El jueves se realizó la sexta edición del festival Electrorock, en Tucumán. Fue una noche helada al calor de la música. La crónica de Juliana Rodríguez, para La Voz del Interior.
 Foto: Sergio Cejas
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Ya era 25 de Mayo cuando la gente empezó a dispersarse por Club F, la disco que fue centro del sexto Festival Electrorock. Es que los hábitos de los cuerpos nocturnos no se alteraron, y recién pasada la medianoche la cosa se empezó a poblar. De a poco la carpa del escenario de afuera se fue ocupando de flequillos, vasos cuello largo con pajitas y capuchas de esquimal. Allí, Toto y Adicta desplegaban su enérgica melancolía y cantaban para exorcizarse de las historias de amor. No creen en ellas, pero que las hay, las hay.
El frío patrio hizo que muchos abandonaran a Adicta y entraran a la disco, donde la pista electrónica había arrancado hacía rato. En el escenario interno, la tibieza era otra, con Hana y los suyos plantados ante un público curioso, que se mantuvo a distancia pero siguió sus suaves ondas pop. Antes, por los dos escenarios, habían pasado Proyecto Verdi e Íntima.
Cerca de la 1.30, los cuerpos se acercaron y los energizantes hicieron que el calor humano se empezara a sentir. La consigna era circular de una pista a la otra y espiar la carpa externa para ver si Mole ya había largado. Alguien asomaba la nariz, veía que los instrumentos seguían esperando, y entraba rápido a cobijarse en los punchis, con la excusa ideal para rozarse, desplazarse y perderse en la pista como un solo bloque con los otros.
Finalmente, a la 1 largó Mole, la banda con la que Charly Alberti dijo que quiere sacarse las ganas de tocar. Eso hizo, discreto tras la batería, respaldando desde atrás a su hermano Andy y el resto de la banda. Mole unió lo que el frío había dispersado y el escenario de la carpa se volvió populoso. La banda demostró que es permeable a múltiples influencias y que puede dirigirse a todas ellas y a ninguna, con un pop rock por momentos noventoso, por otros más actual. Apostaron a las guitarras y, claro, a la batería, mas un frontman, Sergio Bufi, que la remó bien con un público al que todavía no le dio tiempo de saberse las letras. Y a pesar de haber crecido escuchándolo, entre sus compañeros y Alberti no se notan los años de diferencia. Envidiable.
Hacia el final de Mole, la cabina del DJ encendió sus luces psicodélicas y cada cual se repartió entre la pista en la que mejor se estaba. Algunos, al escenario menor en donde Trigger probaba sonido; otros apechugados y danzando fuera; otros a la pista principal, a la espera de Woody McBride, o DJ Esp, el pinchadiscos que prometía, después de la entrada en calor, poner en llamas el dancefloor, donde todos siempre lucen bien.
Así, la sexta edición del Electrorock se desarrolló, por ambientación, espacio y grilla, más electro que rock, cosa que cerró para la mayoría, que quería divertirse antes del feriado y, sobre todo, anotarse un presente en el lugar adecuado y hora señalada.