La mujer más importante de la historia del rock argentino se presentó el viernes pasado en el Teatro Español de Azul. Dejó un show eficaz sostenido por más de una docena de respetuosos covers.
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 fotos: Martín Laborda
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Si bien Fabiana Cantilo es una señora madura, casi cincuentona, no alcanzó su edad trabajando detrás de un mostrador. Cuando ésta mujer era una primorosa veinteañera, inició su camino sobre los escenarios más salvajes de la historia del rock argentino, en los febriles inicios de la década del ochenta. Y le practicó coros a todos los músicos importantes de ese desconcertado lapso cronológico: Serú Girán, Redondos, los Twist, Charly, Fito.
Durante la prueba de sonido, torpemente vigilada por su productor, se ve a una mujer de lentes recetados y ropa informal que dirige lo que pasa y va a pasar sobre el escenario. Y más allá de la experiencia, Fabiana disipa simpatía y muestra un venerable entusiasmo por negociar la lista de temas con los músicos de su banda durante más de media hora.
Cantilo tiene algo mágico, como de Cenicienta: cuando una hora más tarde apoye un pie sobre el escenario para enfrentar al público, va a sufrir una transformación drástica. Las luces, en vez de remarcar arrugas, van a producir un prodigioso efecto rejuvenecedor sobre su piel. Y si bien el vestuario cumplirá una función vital, la edad mental y física de la cantante se retrotraerán hasta la época en que formaba parte de las Bay Biscuit.
Botitas All Star, medias de red blancas (como corresponde, algo corridas), mini y camperita de jean abierta, camisa blanca y corbatita de colegiala. Con esas ropas sale Cantilo a darles su merecido a las cuatrocientos personas, en su inmensa mayoría nenas que no habían nacido cuando ella ya descollaba en escena, que pagaron entrada. Arranca con la versión de "Donde manda marinero" que grabó en el disco homenaje a sus amigos que editó el año pasado ("Inconsciente Colectivo"). Le sigue "Fue amor" y cuando llega "Murguita del Sur" Fabiana revolea su campera, se desprende el primer botón de la camisa y se afloja la corbata.
Paso seguido, Cantilo se arrodilla. Las luces bajan y comienza a sonar ese susurro del alma compuesto por Andrés Calamaro llamado "La libertad". Conmovedor. Después se va a "Júpiter", donde tira patadas al aire y termina la canción atornillándose sobre sí misma hasta quedar en posición fetal. Entonces anuncia la llegada de un "rock femenino" y toma una Telecaster para descargar "De una vez".
Cuando suena "El anillo del Capitán Beto" da la sensación de que si no fuera por ella (y su última placa), el ochenta por ciento de las niñas del público que la cantan ni siquiera la conocerían. Para "Spaghetti del rock" se calza la acústica y una sección de cuerdas tirada por pistas da forma a un clima apaciguado que se quiebra con "Mary Poppins", donde Cantilo se saca la camisa y queda en musculosa. En "Alicia en el país de las maravillas" practica un pasito en el que simula pegarle a una pelota de golf y buscarla en el horizonte hasta que le estalla en la cara.
El clima de fiesta volverá en "Ya fue", pero es en "Prófugos" cuando la banda que acompaña a Cantilo (Cay Gutiérrez en acordeón y teclados, el bajista Marcelo Capasso, la guitarra de Oscar Miranda y Marcelo Predacino tras los parches) suena tan precisa como categórica. Previsiblemente, todo el público canta a garganta abierta por primera (y única) vez con "Mi enfermedad". Y el solo de guitarra de "Eiti Leda" le permite a Oscar Miranda ganar una merecida (y única) ovación.
Tras un breve intervalo, los bises. Y ¡sorpresa! Cantilo viaja en el tiempo y vuelve bajo una peluca morocha con flequillo, labios pintados, un vestido negro que le calza perfecto y deja ver su espalda, y tacos altos con estampado de print animal. Bajo esa estética resucita a "Cleopatra" y de inmediato finaliza el show con "Inconsciente colectivo".
Queda la sensación de el show que presenta hoy la cantante (y llevará a España en septiembre) es análogo al que prepara cualquier novato/a cuando empieza a transitar el mundo de la música desde la tarima de un pub de mala suerte: muchos covers de rock nacional y algún que otro tema propio. Y quizá allí resida un indiscutible encanto de ésta prócer del rock argentino: su eterna juventud.