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20.12.2005.-

El regreso de la bestia pop

Andrés Calamaro ratificó que está de vuelta ante unas 25 mil personas en Obras Sanitarias, con Vicentico y Litto Nebbia como invitados. La crónica de Gabriel Plaza, para La Nación.



Foto: Adrián Quiroga

Pasaron apenas ocho meses de su primer concierto en el Luna Park, donde Andrés Calamaro volvía a los escenarios argentinos y parecía mirarse en el tiempo con una cara de satisfacción de quien ha sabido sobrevivir a los días febriles, a los excesos y a los anocheceres agitados con un gesto de ternura. El resultado fue el álbum en vivo "El regreso", que celebró anteanoche con un concierto al aire libre ante más de 20 mil personas, donde rubricó su popularidad y el arranque de una nueva etapa artística.

"No se regresa de verdad sin tocar en diciembre en Buenos Aires y en Obras", dijo apenas comenzó el show de dos horas, donde Calamaro mostró que de sus días de honestidad brutal a estos tiempos de enamoramiento ha reencarnado en un cantante completo, con la voz adolescente, lejos del sufrimiento de una estrella atormentada, abierto a recrear su repertorio más popular, de buen talante y con todas las luces.

Acompañado del eficaz desempeño de los músicos de Bersuit Vergarabat, de invitados como Vicentico y Litto Nebbia y rodeado de una atmósfera festiva, el compositor regaló a su público ese puñado de melodías que se clavaron en la memoria del rock y del inconsciente colectivo argentino de la última década, incluidos en el álbum "El regreso" (como la postal de reviente en "El salmón", que hoy silban incluso los colectiveros), y hasta cantó fuera de todo cálculo el himno "Mil horas", de su tiempo con Los Abuelos de la Nada.

También interpretó -como en el disco en vivo y para esta ocasión- un par de gemas raras y oscuras de "Honestidad brutal" y "Alta suciedad", como el rockito "Clonazepán y circo", la balada épica -preferida entre las chicas- "Paloma", el tributo cumbiero "Maradona", la melancólica belleza de "Los aviones" y varios hits bailables como "Te quiero igual", "Loco" y "Flaca".

El músico sacó de la galera otras canciones clásicas de su repertorio -grandes baladas como "Media Verónica" y "Crímenes perfectos"- que dejaron la sensación de que con el tiempo envejecen para mejor, como los vinos. Las parejas que poblaron el estadio aprovechan para los besos y los chicos solos corean los temas de principio a fin. Consciente del momento que está viviendo y entusiasmado con la respuesta del público, se animó a decir: “Esta es la más maravillosa música, la del pueblo argentino, como decía Perón”.

Con la felicidad y franqueza de un niño que cumple su sueño, invitó a compartir el momento con otros amigos. Vicentico, en su misma sintonía de cantor nacional, subió para recrear junto a Calamaro los versos de “El cantante”, de Rubén Blades. Totalmente compenetrado, “Andrelo” cantó esos versos casi autobiográficos: “Yo soy el cantante/que hoy han venido a escuchar/lo mejor del repertorio a ustedes voy a brindar/Y canto a la vida, con risas y penas/con momentos malos y con cosas buenas”.

Calamaro cantó suelto, hizo un par de travesuras geniales con la voz y a la manera de un Héctor Lavoe criollo sacó chapa de sonero y alargó la jugada para hacer con Vicentico otro más, el tema “Vasos vacíos”, donde durante varios minutos el espíritu de los Fabulosos Cadillacs se apoderó de la versátil banda comandada por la guitarra de Righi y la presencia de Pepe Céspedes. El cantante se recostó en la versatilidad de la Bersuit (que lo acompañó desde su regreso en el Luna Park, en los conciertos madrileños y ahora en el show en Obras) para sonar cumbiero en “Las oportunidades”, aportar el necesario toque pop a “OK perdón”, o acompañar la ferocidad de los versos de “Vigilante medio argentino”, esa pieza lúcida del quíntuple disco “El salmón”. Es la misma versatilidad que Calamaro muestra como compositor e intérprete para combinar esas canciones tan marginales como “hiteras” en coautoría con Marcelo Scornik (Cuino) como “Estadio Azteca” con obras imprescindibles como “La libertad” y “Las oportunidades”.

Mucho del ADN de Calamaro puede rastrearse en esa certeza del estribillo pop y también en la cancionística del rock argentino de Lito Nebbia, el segundo de sus invitados, con el que se dio el lujo de cantar “Zamba para mi tierra”, “Yo no permito”, y la rumba de Los Rodríguez “Para no olvidar”.

Disfrutando de sus compañeros ocasionales y de los músicos de la Bersuit, el cantante entregó un final de fiesta con “No se puede vivir sin amor”, “Mi enfermedad” y “Sin documentos”. Así se lo vio toda la noche, regodeándose en la felicidad de haber dejado atrás una serie de discos con canciones impresionantes, tan oscuras como luminosas, que lo transformaron en la gran bestia pop. Y descubrió, después de los tiempos de verborrágica creatividad, que sí se puede vivir del amor.



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