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12.08.2006.-

De lo nuestro, lo mejor

Sin presentar temas nuevos, Divididos mostró una vez más su capacidad de aturdir y conmover. La crónica de Guillermo Boerr, para Clarín.



foto: Clarín

A esta altura del partido no quedan dudas de que Divididos es una de las bandas definitivas del rock argentino. Su estilo característico, en el que las influencias se amalgaman a la perfección, su sonido (¿qué otro artista está en condiciones de merecer un apodo como "la aplanadora del rock"?) y sus canciones los vuelven instantáneamente reconocibles. Otro factor interesante del trío es la transversalidad: Divididos le gusta a los rockeros, a los metaleros, a los que les gusta el pop y el folclore. Y en los shows se mezclan los cuarentones de clase alta con el típico chabón de barrio. Cultores de su propio clasicismo, Ricardo Mollo y Diego Arnedo (complementados por el "músico elegido" Catriel Ciavarella) se dedicaron el jueves y viernes a repasar sus grandes canciones en el Luna Park.

A casi veinte años de su formación, Divididos se ha transformado, quizás, en una entidad mayor incluso que Sumo, el ya mítico grupo de cuya diáspora surgieron no sólo Divididos, sino también Las Pelotas y Pachuco Cadáver, la efímera banda de Pettinato y Guillermo Piccolini. Sumo es leyenda (de hecho, la mayor parte de esos niños que hacían pogo en el Luna eran, si tanto, unos mocosos cuando Luca se nos fue), pero Divididos hereda la leyenda y le pone encima una capacidad pasmosa de aturdir y conmover. Y aunque en la página web del grupo dice que "El nuevo disco se va armando", a casi nadie parece molestarle que ya hace cuatro años que editaron su último álbum con canciones nuevas (Vengo del placard de otro). En el show del jueves no hubo novedades al respecto: fue un repaso. Un repaso en el que, salvo en la zapada con Pettinato, los Divididos solitos le recordaron a todos cómo fue que se ganaron el apodo que los marcó desde la época de Acariciando lo áspero.

Entre un temazo y otro (de La ñapi de mamá a Cielito lindo en dos horas y media a 220 voltios), Catriel Ciavarella empapó su remera de Muhammad Ali (que le valió el apodo de "el Boxitracio" por el colega Roque Casciero) nada menos que con el Moby Dick de Led Zeppelin, un riff paquidérmico como mera excusa para el solo de batería. Eso fue lo más cerca de la sorpresa que estuvo el concierto. Pero el público de Divididos no va a los shows a sorprenderse, va a renovar el estupor que la banda le produce: aún hoy la intensidad de sus presentaciones en vivo es increíble. Así que, sin estrenos en los recitales, habrá que meterse cada tanto en el sitio que el grupo tiene en Internet para ver si las novedades llegan por ese lado.



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