Sergio Makaroff, instalado en España, acaba de editar un nuevo disco. La entrevista por Juanjo Robledo, para el Suplemento Tentaciones, del Diario El País de España.
 Sergio Makaroff
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El cantautor argentino Sergio Makaroff, 50 años, conoce las escalas del paro: trotamundos, rockero, vendedor puerta a puerta, periodista... “y algo caradura”, añade él. Hace 24 años cruzó el charco con el grupo Tequila y se quedó. Madrid, mayo de 2002. Los rayos de sol rebotan en la cabeza del artista. Sostiene que no se come el coco pero usa un lenguaje freudiano… Makaroff, su quinto disco, es una disección de su propio ego.
PREGUNTA: Primero yo, segundo yo... ¿suele inspirarse en usted mismo?
SERGIO MAKAROFF: Me tengo muy a mano. Pero me gustaría ser menos egocéntrico y observar más a los demás.
P: También habla del enemigo interno, ¿quién es?
S.M.: (Nota: mirada filosófica). Es Tanatos, la muerte. Somos una contradicción entre las ganas de vivir y el instinto de morir, como una estampita de San Jorge y el Dragón. Hay algo en mí que me odia y que finalmente ganará. El asunto es no morirse antes de tiempo y que los instintos no te arruinen el placer de vivir.
P: ¿Pero el sufrimiento es un filón?
S.M.: Que te duela algo es malo, pero si eres artista puedes utilizarlo como materia prima. En este disco he compuesto cuatro canciones inspiradas en el mismo dolor.
P: ¿Qué le duele?
S.M.: El fracaso en las relaciones humanas. No soy en absoluto original, creo que me pasa lo mismo que a todo el mundo.
P: En otros aspectos parece ser inmune.
S.M.: He tenido una vida un poco más agitada que si hubiera puesto un consultorio. Mi familia se dedica a los dientes. Yo opté por ser hippy, rockero y trotamundos. Me han pasado algunas cosas pero nada espectaculares.
P: ¿Como cuáles?
S.M.: Me detuvieron en Bogotá por llevar hojas de coca. En Latinoamérica viajaba de autostop, algunas veces me apuntaron con pistolas pero nunca tuve la impresión de que fueran a disparar. En Barcelona me atracaron con navaja y me quitaron lo que llevaba: una barra de hachís. Le dije al tío que me dejara un porro y accedió.
P: Un consejo para el manual de supervivencia.
S.M.: Cuando viajo siempre llevo un neceser con tiritas, aspirinas, mechero, navaja, preservativo, un reloj despertador y pastillas para la acidez estomacal.
P: ¿Argentina es el país de la cuarta dimensión?
S.M.: Es un país de cuarta que intenta convertirse en la Atlántida y lo está logrando. Es la leyenda hecha realidad. Es un país que se desintegra ante la vista azorada del mundo.
P: ¿Lloras por ella?
S.M.: Argentina no llora por mí, pero yo lloro por ella. Lloro porque mi padre y mi madre viven en Buenos Aires y su vida ha empeorado súbitamente. Es como un agujero negro que se come todo a la velocidad del rayo.
P: ¿Cuál es el secreto de un superventas?
S.M.: Conectar con la sensibilidad popular. Nadie conoce la fórmula para apretar esa tecla. Y menos mal, porque el panorama ya está plagado de suficiente chabacanería.
P: ¿Sueña con tocar esa tecla?
S.M.: Sí, pero no me hace perder el sueño. Ser rico tiene lados malos, pero sabría qué hacer para pasármelo bomba. Pero el exceso de fama es antinatural, te separa de la gente.
P: Tiene una hija adolescente, ¿conecta con ella?
S.M.: Ella me ve como un cantautor vejestorio pero sé que le gustan las canciones. Le encanta Marilyn Manson. Una vez fuimos a ver un concierto suyo y le conseguí un autógrafo. Quedé como un duque.
P: ¿Suele comerse el coco?
S.M.: Cada vez menos. Es de las pocas cosas buenas de juntar años, se aprende a esquivar el dolor. No es bueno pasar la existencia pensando sobre la existencia misma, lo bueno es vivir, jugar al fútbol, comer un asado con los amigos…
P: ¿Y en cuanto al corte de cabello?
S.M.: (Nota: risas). Lo hago para atraer al sexo opuesto. Y funciona, por eso me sigo afeitando. Si no, me dejaría una cola verde y azul.
P: Ya: contra la calvicie, el humor
S.M.: Ante la confusión y perplejidad que me produce la existencia me sale el humor. La realidad me la tomo como una broma del destino, así sí que tiene sentido.
P: ¿Cuál sería su epitafio?
S.M.: “Yo fui feliz”. Los argentinos siempre citamos a Borges, es un tic grotesco. Él dijo una vez que había cometido el más grave de los pecados: no había sido feliz. Pues yo sí, yo fui feliz. Y añadiría algo más: no me dolió.