La nueva placa de Los Natas parece más fácil que sus antecesores, pero no deja de ser todo un reto para el oyente.
A esta altura del partido decir que la de Los Natas es música oscura sería una gran obviedad. Pero por momentos, también, un error. En su nueva placa "El hombre montaña" el trío de música stoner muestra una faceta opuesta al sombrío cuelgue psicodélico que caracterizó en sus trabajos anteriores. "El hombre montaña" es más impactante, rápido y contundente que el fantasmagórico "Toba Trance" (2004) y si bien es más amable para con el oyente, nunca deja de ser un disco con una poderosa aureola energética y ciertos fulgores místicos que irradian luces cegadoras.
La voz de Sergio Chotsurian parece llegar filtrada por un espejo que comunica con el más allá, Walter Broide aporrea la batería como si fuera un cavernícola gutural y el bajo de Gonzalo Villagra levanta una pared donde las armonías distorsionadas de una guitarra valvular al borde del acople parecen encastrarse como ladrillos. El conjunto suena más parecido que nunca a los Queens of Stone Age, pero no se los puede acusar de oportunistas: Los Natas nunca dejan de sonar auténticos y mostrarse como continuadores de algunas bandas argentinas de principios de los setenta como Pescado Rabioso o Color Humano. También hay detalles estéticos (la temática sombría, el arte de tapa simétrico y tenebroso) que los puede relacionar con Black Sabbath y algo del espíritu estrepitoso de la Jimi Hendrix Experience.
Todo empieza con "El bolsero", un paseo nocturno por un bosque donde los lobos aúllan para llamar al Hombre de la Bolsa. La siguiente pieza, "Amanecer blanco", parece compuesta por una bruja a través del juego de la copa. Si "Humo negro del Vaticano" se hubiera mostrado en la época de la Inquisición, el trío hubiera sido condenado a la hoguera; la canción guarda un mensaje apocalíptico que se monta sobre un rulo de batería de más de cinco minutos. "La espada en la piedra" es la canción más punk de la historia del grupo, pero no deja de tener un solito de viola y arreglos casi progresivos que están más allá de las características del género. "El ciervo" con sus siete minutos y medio redondea el punto más alto de la placa con una impresionante zapada fantasma. El remanso del disco es un balanceo acústico titulado "El camino de Dios". Para "El Soldado" invitan a Adrían Auteda (Satan Dealers) a que aporte su voz a un punk furioso, sanguinario y atropellador. El único instrumental grabado está en el anteúltimo track: "Lanza ganado", donde la batería parece caerse a pedazos.
"El hombre montaña" es un disco que requiere una hora para ser escuchado y treinta minutos para dejarlo trabajar en la cabeza y, más que nada, en el alma. Es como una de esas películas que hay que ver con los ojos abiertos porque si sólo se escucha el sonido, la impresión es aún más terrorífica. En resumen, un disco al que únicamente los atrevidos se animaran a enfrentar a solas durante la noche.