Le fabuleux destin d’Walter Ruiz

El artista Walter Ruiz dejó su Buenos Aires querido y partió a Francia, con algo más que intenciones de aventura. Desde lo que solemos llamar “uso de razón” la cultura francesa lo atrapó, y aún en sus dos décadas “y chirolas” en nuestro país, el suyo, supo marcar la diferencia con su estilo y forma de vida desde la zona de San Martín a donde a usted se le ocurra del mapa nacional. Tras mucho andar y juntar su sueño peso por peso, se le cumplió la leyenda de estar “en el lugar y momento indicado”, que lo llevo al país que tiene mucho más que la Torre Eiffel, y hoy entre todo eso, tiene a las pinturas de nuestro artista que en estas líneas presentaremos.

La nota debería empezar así: “Querido Papá Noel, te pido que para éstas fiestas me traigas Jungla de Amour”. Algún padre conservador o no, seguramente dará una nueva hoja en blanco para que la carta se reescriba. Lo cierto es que más allá de las connotaciones salvajes que surgen, nacen, se nutren, matan, renacen, fortalecen y revientan al amor, cualquier padre le mostraría a su niño esta jungla una vez que supiera de que trata. No el después, tal vez ni siquiera el durante y le taparía oídos a las explicaciones que pueden desprenderse de la interpretación de un cuadro. No solo de estos, sino en general… los festejos o acontecimientos que dan excusa del arte, van para otras notas.

Walter Ruiz, argentino, ariano de 28 años, cruzó el océano con muchas ganas de hacer de todo, lo mismo que hacía aquí, pero quizás olvidando eso que dice “nadie es profeta en su tierra”. Y en el país que todos señalan como el de los más cerrados a la hora de recibir extranjeros, que exigen el lenguaje perfecto para poder abrirse a conversar, quizás unidos por el mismo amor de la libertad, la bohemia y la cultura, París lo adoptó para cambiarle la realidad, no la vida, por que esto que ahora a él le sucede ya estaba en él, solamente necesitaba el lugar donde dejarlo crecer. Cualquiera que lo hubiera visto por nuestra ciudad antes del exilio voluntarioso y ambicioso, quizás hasta necesario, pero no por crisis sociopolíticas, sino espirituales netamente, sabía que en él había un artista a punto de estallar. Su música, la asistencia a ciertos eventos, su buen gusto por los libros, fotografía y lugares, lo delataban un paso delante de lo que podría seguramente él racionalizar.
Los primeros años de su partida, entre idas y venidas, que aun siguen existiendo sobre todo en esas fechas en las que el mundo se viste de “rojo y verde” y aunque hagan 40° de calor todos simulamos tener nieve por las ventanas mientras comemos almendras y Pan Dulce, pudieron haber sido tan difíciles como para cualquier otro mortal: extrañar acá estando allá y viceversa, pero ver que allá los puentes lo encontraban a él, mientras que aquí, al margen de los piqueteros, eran complicados de cruzar. Cuentan acerca de él que su eterno mote de gran seductor lo ha ayudado a acomodarse en el país que por excelencia erotiza hasta a las rocas. Simpático, sociable, conversador, culto. Sus ganas fueron aumentando a medida que se le abrían las calles: jugó de modelo, probó con la música electrónica mientras que pedía a su gente de acá que le envíen más y más canciones rememorando diferentes noches porteñas, y así entre “mezcladito y mezcladón” de América a Europa, salieron dos palabras de esas que tienen un millón de significados, pero que si alguien, cualquiera de nosotros, más allá de la causa y de la profesión las quisiera definir no podría por que abarcan el total del sentir. Gracias a eso nace “Jungla d’ Amour”, nombre de la creciente muestra de Ruiz.

Podemos sacar conclusiones. Nuestro protagonista gusta del reggae y quizás esas palabras son un símbolo universal. Más allá de eso, éste Don Juan como han sabido definirlo en su Tierra, al pisar París fue sentando cabeza y cuando el hombre ama, dicen los que saben o sus colegas de género sexual, aman dos veces más que la mujer, y también es cierto que si detrás de todo gran hombre “hay una gran mujer”, tranquilamente podría ser así acerca de la obra, sin dejar de lado la gran familia que apoya, acompaña, incentiva y son parte de cada pincelada. Las dos palabras mágicas lejos del “adacadabra” son “One Love” y desde allí un abanico de paredes, telas, cuadros, colores, aerosoles y espacios comenzaron a llenarse literalmente con el corazón de Walter Ruiz. O al menos, intencionalmente y con su conocimiento, voluntad y talento.

Bob Dylan es un convencido que hay que “ser” todo aquello que se “sea”, no importa exactamente “que”, y en ese sentido amplio, el amor por sí mismo es musa, y una etiqueta, característica clave emocional de la obra de Walter es el fraseo que utiliza en mucho de sus cuadros y la constante presencia de corazones, en diversas formas, intensidades y profundidades.

Desde Argentina juran que su corazón, también en esa variedad de formas y fondos, logró llenar, sanar, colmar y vitalizar varios vacíos, potenciándolos por su filosofía dialéctica y su postura frente a la vida “hasta en su forma de servir vino, de convidarlo, de elegir una canción para un momento exacto, de estacionar el coche a orillas del río y hasta de ponerse a armar sus cigarros puros sin importar hora o sitio”, así explican sus amistades con naturalidad que todo lo que acá era una construcción de su arte, en Paris se convirtió en muestras, exposiciones y expansiones por el Viejo Continente, ventas compulsivas de sus cuadros y expectativas de seguir abriendo el mercado con lo que no es hobbie, no es profesión, y es más que una vocación, es el ser mismo de alguien que ha encontrado como “dejarlo ser”.

