En dos actuaciones a lleno total, Skay y Los Seguidores de la Diosa Kali dieron muestras de un afianzado sonido tracción a sangre y confirmaron la eficacia del método Beilinson: tocar y tocar, tocar sin parar.


Liberado del peso de la masividad, el guitarrista volvió a la Ciudad de Buenos Aires para seguir presentando su último trabajo: “La marca de Caín”. A diferencia de anteriores dobletes capitalinos, el repertorio de canciones sufrió modificaciones sustanciales entre viernes y sábado. Si bien los tres discos editados le permitieron apelar a una paleta muy amplia de temas, el viernes Skay desempolvó “Rock para los dientes” y “Nuestro amo juega al esclavo” y el sábado “Todo un palo” y “El pibe de los astilleros”. Sin embargo, el continuo “sólo te pido que se vuelvan a juntar” mantuvo inalterable a “Jijiji” durante ambas noches. Por precisión, intervención conjunta y/o contundencia, los temas destacados del fin de semana fueron: “Síndrome del trapecista” y “Astrolabio” de “A través del Mar de los Sargazos”, “¿Dónde estás?” y “Paria” de “Talismán”; y “Soldadito de plomo” y “El viaje de las partículas” de “La Marca de Caín”.

Una novedad fue el estreno de “Bye Bye” (de “Talismán”), una canción que nunca había sido tocada en vivo. Los Seguidores le añadieron un tempo mucho más power que la versión original y Javier Lecumberry se lució con una melodía de teclados con “cierta similitud” a “Kashmir” de Led Zeppelin (yo hablaría de un homenaje conciente). Algunos fanáticos le señalaron un parecido a “Estás frito angelito” de “Último Bondi a Finisterre”.

Por otro lado, hace tiempo que el clima psicodélico que genera “El fantasma del quinto piso” se está convirtiendo en uno de los clímax de cada noche. En una de sus visitas a Buenos Aires, el violero stone Keith Richards había dicho que el público de la Argentina es espectacular por que tararea hasta los solos, vaya si tenía razón… el punteo de Oscar Reyna contribuyó para ello.

Promediando el show del viernes, parte del público descubrió una presencia redondita en el primer piso del teatro: Sergio Dawi. El saxofonista, que hasta ese momento pasaba inadvertido, hizo devolución de gentileza: Skay y Poli habían presenciado su show en Niceto hace poquito. Inmediatamente, el grito de “que suba Dawi la…” (y lo que sigue) comenzó a ser una constante entre tema y tema. Obviamente Skay se dio cuenta del pedido y previo a “Jijiji” miró al balcón y atinó a preguntar “¿trajiste el saxo?”, Sergio hizo una seña negativa. Afligido, “otra vez será…” respondió Skay.

A lo sumo un “a ver qué les dice esta”, “un tema para ustedes”, “a ver si nos acordamos de…”, “dedicada a los peregrinos” y “gracias” fueron las palabras del a priori tímido frontman. Digo “a priori” por que la timidez viene por el lado de las palabras. Pero probablemente no las necesite por que arriba del escenario encarna un personaje muy particular, para nada introvertido, cargado de gesticulaciones y movimientos de estirpe rockera. Les cuento algo que puede resultar insignificante, pero que ilustra inmejorablemente lo que trato de decir. Habitualmente, cuando una canción que incluyó un solo destacado (esos que dejan fuera del tiempo/espacio al músico), está por terminar y la bateria anticipa el fin, Skay suele levantar su brazo apuntando hacia arriba. Pareciera señalar al cielo, invocando vaya saber a quién, a qué dios, pero esa imagen describe a la perfección el trance en el que se sumerge ese aparente hombre tímido… Me atrevo a decir que es el momento de mayor goce para él. De todas maneras, estoy siendo demasiado arriesgado, creo que el que entró en trance al recordar esto, fui yo.

¡Volvamos! Ambos cierres fueron coreados por absolutamente toda la gente. Es que la banda tiene entre sus haberes dos joyitas muy hiteras para concluir cada lista de temas: “Tal vez mañana” y “Oda a la sin nombre”. “El golem de Paternal” y “Bye bye” como últimos temas del viernes y sábado respectivamente; y el abrazo de la banda para saludar al público. A excepción de un desubicado que el viernes subió al escenario y alertó a la seguridad del lugar, el público se comportó muy bien. Las hordas ricoteras rebalsaron las barras para saciar el agite con cerveza de litro y reeditaron el ritual de siempre, ese que los caracteriza por ser “la tribu itinerante más fiel”, según el otro miembro del dúo compositivo ricotero.

Nuevamente lo meticuloso del tándem de guitarras y la firmeza de la percusión, le otorgaron a la hora y cuarenta y cinco minutos de cada show un pulso netamente rockero, sin respiro. Analizándolo de pies a cabeza y siendo demasiado detallista, ¡demasiado!, el toque del viernes superó al del sábado. Los que estuvieron ahí saben por qué, y los que no, tienen la posibilidad de chequearlo el sábado 15 de noviembre en la disco Elsieland de Quilmes. En fin… el rock & roll argentino volvió a ofrecer un digno espectáculo en The Roxy. Era hora.

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