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29.05.2006.-

Escuchando entre el ruido



(...) En el invierno de 1966, un amigo me pasó el dato sobre unos recitales que se hacían en el Teatro del Altillo (Florida 640). Sus protagonistas se llamaban Los Beatniks y cantaban en castellano. Me acerqué un día y quedé impresionado por su vigorosa manera de hacer música que poseía algo distinto, lleno de realidad. Así fue como conocí a dos de sus miembros en especial: Moris y Pajarito.

Algunas tardes me senté a divagar con Moris en la Plaza del Congreso y la amistad se corporizó de inmediato. Yo era un intelectual, trabajaba como periodista (crítico de discos y cine) en la revista mensual Panorama. Pero lo que nos ligó fue la poesía. Casi simultáneamente, una amiga me presentó a un chico que tenía un conjunto llamado The Seasons: Carlos Mellino, guitarrista y cantante. El y sus compañeros, Alejandro Medina, Alberto y Freddy, habían grabado un LP para Microfón, palanqueados por Horacio Malvicino. El cuarteto cantaba en un inglés sanateado, el álbum se llamaba Liverpool at B. A. y era un camelo olímpico, ya que todo pretendía venir de Gran Bretaña. En la foto lucían como beatles; Carlos y Alejo firmaban los temas como "Max y Rodney". De todosmodos, terminé yendo con ellos a la Cueva de Pueyrredón. Allí conocí a Tanguito y una noche, en el departamento de alguien, Moris me presentó a Javier.

Fantasía va, fantasía viene, sobre fin de ese año conseguí prestado el Teatro de la Fábula (Agüero 444) y en el corazón del Abasto gardeliano hicimos varios recitales bajo el título de Aquí, allá y en todas partes. Contábamos la historia del rocanrol y cantábamos lo que sabíamos: Moris, Tanguito, The Seasons, un argentino que tras vivir en los Estados Unidos actuaba con el nombre de Bob Vincent y cantaban los temas de Bob Dylan en inglés, y una piba llamada Susana que estrenó los temas de Facundo Cabral con una voz muy parecida a la de Joan Baez. A último momento, Javier se desvinculó del proyecto, molesto porque yo los obligaba a ensayar, mientras a nuestro alrededor los cueveros ponían cara de desaprobación por la misma causa.

Vino un colega del viejo diario El Mundo y nos miró con cálido desdén. Vino una reportera del Buenos Aires Herald y escribió una crónica solidaria. Vinieron las amistades y alguno que otro joven atraído por el cartelito que habíamos pegado en las librerías y disquerías.

(Miguel Grinberg. Fragmento de su libro Cómo vino la mano, publicado en 1977)



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