(...) En el invierno de 1966, un amigo me pasó el dato sobre unos recitales que se hacían en el Teatro del Altillo (Florida 640). Sus protagonistas se llamaban Los Beatniks y cantaban en castellano. Me acerqué un día y quedé impresionado por su vigorosa manera de hacer música que poseía algo distinto, lleno de realidad. Así fue como conocí a dos de sus miembros en especial: Moris y Pajarito.
Algunas tardes me senté a divagar con Moris en la Plaza del Congreso y la amistad se corporizó de inmediato. Yo era un intelectual, trabajaba como periodista (crítico de discos y cine) en la revista mensual Panorama. Pero lo que nos ligó fue la poesía. Casi simultáneamente, una amiga me presentó a un chico que tenía un conjunto llamado The Seasons: Carlos Mellino, guitarrista y cantante. El y sus compañeros, Alejandro Medina, Alberto y Freddy, habían grabado un LP para Microfón, palanqueados por Horacio Malvicino. El cuarteto cantaba en un inglés sanateado, el álbum se llamaba Liverpool at B. A. y era un camelo olímpico, ya que todo pretendía venir de Gran Bretaña. En la foto lucían como beatles; Carlos y Alejo firmaban los temas como "Max y Rodney". De todosmodos, terminé yendo con ellos a la Cueva de Pueyrredón. Allí conocí a Tanguito y una noche, en el departamento de alguien, Moris me presentó a Javier.
Fantasía va, fantasía viene, sobre fin de ese año conseguí prestado el Teatro de la Fábula (Agüero 444) y en el corazón del Abasto gardeliano hicimos varios recitales bajo el título de Aquí, allá y en todas partes. Contábamos la historia del rocanrol y cantábamos lo que sabíamos: Moris, Tanguito, The Seasons, un argentino que tras vivir en los Estados Unidos actuaba con el nombre de Bob Vincent y cantaban los temas de Bob Dylan en inglés, y una piba llamada Susana que estrenó los temas de Facundo Cabral con una voz muy parecida a la de Joan Baez. A último momento, Javier se desvinculó del proyecto, molesto porque yo los obligaba a ensayar, mientras a nuestro alrededor los cueveros ponían cara de desaprobación por la misma causa.
Vino un colega del viejo diario El Mundo y nos miró con cálido desdén. Vino una reportera del Buenos Aires Herald y escribió una crónica solidaria. Vinieron las amistades y alguno que otro joven atraído por el cartelito que habíamos pegado en las librerías y disquerías.
(Miguel Grinberg. Fragmento de su libro Cómo vino la mano, publicado en 1977)