A Nito Mestre (Carlos Alberto Mestre, nacido en Buenos Aires el 3 de agosto de 1952), el amor por la música le viene de cuna. No solo porque su mamá se llama Tecla. Su padre era un eximio violinista que abandonó el ejercicio profesional de ese instrumento para dedicarse a la medicina. Nito, a la inversa de su papá, dejó de lado sus estudios de la ciencia de curar después de cuatro años en la facultad, para volcarse por entero a la práctica de la música. Lo hermoso de este trueque es que el fenómeno no se produjo por capricho o por discrepancia generacional, sino que obedeció a una lógica amasada por el tiempo y por el destino.
La música escuchada en su hogar, en la ejecución de su padre, fue la que impulsó a Nito a integrar el coro folklórico de su escuela primaria. A los 12 años, cuando estaba terminando el colegio, conoció a Los Beatles, y desde entonces su gusto se inclinó hacia el rock. Como estaba cambiando la voz, se inscribió en un curso de impostación y comenzó a estudiar la ejecución de algunos instrumentos. Así tomó contacto con la guitarra y con la flauta traversa. Ya en el secundario -el instituto cívico militar Dámaso Centeno- formó su primer conjunto, al que bautizó con un nombre hondamente sugestivo: "La indignación del siglo".
Cuando cursaba el tercer año, se encontró con Charly García, quien comandaba el grupo "To Walk Spanish". Al año siguiente, Charly y Nito se hicieron compañeros de división y amigos, y casi lógicamente también comenzaron a tocar juntos. Fue cuando se hizo evidente que Charly poseía mejores instrumentistas en su banda y que el fuerte de Nito eran las voces. Así fusionaron sus proyectos, así nació Sui Generis.
Por entonces, su padre enfermó del corazón, y una vez, trepando seis pisos para atender de urgencia a un enfermo, sufrió un ataque del que no pudo recuperarse, y murió. Ese hecho habría de dejar a Nito marcado para siempre y lo volvería a recorar una y otra vez cuando, en conversaciones con sus compañeros de estudio en la facultad, comprobaba que a ninguno de ellos le interesaba hablar de arte ni sobre otras actividades relacionadas con la sensibiidad que fueran ajenas a lo que exigían los programas de estudio. "Era un medio mortificante que me avergonzaba como ser humano -confesaría Nito años después-. No podía entender cómo muchachos universitarios de sólida inteligencia podían vivir ajenos a las expresiones del espíritu tanto literarias como plásticas o musicales". Ese mundo nada tenía que ver con el que su padre, médico de alma y también músico apasionado, le había enseñado a amar. Así fue como un día, mientras hacía la cola para inscribirse en una materia, volvió a escuchar aquellas extrañas voces que lo rodeaban y que eran totalmente ajenas a lo que deseaba vivir. Y no lo soportó más, abandonó la fila y no regresó más a la facultad.
A partir de ese momento, se dedicó con exclusividad a la música. A Sui Generis.
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- Charly García