Las invitaciones a sus citas ya son a corazón abierto, valga la repetición de este sustantivo que en ciertos casos pueden ser nombres propios o simplemente el órgano que nos bombea día a día.
“Soyez bienvenus dans mon monde, un monde où mes couleurs, mes phrases, mes gestes… enfin… l’amour pour mes toiles, ouvre ses portes… de la bonne musique, un bon cocktail vont faire partie aussi d’un moment très spécial dans ma vie”
Leyendo esto es inevitable relacionarlo con el rezo de Bob Marley, no dándolo por sentado. Cada artista sabe los “porque, como, cuando, quien y para quien de sus obras”, saberlo implica embarrar las fantasías pero es natural repetir tras leer las palabras de Walter:
“One love, one heart… let’s get together and feel all right, hear the children crying (one love)… hear the children crying (one heart)… saying’, “give thanks and praise to the lord and i will feel all right.” sayin’, “let’s get together and feel all right.”

Todos somos varios seres en uno, y cuando el corazón decide dejar de accionar se nos acaba la historia en paralelo al resto. Luego se discutirá en otro contexto reencarnaciones y demases… Es sabio que nuestro latir de hoy no sea el mismo que el de hace unos años, ni siquiera de hace unos días, por que las cosas nos suceden y es de buenos vivientes captarlas con cierta sensibilidad, y de grandes artistas poder plasmarlas. Que el latir cambié, que el sentimiento no sea el mismo, no habla de finales, sino de transformación, de trascender. Desde el viejo oeste de Gran Buen Aires a la Ciudad de las Luz, éste argentino sigue en este constante renacimiento pero ya con algunas ganas que sí tienen palabras concretas: “Me encantaría llevar la Jungla a Argentina y ver como reciben lo que hago en mi país”.

Podríamos jugar a un programa de chimentos y comentar anécdotas que sus cercanos nos brindaron en off. “Solíamos ir mucho al río de Olivos a no hacer nada más que charlar, escuchar música, fumar, tomar vino y a veces hasta bailar con la música que salía del auto, y luego directo a laburar o a seguir haciendo nada… Eran noches largas y siempre salían temas o situaciones profundas casi sin querer, pero eran muy divertidas, e inocentes… Y en esa inocencia, una noche en el río, medio en chiste y medio “esperanza de manotazo de ahogado” como en las películas encontramos una botella, escribimos un deseo en un papelito cada uno, los metimos adentro y la tiramos al río… Al poco tiempo, y aunque pasaron varios años, y aun por estos días, esos deseos siguen tomando forma y sorprendiéndonos, por que creo que se cumplieron y hasta nos han superado a nosotros mismos”. No se dice nunca que se desea antes de soplar las velitas, en los huesitos dobles del pollo ni con las pestañas ni, como en este caso, con las botellas, pero ésta amiga personal del artista comenta “eran papelitos chicos, pero deseos grandes y con grandes sentimientos, entonces por mas que se escribió poco y concreto, se tiró la botella con toda la fuerza que salía del amor que como grupo de amigos nos teníamos, y tenemos a pesar de las distancias.”
Al consultarle por su cuadro favorito nos dice “y ahora que recuerdo esto podría hablarte de uno que representa a la luna llena, en honor a cada larga noche que todos pasamos, pero todos los días los miro por que es como tenerlo a Walter acá y descubrir algo más, pero siempre cambio de parecer, aunque hay uno que son como alas y, para mí, pura percepción mía, yo lo identifico a él, creo que ese es él y si bien hay una semi forma de corazón en lo superior de las alas no lo tiene literal como los otros, y las alas podrían ser el suyo y con ese vuelo y libertad representa, dibuja, pinta, proyecta todo lo que es Walter, y lo que aun ni siquiera él ve que es, pero tiempo al tiempo.”

Si Fito Páez viera estos cuadros dejaría de hablar de Ciudad de pobres corazones o Gustavo Cerati seguramente cambiaría la concepción de esa “furia” de la city para utilizarla desde el lado del salvajismo de esos que desgarran un buen sentir… no hay casualidades, pero sí causalidades, quizás por eso, toda esta obra se plasmó en la también (¡y tan bien!) llamada La Ciudad del Amor, pero se formó desde aquí, con aromas, sonidos, colores, fachadas, dramas, comedias nacionales, con la buena ventura de saber que su inicio argentino y su consagración francesa, son tan universales que el mapa es solo una anécdota para alguien que son sus manos le da forma al amor, a un amor que se halla en él mismo.

El dato es que para diciembre Walter Ruiz esta pisando la Argentina y ya hubo conversaciones para poder realizar sus muestras. El río siempre estuvo cerca y sus amigos ya deben estar guardando en sus bolsos, carteras, bolsillos o guanteras, papeles mas amplios para seguir escribiendo esta historia que deseche la frase hecha, y quizás un profeta no, pero sí un gran pintor sea reconocido en su tierra al ritmo de Bob Marley “as it was in the beginning (one love) so shall it be in the end (one heart)”
(Agradecimiento especial a Victor de Castro por las imágenes)
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