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23.07.2007.-

"Sólo nos pueden culpar de pelotudos"

En una larga entrevista, los integrantes de Callejeros se refirieron al incendio de Cromañón y a la causa judicial que los imputa por la muerte de 194 chicos.



Los músicos de Callejeros creen que los pusieron en el medio de las acusaciones para salvar a varios del gobierno que "son más responsables". En una entrevista publicada el domingo en Clarín, la banda cuenta cómo vive actualmente y se defiende. Aceptan su responsabilidad, pero fuera de lo penal. Critican al juez de la causa y sienten que Chabán los traicionó, aunque no creen que deba estar en la cárcel. Aseguran no disfrutar de los shows, no se imaginan presos y creen que, pese a todo, "nada cambió" a nivel seguridad.

A continuación, la nota completa que Mariana García publicó en la revista Viva de Clarín.

Cromañón y después

Ya no hay más risas arriba del escenario. Tampoco en este galpón olvidado que hace tiempo construyó el alguna vez orgulloso ferrocarril argentino. En una tarde fría y lluviosa apenas sobrevive el tenue recuerdo de un día feliz. El de una mañana en que renunciaron a sus trabajos de jornadas grises para apostar todo a una banda de rock & roll. Por primera vez, después de

siete años, la música les garantizaba 700 pesos cada mes. Era el año 2004, el año de Callejeros. El último en que fueron felices. El último en que pudieron vivir sin culpa, sin que 194 muertos les pesaran en la conciencia.

¿Cómo es su vida hoy?

La vida nos paró acá y cuando la vida te para en un lugar que no planeaste tenés que decir: "Bueno, nos tocó". Todos te icen: "Le pudo pasar a cualquiera pero les tocó a ustedes". Entonces, si le pudo pasar a cualquiera pero me pasó a mí, callate la boca, no hablés porque me pasó a mí. Yo no te juzgo a vos, vos no me juzgues a mí.

Pato habla primero porque es la voz del grupo. Arriba y abajo del escenario. Responde mientras las miradas de sus compañeros se pierden entre los adoquines de madera del piso. Pato es Patricio Santos Fontanet y tenía 24 años ese día de febrero de 2004, cuando presentó la renuncia como técnico de esterilización en el Cemic. Se sentía un tipo feliz y su única preocupación

era qué hacer el sábado a la noche. Hoy carga con tanta culpa que cuando lo sorprende un momento de felicidad no puede soportarlo: "Sólo pienso en cómo seguir con mi vida. Ni siquiera puedo pensar qué me hace feliz. No sólo no tenemos lugar para la felicidad sino que cuando aparece, aparece de una manera medio extraña. Cuando te estás empezando a sentir bien, sentís culpa de sentirte bien. Siempre te agarra el mirá todos los que ya no están".

Ese 2004 hoy tan lejano, a la renuncia de Pato le siguieron las de Daniel Cardell –repositor en un híper –, las de Christian Torrejón y Eduardo Vasquez –cadetes– y la de Maximiliano Djerfy, electricista. Elio Delgado todavía no sabía lo que era trabajar. Tenía 19 años. Juan Carbone, el mayor de todos, fue el último en dejar su trabajo en una herrería. Eran los amigos de siempre, habían crecido jugando a la pelota en la calle de tierra, ya habían compartido mil madrugadas esperando el bondi para volver a casa. Hoy, todos están acusados de causar el incendio en República de Cromañón. Podrían pasar entre ocho y veinte años en una cárcel.

Una mochila llamada culpa

En ese 2004, los chicos de Villa Celina –un conglomerado de monoblocks en un rincón de La Matanza– habían llegado a la meca, Obras Sanitarias. Presentaron su tercer disco y dos veces llenaron el estadio. Funcionaban como una cooperativa en la que todo iba a un fondo común. De allí se repartían sus sueldos y el resto se guardaba para comprar equipos. Semejante año sólo podían cerrarlo con una de las personas que más los había ayudado, Omar Chabán. El hombre que supo mezclar en porciones idénticas arte y negocios –y que a la edad en que ellos tomaban leche con chocolate consagraba en Cemento a bandas

como Los Redonditos de Ricota y Sumo– los había elegido para tocar en su nuevo templo, República de Cromañón. Pero en la última de tres noches gloriosas, la del 30 de diciembre de ese 2004, se desató el horror:los primeros acordes de Distinto, la bengala, el incendio, la media sombra, las puertas encadenadas y una nube tóxica que comenzó a llevarse vidas con la velocidad de un cuentaganado. Fueron 194 en total. Nunca había ocurrido semejante desastre en un país que, más de

una vez, ofrendó sangre joven.

