 Moris en Agarrate!!!.
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"Te engañaron, ya lo sabés, y si no lo sabés también".
Durante dos o tres años no hice más que escuchar música e ir con mucho desagrado a un industrial. Mi futuro era ser un gran técnico para contribuir al progreso. Por suerte falté tanto que me echaron. Me sentí libre para vivir y vagar. Tendría 17 ó 18 años: estaba en la aventura, en el peligro, la gente "rara", los bares del centro, las madrugadas, la "maffia", la vida bohemia. A veces, a las perdidas, me detenía a escuchar a algún viejo pianista o saxofonista de los piringundines de 25 de Mayo mientras les sacaba cigarrillos importados a los maringotes. Eran músicos gastados, melancólicamente sonrientes, que tocaban como quien resopla cuando hace calor.
Ese verano salimos con Javier para Villa Gesell. El llevaba una batería con dos bombos, yo una guitarra estereofónica y hacíamos un dúo extraordinario. Tocábamos jazz, blues, bossa, temas de los Rollings, de los Beatles y 4 ó 5 canciones que ya había compuesto para esa época. Y después de What I'd say? de Ray Charles o de La sombra de tu sonrisa de Astrud Gilberto, yo cantaba El soldado: "Será la última guerra / vendrá la paz / es un engaño absurdo / para matar / soldado ya regresa / ven y no luches más / no ves que en dos mil años / no ha habido paz". Entretanto, los parroquianos de la boite, quemaditos y sofisticados, jugaban al sexo o al aburrimiento compartido. Pero igual: nosotros hacíamos lo que queríamos y después nos íbamos al mar a pensar en las absurdas contradicciones de la vida. Sería como 1965.
En La Cueva, lugar reventado y divino, sótano donde naufragában anónimos integrantes de la insatisfacción y la búsqueda de nuevas cosas, a veces excitaciones, pasé otros 2 ó 3 años. En mi libreta anotaba: "Niego a todos los maestros del mundo. Un gato está más cerca de la realidad que el Himno Nacional. Ford no puede fabricar una mandarina. Proartel habla de Dios y lo deja al final para darle un toque bueno a su negocio. Soy un Dios con una venda en los ojos". Mezclado con esta vida estaba el rock, las noches, las amigas que prestaban 100 pesos, la policía despreciativa, la luna, las guitarras españolas en la vereda, la cocacola con hielo, los amigos, el pasto húmedo de las plazas. El aburrimiento y la alegría.
Una gran aventura, larga, profunda, total.
Policía, camiones (en esa época los que tenían el pelo largo no eran "hippies" ni "muchachos locos" sino "putos"), divagaciones por las calles, cantar. Un día fuimos unos cuantos a la 43 a buscar a Javier, Actemín, Litto y otros. Entramos con Tango, etc. y cantamos a pedido del oficial. Fue extraordinario cantar un tema de los Beatles y uno mío y que los presos lo escucharan, como nos dijeron después.
Mis últimas canciones hablan de sueños infernales que tuve y donde vi la destrucción del mundo. Hablan de la libertad, de los hippies, del mundo y de las madrugadas. No sé bien para dónde voy, ni siquiera sé qué voy a sentir mañana. Creo que será lo que siento siempre, pero también algo diferente, una emoción diferente. A lo mejor escriba un libro con todo lo que viví durante estos últimos diez años. A lo mejor sigo trepando escenarios con mi guitarra eléctrica y haciendo todo lo que quiero: que es estar enamorado de mis canciones y transmitir un pedazo de mí. El resto -la música y las letras- no se puede escribir aquí. Hay que escucharlo en carne propia. Bueno, chau. (Moris)
(NOTA: Proartel era la empresa productora de contenidos televisivos que conducía Canal 13 a fines de los años 60; en ese tiempo, todas las noches, antes de cerrar su transmisión, el canal ponía en su pantalla a un cura daba un mensaje religioso)