Despacio Martínez abrió su año con las clásicas noches de los viernes, de la mano de Soema Montenegro y Lucio Mantel. La gente una vez más colmó la casa, disfruto del cielo en el jardín y se sentó con absoluta atención a disfrutar ambas performances que dejaron muchas perlitas para destacar, aplaudir y expandir porque la obra de ambos es valiosa desde los pies a la cabeza, golpeando cada sector del cuerpo. También vuelve a quedar claro la sensación que en el 2010 la agenda que ofrezcan desde Colegiales será imperdiblemente copada.

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Por Barb Pistoia

Mientras aun se podía degustar la comida vegetariana de José y Tomás preparada en el fondo de la casa de Enrique Martínez al 800, Soema Montenegro abría no solo la noche, sino el fuego sagrado del año. Si en el 2009 por ese rincón pasaron todos los nombres todos de la escena cantautora folk experimental nacional, este año se repetirán y se sumarán seguramente los nuevos buenos, pero ya habrá que tomar la precaución de llegar temprano por la capacidad limitada del hogar. Desde la sonrisa de Silvia en la puerta para dar la bienvenida, yendo del living al jardín y viceversa, entre las muestras de turno que esta vuelta tuvieron de madrina de ceremonia a la dulce ilustradora Ana Laura Pérez, hasta el último adiós de la noche, todo forma parte de la misma buena sensación que se vive cuando la música en vivo empieza a sonar, aunque allí todos sentados entre los sillones, las mesas y el piso, parecen buenos alumnos de su clase favorita: miradas atentas, asombradas y apasionadas reposan hacia el sector que oficia de escenario, y cada tanto se oye un chistido para recordarle a algún distraído que cuando el artista canta, al artista se lo escucha.

untitledFoto: Lula Bauer

De Soema se desprenden tantos piropos que es difícil saber por donde comenzar. No soy de las personas que hablan en tercera persona, así que volviendo a hacerme cargo, les contaré que era mi primera vez con ella. Sumado a la cercanía con los asistentes e intimidad de espacio, que hace ideales los momentos acústicos en Despacio Martínez, el manejo absoluto del caudal de su voz y el dominio de su respiración para hacer con ella todo lo que uno se imagina, y lo que no también, me dejaron desparramada por las baldosas con un nudo en la boca del estómago, no de esos que duelen, sí de esos que conmueven.

Si en este blog la síntesis no es buena amiga ni los títulos ni las clasificaciones ni lo establecido culturalmente por los que matan en vez de fortalecer la escena, frente a ella podría ser una excepción y quedarme muda tras sentenciar: Soema Montenegro es magnífica. Aguda, grave, susurra, silencia, respira, suspira… es aire, palabra, mirada y poesía, es paisaje árido, seco y húmedo. Es danza y calma. Su cuerpecito cien por cien argentino, con su tierra del conurbano más las influencias rioplatenses, han hecho de esta mujer una cantera de sonidos que, con lo maltratada que está la Naturaleza, seguramente le da envidia sana la pureza que Soema trae y la putrefacción que en ella se resquebraja cada día más…

Por momentos intensamente sola, y en otros intensamente acompañada por el bandoneón de Jorge – que también realizó percusión, y allí literalmente experimental, sumó ruidos de todos los lugares posibles para darle ambiente a las voces de Montenegro que encierran al aire y liberan aura –  y la contrabajista Mariana Borghi, se fueron recorriendo las canciones de su disco “Uno Una Uno”, como “Rub”, “Noche guaraní” y “Castaño árbol”. También se hizo tiempo para compartir una canción con quien la seguiría luego en la labor de musicalizar la noche…

l_577cc58a03b2e296e0bc4ff9d303f4adFoto: Lula Bauer

He aquí el susodicho. Lucio Mantel es un pequeño hombre de contextura, que cuando comienza a cantar sus composiciones, no es que se vuelva gigante, es que el lugar queda a su merced de tal modo que todo parece alcanzarlo con su interpretación. Descalzo, abrazado a su guitarra y con sus ojos cerrados, no le basta más que su fe para darle libertad a todos esos temas. Tampoco necesita más: todo el volumen que comparte en su performance está adentro de él y tiene la capacidad de transformarlo en obra. Al abrir su boca, cargando de palabras la vida de las cuerdas, abre su gran mundo: intenso, crítico, esperanzador pero no desde la idea optimista simple sino desde la proyección, desde el disparo y manteniendo siempre el fuego del sentimiento como partida. Es imposible no dejarse llevar, pasar, acomodarse y querer quedarse en ese espacio donde lo que nos sostiene son -ni más ni menos- que canciones, sus canciones.