¿Cuál es la responsabilidad de Callejeros en la tragedia?

Pato: Este es el problema que tienen todos estos buitres, cuando estás en el piso primero van a patearte, patearte, matarte, comerte y después van a preguntar qué estabas haciendo ahí. Pero nosotros tenemos boca, hablamos mucho, sabemos a lo que estamos jugando y también tenemos miedo de que los jueces sean nuevamente influenciados por determinado poder para rompernos el culo en el juicio. No estoy diciendo que no nos sentimos mal porque nos tendríamos que haber dado cuenta de determinadas cosas... Pero los primeros que se hicieron cargo de Cromañón fuimos nosotros. Yo fui el primero que entró a sacar gente, no entró ni la policía ni los bomberos. Cuarenta por ciento de los que se murieron fue por sacar a otros. Los bomberos tenían máscaras que no les servían, hicieron el cordón como el culo, todo estaba para atrás. Y de eso se encarga el Estado; no Chabán ni Callejeros: se encargan el ministro del Interior y el jefe de Gobierno porteño. Yo me quiero matar porque todos los días no está mi novia, pero para estos tipos es una cuestión de números.

Pero ustedes, ¿qué tendrían que haber hecho y no hicieron?

Esta pregunta nos la hicimos durante dos años, y no sé, la verdad que no sé, pasó lo que pasó. Echar culpas y sentirte mal por un montón de cosas que no viste... y sí, obvio. Pero tampoco la sociedad se dio cuenta. A mí un juez no me puede venir a decir nada, porque loco, ¡yo estuve ahí!

Pato intenta hablar pausado. Pero siempre hay un momento en que salta de su silla y sus palabras cobran la velocidad de una ametralladora. Entonces, habla como si delante tuviera a los destinatarios de sus broncas: el juez, el ministro del Interior, los legisladores, algunos padres y hasta los fans que encendieron bengalas. Comparte la representación del grupo con Juancho, el saxofonista: "Si nos decís 'el público o ustedes', todos elegimos lo mismo. Preferiría haberme muerto pero que no le pasara nada a nadie. ¿Qué tendría que haber hecho? No sé, eso es entrar en un terreno mágico".

A Callejeros nunca les gustaron las entrevistas, y menos después de Cromañón. Hacía más de dos años que no hablaban. Esta

vez no hubo restricciones ni reparos. Tampoco quisieron que estuviera su abogado, Eduardo Guarna. Sólo pidieron estar todos presentes: los seis músicos y Dany, a cargo del arte de la banda. Faltó Diego Argañaraz, hoy alejado de su trabajo como manager. El lugar lo eligió Pato: un viejo galpón donde funciona el taller del muralista urbano Alfredo Segatori. Este sitio, donde conviven murales con los chiquitos que duermen en una fábrica abandonada, se ha convertido en su refugio cada vez que necesita un respiro en la Ciudad: "Yo soy el payaso de toda esta historia.Después la gente te aplaude o no, en ese mundo nos movemos". Juancho: "Sí, pero tampoco eras el que encendía las clavas y las tirabas al público. Había toda una movida de cambio de escena, de protagonismo, de la que el público también quería ser parte". Pato: "Todos sabemos que de las tres mil personas que había esa noche en el lugar, 2.500 habrán prendido alguna vez una bengala. Que ninguna fuera a declarar, a mí, personalmente, me dolió muchísimo. Esto le tocó a Callejeros y Callejeros se tiene que hacer cargo, pero nos meten cargas por arriba y por abajo y hay un par de cargas que no son nuestras. A mí no me cabe que un papá piense que yo le daba las bengala a su hijo. No, no, tu hijo las llevaba y no hay ningún delito en eso, es una contravención y hay un Estado que se tendría que haber hecho cargo".

