su mejor receta.
Se podría decir que tenemos ante nuestros ojos una propuesta artística orientada a establecer una estética retrofuturista (muy anclada en los ´80) con una cadencia rítmica muy bailable y melodías simples. En esa lógica Pánico Ramírez suena moderno, pistero y básicamente pop. Y parecería que los músicos se preocuparon más por ganar contundencia y tratar de simplificar, y no por arriesgar intentando hacer algo muy innovador.
Las letras están bien cerradas y proponen mensajes coherentes de una punta a la otra del disco. Las composiciones tienen cuerpo y suenan gancheras. En definitiva parece un disco compuesto a base de energizantes y con la idea de que sirva de plataforma de despegue hacia el estado de weekend. Hay un potencial interesante, pero es evidente la inclusión de relleno innecesario. Y eso decepciona un poco. Como descubrir después de un franeleo entusiasta que la chica tenía sus corpiños rellenos de siliconas. Bueno... lo importante es que hubo acción. Punto.