Así, mientras ya está despidiendo el disco de “Nictógrafo”, se da el gusto de compartir un poco de su futuro, y emociona con asombro los versos que entrega desde “Punto de Fuga”. El clima se mantiene, se distiende con risas de noche de amigos, de muchos conocidos, en un lugar que resulta ser la casona -hogar dulce hogar- de esta clase de artistas y todos los que llevamos esta música no solo en un ipod, sino como alimento y medio mismo de vida. La presentación de aproximadamente una hora, pasó por diferentes claros momentos pero todos unidos por el hilo del silencio, la emoción y más allá de la iluminación armoniosa de Despacio Martínez (sí, la casa cultural a la que referíamos), cada uno encendía la propia llevando como ramito los párrafos de poder que Lucio compone y exterioriza. En algunos temas dejó la soledad física para sumar a escena a amigos presentes. “En el siguiente suspiro” a su guitarra se le sumó la de Juanito El Cantor –otro de esos que al estallar este microclima de cantautores deslumbra, irradia y hace honra al contraste de ultra sonidos sin sentidos que rige en este mundo-; claramente Lucio debe haber pensado cómo perderse hacer Zamba Desnuda con Soema, y allí volvieron ella, sus voces y su corazón a darnos aire para respirar, y en “Mar Interior” Carli Arístide tomó el ronroco, con el que cada vez transita mejor ese puente de esencia folk con chapuzones del rock “zeppelinano” a la mística “sigurrosera”, parece exagerado pero saben que si hay un punto de encuentro es ese ronroco que habla no por sí solo, sino por quien lo hace hablar.

edit4Foto: Barb Pistoia

Ya sabemos, no hay que explicar demasiado acerca del mundo y su violencia humana, cotidiana, de par a par, de histerias y nervios… El medio común toma como violencia solo la guerra, y se dejan ir por los días desparramando sus enojos, ensuciando a otros, y eso es tan malo como lo otro, porque hay una instalación de guerra fría en vez de reconstrucción humana. Por eso, mal que le pese a muchos, los nombres no suelen ser variados y los espacios que se visitan tampoco. No hay demasiado, pero después de bastante tiempo, se puede decir que mucho de lo que va creciendo esta buenísimo y por fin da un reflejo puro de la nostalgia, de la melancolía. Por fin no hay miedos de salir a defender la soledad, el momento del silencio, la voz baja y las palabras calmas. Salir a cantarle al amor, no desde el lugar sexual burdo y las imágenes de poesia de chocolate. Tampoco para bailar se necesitan musculosas mojadas y voces a los gritos diciendo que paso hacer.

Estos nombres y otros varios, comprenden el valor del sonido ambiente, de lo que marca el paso que vamos dando y en la simpleza de los medios de inspiración más naturales, tirando al asador toda la complejidad interna del que se aleja la insoportable levedad del ser que es peor que cualquiera de las inundaciones de Mauricio porque es un ahogo constante que padecemos –o no peor porque en definitiva cada uno vive su vida como quiere y puede, pero un político electo no puede desproteger el destino de la ciudad de todos-. Pero volviendo a estos nombres, y los que no están en esta nota pero hemos citado y citaremos siempre que podamos, han sabido rescatar una especie de “Flower power” para no quedarse solamente en una silla viendo como suceden cosas a su alrededor, y con total paz liberar esas hogueras que la sobredosis de pensamientos suelen dar. La batalla de la transformación a carne viva. Wilde decía que “Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.”, y de repente esta juventud desbordada de miradas, de reflexiones, de naturaleza, de introspectiva y de todo lo demás también, contrarresta, equilibra, responde con la inteligencia a flor de piel, de hiel, de miel… y del ser.

Los adolescentes de los noventa respiramos, los años nos amontonan, nos terminan mezclando cada tanto con la camada recién salida al mundo post secundaria, que se mama de arte gracias a los avances y facilidades tecnológicas en esa dualidad pro de la globalización -hoy cualquiera con una cámara es fotógrafo o cualquier que dibuja es pintor, y así sucesivamente por todas las ramas- pero también se pueden ver buenas proyecciones, y dentro de todo se puede celebrar que eligen de que lado estar, al menos aquí y ahora, los años dirán como sigue todo esto. Mientras tanto, aquellos que adolecimos hace tiempo, para compensarnos aquél (no tan) pasado de patillas y siestas rosadas, o este presente de superficialidades de todo color y forma, las horas vienen llenas de buenas -tan hermosas- canciones con voces que aman, a pasar y pesares, la acción del vivir.

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