Cara a cara con el Cardenal

El último recuerdo de felicidad que tienen es de aquel 30 de diciembre. Esa noche, como en cada recital, se abrazaron en un círculo antes de salir al escenario. Como siempre, Juancho habló: "Tratemos de disfrutar todo lo que laburamos hasta

acá". Quince minutos después todo era una pesadilla. Lo que siguió fueron meses girando entre cementerios y hospitales. Cuando pudieron darse cuenta, entre familia y amigos, sus muertos sumaban más de cuarenta. Edu perdió a su mamá. Maxi rescató a su padre pero perdió a cinco familiares. Diego, a su mujer, Romina. El papá de Elio sufrió quemaduras en el etenta por ciento del cuerpo. Pato salvó a conocidos y desconocidos –el juez que lo acusa lo elogió por eso– y durante trece días acompañó la agonía de su chica. No pudo salvarla.

"Yo siento que nunca más voy a volver a ser normal, son como palancas que te bajaron... Nunca más vas a sentir de la misma manera", confiesa Edu.

Durante esos primeros meses post Cromañón, sintieron que la banda se disolvía para siempre. Ninguno quería volver a tocar.

Pero hubo un llamado que los rescató: el del cardenal Jorge Bergoglio. El arzobispo de Buenos Aires se reunió con ellos tres veces y fue quien más insistió para que volvieran a subirse a un escenario."La única forma de reencontrarse es tocando", les dijo. El contacto lo hizo un vecino, Oscar Mangone: Pato fue quien sacó a una de sus dos hijas de Cromañón.

"Dentro de lo triste y trágico que tiene todo esto –cuenta la voz de la banda–, tuvimos la suerte de conocer a Estela de Carlotto, al cardenal Bergoglio, León Gieco o el rabino Daniel Goldman. Todos nos dijeron lo mismo: estén juntos, no bajen los brazos."

El obispo de Gualeguaychú, monseñor Jorge Lozano, estuvo en una de esas reuniones. La noche del desastre era el vicario de la Juventud del Arzobispado porteño. Veinticinco chicos de su parroquia habían ido al recital. Tres murieron allí. Todavía recuerda uno de los encuentros cara a cara entre los músicos y Bergoglio: "Quisimos brindarles un espacio en el corazón, porque llegaron con la sensación de no ser escuchados. Estaban muy doloridos po rque habían perdido a familiares y amigos pero además había dolor por no tener comprensión por esta situación. Lo primero que me llamó la atención es que eran chicos comunes de su edad. Yo pensé 'no estoy delante de personas que usan un maquillaje, son personas normales'", recuerda.

En el primer aniversario de la tragedia, Bergoglio pronunció uno de sus discursos más duros. Estaba a punto de comenzar el juicio político que terminaría con la destitución del jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra: "Buenos Aires necesita llorar. No ha llorado lo suficiente. Buenos Aires trabaja, busca rosca, hace negocios, se preocupa por el turismo, pero no ha llorado lo suficiente esta bofetada", dijo.

Ibarra fue destituido el 7 de marzo del año siguiente, y siempre evitó responsabilizar a Callejeros. Seis días más tarde, Chabán daba su primera entrevista tras las rejas. El sí apuntó sobre la banda y los acusó de estar a cargo de la seguridad la noche de la tragedia. El empresario, su asistente Raúl Villarreal y el grupo son los principales imputados.

¿Por qué están procesados?

Juancho: Nos acusan de un delito que no es delito. En realidad somos el hilo más delgado. Si el lugar no estaba abierto, la banda no tocaba ahí. Se ve que habrán pedido la cabecita de nosotros y nosotros fuimos y la pusimos.

Pero, ¿qué ganaba el gobierno influenciando al juez?

Pato: (Lo hicieron) porque están embarrados hasta la mitad de la pierna.

Dany: Hubo una ausencia estatal muy grande; ellos tienen que proteger a la gente.

Juancho: Y también están las leyes. Veía a los padres de algunos chicos que murieron que aplaudían a los legisladores que echaron a Ibarra pero no hicieron nada para que no se les mueran los pibes... ¡Me están cargando!

Pato: Le echaron la culpa a Ibarra y eran igual de culpables que él. ¿Qué hicieron para que no se prenda fuego el lugar? A los padres los usaron hasta que no les sirvieron más y después pasaron a ser los locos. ¿Que loco, boludo, si vos los inflaste?

¿Sienten que Chabán los traicionó?

Pato: Después de Cromañón, por ese silencio de seis meses. El fue quien organizó el recital. Pero no pensamos que sea un asesino. Creemos que hay que respetar la Constitución y tiene que estar libre. Yo no le puedo echar la culpa si no está preso el inspector que dejó abierto el lugar. (A muchos) Chabán y nuestro silencio les vinieron bárbaro.

