Con gran despliegue de pirotecnia, y ante más de 60 mil fans, la banda de Mataderos presentó su sexto disco, "Detonador de sueños". La crónica de Juan José Santillán, para Clarín.
 La Renga foto de archivo
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Una hora más tarde de lo previsto se hizo la oscuridad en el estadio Antonio Vespucio Liberti y aparecieron, en dos pantallas gigantes, las psycoimágenes que presentaron a La Renga. Ese remolino de formas y colores que remitía a un recorrido uterino, fue puliéndose hasta acabar en un paisaje de intifada con un juego de palabras que alternaba: Combatir, Resistir. A esa altura la cancha era un hervidero de bengalas —y otras piroctecnias— que cubrieron de una niebla rojiverde a las más de 60 mil personas (en la página web de la banda se anunciaban 74 mil entradas vendidas) que colmaron la cancha de River durante las tres horas y 35 temas que duró el show.
Al igual que el 8 de noviembre del 2003 en Córdoba, la presentación en Buenos Aires de Detonador de sueños — sexto disco en estudio de la banda de Mataderos— empezó con A tu lado. Tema de dientes apretados con el que La Renga pisó su segundo River (en el 2002 habían presentado un EP, Documento único, donde el guitarrista se peló "en vivo y en directo"arriba del escenario). Con el pelo más largo, vincha y musculosa negra, un Gustavo "Chizzo" Napoli edición '04 entonó: El mundo tan hostil, nos lleva decapitados/ que sentirte a mi lado me hará mucho mejor. Luego siguieron Al que ha sangrado y Las cosas que hace, temas con algunos problemas de sonido que se arreglaron, pero que luego reincidieron en la distorsión de la guitarra de Chizzo durante La nave del olvido.
"Cerca del barrio, ésta será una noche de puro rock & roll", vaticinó el guitarrista mientras Gabriel Iglesias (Tete) iba y venía de un lado para otro con su clásico enterito de jean. Arriba de la batería del inamovible Jorge "Tanque" Iglesias, un panel circular interactuaba imágenes con las pantallas gigantes ubicadas a los costados del escenario. Fue una puesta que planteó cierta austeridad, basada en el arte del booklet del disco. No faltaron los Minocabras inflables sobre las pantallas gigantes ni los actores en zancos entre los músicos. La explosión de "los mismos de siempre" (autoproclama de los seguidores de La Renga, que hicieron una caravana desde el obelisco para entrar a la cancha) hilaba el clímax con los clásicos rengos como Embrollos, fatos y paquetes, donde tocó el primer violero de la banda, Raúl "Locura" Dilello, Lo frágil de la locura, o hacia el final con El final es en donde partí, con Alejandro Sokol de Las Pelotas como invitado.
Hielasangre dio pie a una silbatina general. En las pantallas aparecieron las imágenes de la masacre del 19 y 20 de diciembre. En El hombre de la estrella, una de cinco puntas giró con el fondo de la cara del Che en blanco y negro. La iconografía, en la que se incluyó la serie de dibujos ¿Que hace un tipo como yo en un lugar como éste?, de Ricardo Carpani en el tema Míralos, intentó reafirmar un carácter social, autogestivo y militante. El riesgo es que lo simbólico redunde en un precipio de fetiches.
Se sabe que Detonador... fue un trabajo "casero", con una crudeza sonora que radicalizó la apuesta de la banda. "Se grabó sin auriculares y tocando todos a la vez", explicó Chizzo hace un tiempo. Es el disco más fuerte del trío, que el sábado dejó en claro la fórmula para ser la banda más convocante del país. Es un rock sin sutilezas, barrial, de cancha, lumpen, que vibra en la boca del estómago. Sacude modorras... no es poca cosa.