A esta altura se pueden distinguir tres grupos de dinámica similar, a pesar de provenir de distintas corrientes: los intelectuales (poetas y escritores), los músicos (y náufragos varios) y los artistas plásticos. Todos van a confluir en el Instituto Di Tella, pero por ahora se entrecruzan en los cafés intelectuales del centro (los “estaños” de la calle Corrientes -así llamados por sus mostradores de estaño- y los cercanos a las facultades). Toda esta tradición de bares estaba ya implícita en el bohemia porteña, que se acentuó con las revistas literarias de principios de década el teatro independiente, el “nuevo cine argentino” del ’61, y grupos de poesía como “Poesía de Buenos Aires”.

Cuenta Miguel Grinberg, “Aunque los lugares cambiaban constantemente, la costumbre de los estaños era propia del viejo Buenos Aires. De pronto uno se sentaba en un bar y podía hablar con Aldo Pellegrini, Raúl González Tuñón o Enrique Molina. Eran sitios de reunión y encuentro, donde uno caía y tan sólo debía integrarse. Los escritores prefería “La Comedia” (Maipú y Paraguay), y los estudiantes de Filosofía el “Coto Grande” (Viamonte al 500). Otros lugares eran “La Paz”, haciendo diagonal con el “Ramos”, y también el “Gardelito”. Y si bien los músicos no caían mucho por ese circuito, la dinámica giraba por ahí. Quizás Javier Martínez paraba en el Moderno…”

-Javier, ¿los únicos que paraban en los bares eran Moris y vos?

-”No, todos curtían bares: Pajarito, Pipo, Moris… Por Ejemplo, fuimos al Moderno a buscar contacto con el mundo de la pintura y la literatura… y a buscar mujeres. Terminó todo muy positivo; hicimos contactos, grandes amistades, y encontramos mujeres. Por esa iniciativa nuestra fue que luego tocamos Manal y Almendra en el Di Tella. La idea fue interdisciplinaria; a ustedes les hace falta rock’n'roll y a nosotros cultura… además de haber unas minas bárbaras. Ellos terminaron entendiendo el rock y para las fiestas nos contrataban siempre”.

A diferencia de Miguel, Antonio Dal Masetto nos contó que los intelectuales no frecuentaban muchos bares porque la gente se reunía mucho en las casas… “Era muy común ir a los bares nada más que para ver adónde se reunían todos”.

Esa era otra dinámica que aglutinaba a los tres grupos: las casas. Había casa comunitarias, ya que se alquilaba una gran casona y se repartían las piezas compartiendo los gastos entre todos. Así se entrelazaban fortuitamente músicos con plásticos e intelectuales. Antonio recuerda haber estado viviendo con Javier en una casa cerca de La Boca, y se entusiasma al describir el sistema de gastos en una casa en San Juan y Bolívar: “Habían inventado una forma en que podías vivir sin tener plata, o al menos hasta que cobraras algo. En la cocina había un tablero donde cada uno tenía dos columnas verticales para anotar lo que gastaba y lo que comía. Podías comprar comida, comer un poco y dejar los que sobraba; o si no, podías simplemente comer, incluso invitando gente. A fin de mes se sumaba lo que gastaste en comida y la cantidad de comidas que consumiste. Se repartía el gasto y si no tenías plata quedabas debiendo un monto que devolvías comprando de más apenas por días. Un sistema perfecto”.

En el colegio Central Buenos Aires (hoy Nacional Buenos Aires), Pedro Pujó y Javier Arroyuelo tenían una revista que se llamaba “Nuestra generación”, donde también colaboraban otros alumnos y gente del Carlos Pellegrini. En el número cero, había una nota a un editor llamado Jorge Alvarez (quien más tarde -a la sazón- resultaría socio de Pedro, Javier y Rafael López Sánchez en el sello Mandioca).