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31.01.2007.-

"Acá se equivocaron en decir que el pop era rock"

En su casona de Tigre, Vitico analiza lo que significaba tocar rock en épocas de Onganía o la última dictadura, recuerda un mítico viaje a Inglaterra y sus andanzas con Pappo: “A veces yo era su enfermero, a veces él era el mío”. La entrevista de Cristian Vitale, para Página/12.



foto: Página/12

La imagen de Víctor “Vitico” Bereciartúa, sonriendo al sol, remando en un botecito azul para cruzar eventuales visitantes a su vieja casona del Tigre, es realmente bizarra: no condice con la de aquel vampiro de negro que engendró Riff junto a Pappo, que pateó persianas de cabarets en noches sórdidas o participó de riñas callejeras con suerte dispar. En vez de cadenas y bajos, este personaje saludable, de 58 años, empuña remos y máquinas de cortar césped. “Es jodido vivir acá. Te comen los mosquitos y te la pasás cortando el pasto”, comenta, rodeado de frasquitos de repelente. Para acceder al búnker donde nacieron varios temas gloriosos de Riff no queda otra que subirse al bote y navegar unos cien metros por el río Luján. Hay cierto peligro de que una lancha distraída parta al barquito al medio o que la corriente lo desvíe hacia las profundidades del Delta. Pero él y Vitico hijo –Nicolás Bereciartúa– la tienen clara: cruzan dos veces con éxito total. La casona donde Vitico vive solo hace 15 años es una construcción-mecano. Cuenta Sebastián, su sobrino, que la trajeron de Chicago en 1910 para un empresario inglés que se había encaprichado con el entonces despoblado paraje. Es toda de pinotea. En un costado, donde trascurre parte gruesa de la charla con Página/12, tiene una galería llena de mosquiteros y en el centro, un living nutrido de instrumentos, discos de Allman Brothers, Black Crowes o ZZ Top, una pieza ¡con cama triple! –“a veces hace falta”, deja caer el dueño–, cocina, ropas colgadas, envases de vino tinto y baño.

Pero el epicentro de la casona está arriba. En el altillo que en verano y a las tres de la tarde se transforma en un horno. Allí están los instrumentos de Viticus –la banda familiera que integra a padre, hijo y sobrino–, dos cuchetas donde los músicos se quedan a dormir si se hace tarde los días de ensayo, y vestigios del pasado. “Esta sala, así como está, la estrenamos con Pappo y Black Amaya en 1996”, evoca Vitico. “Cuando ensayamos por esas ventanitas sale el sonido, que de enfrente se escucha como un disco. Si algún vecino se queja, que se mude.” La casa le costó al bajista unos 35 mil dólares –“mi padre fue bueno conmigo”, sonríe– y espera que Edenor lo compense por el incendio de la casa del casero que ardió en llamas en junio por una vuelta de luz de 380 watts, luego de un corte en la zona. “Estalló el medidor y se prendió fuego todo. Yo no estaba, cuando llegué vi cómo se desintegraba el techo.” La casa secundaria sigue así: destruida.

Es el detalle ruinoso de un bellísimo terreno de 200 metros por 42, con parrilla, perros y una bandera Euskadi que delata la sangre del dueño: un vasco rockero y entrañable, que acaba de cumplir 40 años de rocanrol y excesos. El contexto relajado permite que Vitico se pasee por su prolongadísima trayectoria, desde los comienzos como fundador de los Vip’s y los Mods, bajista de la Pesada y La Joven Guardia hasta Viticus, pasando por los calurosos años con Riff –anécdotas inéditas e imperdibles de su amigo Pappo incluidas– y las zapadas con Pete Townshend, Roger Daltrey y el malogrado Keith Moon en la Londres de los setenta. “Arranqué con Los Mods. Lo formamos con Jorge Magliano y aun tocando en fiestas de 15 o casamientos, éramos bastante profesionales”, evoca.

–¿Y los Vip’s?

–Con los Vip’s introdujimos a los Animals, los Kinks y The Who en Argentina. Hacíamos covers de discos que sólo nosotros teníamos, y todo el mundo se nos quedaba mirando porque no entendía nada. Después tuve un paso por La Pesada del Rock. Tocábamos en La Manzana, que era un boliche que regenteaba Billy Bond. Ahí curtían David Lebón, Pappo, Rino Rafanelli, pero un día dejé de ir, porque el ambiente se estaba poniendo oscuro.

–Pasó a La Joven Guardia y el periodismo de rock no se lo perdonó...

–Para mí fue como pasar de la sordidez a la alegría de seguir tocando rock and roll, además de ganar plata y estar contento, lejos del ambiente denso que se había formado en La Manzana. Pero es cierto: los de Pelo me sacaron en la página negra. Ellos se encargaban de generar la división entre rock comercial y progresivo, que no existe. En realidad, es todo rock, la diferencia es sonar bien o no. Hay pop y hay rock y ellos llamaron equivocadamente rock al pop.

–¿Cuál sería el ejemplo?

–Seru Giran, clavado. Cuando nos juntamos con Pappo, los dos recién llegados de afuera, y vimos que el grupo del momento era Seru Giran, nos miramos y dijimos: ¡no puede ser que esto sea el rock argentino!

–Y formaron Riff. Pero antes hay toda una historia: sus vivencias en Londres, las zapadas con The Who, el Swinging London... ¿Cómo fue esa experiencia?