¿Se sienten víctimas?

Pato: Nos sentimos parte, no sé cuál nos toca. Yo creo que tenemos una responsabilidad pero fuera de lo penal; en lo penal la causa es un chiste. Lo único que pido es ir a un juicio con otro tipo (habla del juez Lucini, que pasó a la Cámara del Crimen tras dictar los procesamientos).

¿Hicieron autocrítica? ¿Cuáles fueron sus errores?

Pato: Creo que no transar en determinados puntos te lleva a quilombos, o caminar por un camino lleno de piedras. Estamos adentro y afuera del sistema a la vez, pero no aprendimos de eso. No pertenecemos a una corporación, como tampoco pertenecía Chabán, y eso se paga caro.

¿Se imaginan presos?

Juancho: No creo que la sociedad lo permita porque ya es una ridiculez. Si a mí me dicen tenés que ir a juicio por pelotudo, ahí voy, acepto, por pelotudo voy.

¿Cambió algo a nivel seguridad después de Cromañón?

Edu: Cuando estábamos en medio de esta pesadilla de dolor decíamos "loco, que no sea en vano", pero no, no cambió nada.

Pato: En la discusión de fuiste vos o fui yo, no fue nadie y eso es lo más peligroso, porque los que están diciendo que fueron son los pelotudos de la historia.

Callejeros volvió a subirse a un escenario el 21 de septiembre de 2006. Fue en el Chateau Carreras de Córdoba. No les resultó fácil. A sus propios temores, se sumaron la polémica, los enojos y asta las amenazas de muerte de algunos padres de chicos muertos en Cromañón. Pero la banda volvió a tocar y ya llevan cinco conciertos. Siempre de día y en lugares abiertos. Siempre lejos de la Capital, y hasta del conurbano. El próximo 4 de agosto, algo cambiará: tocarán por primera vez en un estadio cerrado, en el Orfeo de Córdoba.

Antes, el 16 de junio, estuvieron en Olavarría. Como ocurrió desde su reaparición, José Palazzo, un empresario cordobés que viene abriéndose paso en el negocio del rock & roll, estuvo a cargo de la organización. Les puso pantallas gigantes, cámaras de video, luces y sonido como tendría una banda de las grandes. Las pinturas de Dany ocupaban todo el escenario y hasta un inflable gigantesco se desprendía desde el fondo en medio del concierto.

"Los chicos trabajan con el mismo nivel de profesionalismo que La Renga, pocas bandas se manejan de esta manera", contaba Verónica, la mano derecha de Palazzo mientras daba instrucciones por un handy, atendía un celular y operaba su computadora personal. El show arrancó con una gaita. Después vendrían un percusionista, una cantante de flamenco, una orquesta de cuerdas, y los vientos de Dancing Mood. Abajo, los adulaban más de diez mil fans que viajaron toda la noche para verlos. Pero nada provocó sonrisas sobre el escenario.

Nicolás Ramírez llegó desde Lomas de Zamora. Estuvo en Cromañón y ya perdió la cuenta de a cuántos recitales de Callejeros fue. "Musicalmente están mejor, pero antes se los notaba más tranquilos, más relajados, disfrutando más lo que hacían. Ahora parecen más atentos a lo que hace el público. Y ir o directamente por figurar."

¿Disfrutan de los shows?

Edu: No, terminás de tocar y te agarra el bajón.

Pato: El bajón de no tener a determinada gente para abrazar.

Sus pequeñas cuotas de felicidad –dicen– ocurren en la intimidad del camarín, custodiado por Mangone. Allí, puertas adentro, el ambiente se parece más a una reunión familiar en Celina que a la trastienda de una banda de rock. En una mesa, las novias se mezclan con las tías. Comen galletitas Surtido y tratan de disimular el frío con café en saquitos. En un rincón, Pato y Edu ensayan con el gaitero. Más allá, con la mirada clavada en el piso, Elio lustra su guitarra. Juancho cuenta que sufre ataques de pánico antes de subir a escena. Pato, que se paraliza cada vez que un chico se desmaya. Que hay letras que no se anima a cantar y otras que apenas puede pronunciar. Que no hay día que vivan sin sentir el estigma de Cromañón.



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