Divididos se presentó en la localidad tucumana ante unas 5.000 personas que llegaron desde distintos puntos del país.
 foto: Franco Vera
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Lejos, muy lejos de la fiebre festivalera del verano, Divididos optó por los valles calchaquíes. En Amaicha, Tucumán, a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar, y pasando "El Infiernillo" -allí donde los foráneos se apunan-, el gran escenario los esperaba. Una tarde de sol y vientito los escuchó probar sonido en el club, durante una hora y media, hasta que todo salió perfecto. Mientras, una multitud llegaba al valle para presenciar el primer recital de rock en la historia amaicheña.
En "el pueblo del mejor clima del mundo", como ciertamente afirma el cartel de bienvenida en la entrada, un grupo de chicos con rastas y/o peinados revueltos, guitarras, sandalias y flautas amenizaba la espera en la plaza. Los lugareños recibían a los "muchachos rockeros" con respeto, y viceversa, y la Policía (encargada de la seguridad) no provocó incidentes. Los bares de las cuadras aledañas estaban repletos de gente que escuchaba, obviamente, Divididos. Y así el spaghetti se fue poniendo al dente.
Ajustando los controles del corazón calchaquí, las bandas tucumanas Civitas Dei y Trilogía comenzaron temprano mientras la gente se amontonaba adelante. Luego, muy puntuales como siempre, "Vientito del Tucumán" fue la mejor elección para comenzar. Con los valles de fondo, y el viento en la cara mientras el sol se escondía, la gente quedó hipnotizada. Luego, los temas responsables de ser "la aplanadora del rock & roll": "Haciendo cosas raras", "Cabeza de maceta", "Rasputín", "Sábado", "El 38", "Paisano de Hurlingham", "Nene de antes", y el resto.
"Aladelta" fue la antesala del cierre que venían amagando desde la mitad. Pero la gente no los dejaba bajar, y con "Basta fuerte", los Divididos se despidieron de las 5.000 gargantas que gritaban por más. Entre aplausos y brillantes fuegos artificiales, Mollo tiró las cueras -y se bajó al vallado-, Catriel regaló los palos y Arnedo agradeció al público. Luego la banda viajó hacia las ruinas de Quilmes, pero en el pueblo la cosa continuó. Bajo el cielo estrellado (bien estrellado y reluciente) las calles se llenaron de fiesta y, como dijo Mollo, "porrón en Amaicha".