–Me fui de acá podrido de Onganía. Conocí a Pete Townshend y para mí fue demasiado, porque los Who eran lo más que había en ese momento. Me mandé al Butterfly Studio, donde estaban grabando Quadrophenia, y John Entwistle me dejó el bajo para zapar con ellos. Fue una hora inolvidable y después me fui a comer con Pete y Keith Emerson. Pete es un tipo nasty, muy jodido. Cuando se editó Quadrophenia, pensé que iba a salir con un saludo para mí, pero como la cosa entre los dos no terminó bien, me escribió el tema “The punk and the Godfather”... tuve que buscar la palabra punk en el diccionario y no existía.

–Flor de detalle... ¡el primer punk de la historia!

–(Risas.) Creo ser el creador del punk. Hay que preguntarle bien a Pete (más risas). Después nos peleamos... no sé, tal vez porque yo era más alto y más lindo que él.

–¿Con Paul Rodgers qué pasó?

–Me vio zapando con los Who y me dijo “¿por qué no te venís a tocar el bajo?”. Yo podría haber sido el bajista de Bad Company...

–Pero al final fue el de Riff. ¿Por qué se la agarraron con Seru?

–La idea estuvo clara del principio: había que voltearlos y los volteamos. Ojo que yo no niego las cualidades musicales de sus integrantes, pero eso no era rock. Riff llegó y dijo: “No se olviden de que el rock es esto”. Y la Pelo se volvió a equivocar, porque dijeron que hacíamos metal, para sacar la revista Metal.

–Metal era V8...

–Por supuesto. Se interpretó que éramos heavies porque nos habíamos puesto tachas y eso. Pero Riff nunca tocó heavy, en todo caso era hard rock. Recién nos pusimos más duros en Riff VII.

–En el que tocaron Jaf y Moro, un ex Seru. Paradojas de la vida...

–Probamos mil bateristas y el que más encajaba era él. Que en paz descanse.

–Un tópico recurrente cuando se habla de Riff es la violencia. ¿Qué pasó para que se armara semejante trifulca en aquel Ferro del ’83, después de Ruedas de metal, Macadam 3, 2, 1, 0 y Contenidos?

–El último show de Riff en la dictadura fue en la cancha de Unión de Santa Fe. Ese día, un montón de gente empezó a acercarse al escenario y salieron un montón de policías con escudos y perros para hacer retroceder a la monada. Cuando ganó Alfonsín, lógicamente, nadie quería ningún tipo de represión, entonces tuvimos que hacer un Ferro con 15 mil tipos totalmente resentidos por la represión anterior y sin ningún policía al lado. Fue muy fuerte. Hasta ese momento, la violencia de la gente de Riff había sido un escape contra la dictadura.

–Sus peleas con Pappo también eran cotidianas. ¿Cuál fue la más epopéyica?

–Una vez, en Córdoba, estaba por pegarle a un pibe y le iba a costar una causa. Yo, sólo por frenarlo, me comí un golpe suyo en la mandíbula que me desmayó. Me desperté en la camilla del hospital, me levanté y seguimos peleando. Fue algo realmente bravo, porque cuando volvimos al Hotel Dorá nos cruzamos con una señora de 75 y otra de 78 años y Pappo le dijo a una: “señora, ¿quiere coger?”. Estaba bravísimo ese día... empezó a patear las puertas de todas las habitaciones hasta que llegamos a nuestra suite. El se sentó en un escritorio y empezó “la puta madre, me hacen pelear con mi mejor amigo”, mientras le pegaba piñas al escritorio: lo hizo mierda. Habían quedado los cables sueltos y alguien le dijo “Pappo, cuidado con los cables” y él respondió ¿querés ver qué hago con los cables? Entonces unió dos y voló la instalación eléctrica: fue terrible. Aún hoy, cuando paso por el hotel, me junto con el gerente, tomamos Fernet y nos cagamos de risa de esa secuencia.

–¿Qué hay de cuando cayeron detenidos por patear tachos de basura en Córdoba?

–En realidad, fue un disturbio en un cabaret. Yo estaba sentado lo más tranquilo en el hall del hotel, después de zapar toda la tarde con Peteco Carabajal, y de repente lo veo pasar a Pappo ¡desnudo! en dirección a la calle (risas). Entonces le dije “por favor, vestite”. Y lo acompañé a un cabaret. Fuimos a uno, a otro y en el tercero hubo rosca. Llegó la policía y nos metieron presos porque habíamos pateado las persianas del quilombo. Así como llegamos, empezamos a preguntarles a todos los presos comunes por qué estaban ahí. Los tipos encantados, porque habían aparecido un par de cómicos de película.

–¿Era una especie de protector de Pappo?

–En algún momento fui su enfermero y otras veces, él fue enfermero mío.

–¿Y Michel Peyronel, qué lugar ocupaba en la vida interna del grupo?

–Fundamental, en términos de creatividad y buenas ideas.

–¿Y Boff?

–Riff fue un triunvirato y Mundy Epifanio. Pappo, Michel y yo decidíamos todo mientras off (así, sin b) siempre tenía su proyecto aparte. Creo que sigue en ésa. Igual le deseo suerte.

–¿Alguna vez barajaron la posibilidad de que Riff retorne con Luciano, el hijo de Pappo?

–Un retorno de Riff es imposible. Pero ojalá pudiéramos darnos el gusto de invitar a Luciano a cantar algún tema con nosotros, y el día de mañana hacer algún show con Nicolás en guitarra, Luciano y Michel... una especie de Riff casi original. Si Luciano está bien, se puede hacer.



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